¿Qué significaba “ser liberal”?

El País (17/5/2020) publica un avance del libro de Helen Rosenblatt, La historia olvidada del liberalismo’ (Crítica):

Si preguntáramos hoy qué significa “liberalismo”, obtendríamos una gran variedad de respuestas. Es una tradición de pensamiento, una forma de gobierno, un sistema de valores, una actitud o un marco mental. Sin embargo, todo el mundo convendrá en que el liberalismo tiene que ver principalmente con la protección de los derechos y los intereses individuales, y que los gobiernos están ahí para protegerlos. Los individuos deberían disponer de la máxima libertad para poder tomar sus propias decisiones en la vida y obrar como deseen.

No obstante, lo cierto es que este énfasis en el individuo y en sus intereses es algo muy reciente. La palabra “liberalismo” ni siquiera existió hasta principios del siglo XIX y, durante cientos de años antes de su nacimiento, ser liberal significaba algo muy diferente. Durante casi dos mil años significó exhibir las virtudes de un ciudadano, mostrar devoción por el bien común y respetar la importancia de la conexión mutua.

Podríamos empezar por el estadista y escritor romano Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.), uno de los autores más leídos y citados de la historia del pensamiento occidental, quien escribió con elocuencia sobre la importancia de ser liberal. La palabra deriva del término latino liber, que significa tanto “libre” como “generoso”, y liberalis, “propio de una persona nacida libre”. El sustantivo correspondiente a estas dos palabras era liberalitas o “liberalidad”.

En primer lugar, en la antigua Roma ser libre significaba ser un ciudadano y no un esclavo. Quería decir estar libre de la voluntad arbitraria de un amo o de la dominación de cualquier hombre. Los romanos creían que este estado de libertad solo era posible en un Estado de derecho y con una constitución republicana. Eran necesarios mecanismos jurídicos y políticos para garantizar que el Gobierno se centrara en el bien común, en la res publica. Solo si se daban estas condiciones podía un individuo esperar ser libre.

No obstante, los antiguos romanos pensaban que para ser libre se requería algo más que una constitución republicana; también era necesario que los ciudadanos practicaran la liberalitas, esto es, que tuvieran una manera noble y generosa de pensar y tratar a los conciudadanos. Lo contrario era el egoísmo, o lo que los romanos llamaban “servilismo”, un modo de pensar o actuar que solo se tiene en cuenta a uno mismo, sus beneficios y sus placeres. En su sentido más amplio, la liberalitas significaba la actitud moral y magnánima que los antiguos consideraban esencial para la cohesión y el buen funcionamiento de una sociedad libre. La traducción de la palabra es “liberalida”.

Cicerón describió en Sobre los deberes (44 a.C.) la liberalitas de un modo que resonaría durante siglos. Escribió que la liberalitas era el “vínculo de la sociedad humana”. El egoísmo no solo era repugnante moralmente, sino también destructivo socialmente. La “ayuda mutua” era la clave de la civilización. Los hombres libres tenían el deber moral de comportarse con liberalidad los unos con otros. Y ser liberal significaba “dar y recibir” de un modo que contribuyera al bien común.

Cicerón afirmaba que los hombres no han nacido solo para sí mismos; han sido engendrados en razón de los hombres:

‘Por otra parte, ya que no hemos nacido solo para nosotros; y ya que… los hombres han sido engendrados en razón de los hombres —para que entre ellos puedan favorecerse unos a otros—, debemos seguir la guía de la naturaleza en lo de poner a disposición general los bienes de utilidad común mediante la prestación de servicios, aportando y recibiendo; y en lo de afianzar la asociación de los hombres entre sí tanto mediante experiencia como por el esfuerzo, como con los recursos’.

Un siglo después de Cicerón, otro famoso e influyente filósofo romano, Lucio Anneo Séneca (c. 4 a.C.-65), desarrolló el principio de liberalitas en su tratado De los beneficios. Séneca puso mucho empeño en explicar cómo dar, recibir y devolver regalos, favores y servicios de un modo que fuera moral y, por tanto, constitutivo del vínculo social. Al igual que Cicerón, creía que para que un sistema basado en el intercambio funcionara correctamente era necesaria una actitud liberal tanto en quienes dan como en quienes reciben; en otras palabras, un talante desinteresado, generoso y agradecido. Séneca, inspirándose en el estoico griego Crisipo (c. 280-207 a.C.), utilizaba como alegoría de la virtud de la liberalidad la danza circular de las Tres Gracias: dar, recibir y devolver favores. Para pensadores antiguos como Cicerón y Séneca, la liberalidad hacía girar el mundo y lo mantenía unido.

Ser liberal no era fácil. Cicerón y Séneca explicaban detenidamente los principios en los que se debían basar el dar y el recibir. Al igual que la propia libertad, la liberalidad requería un razonamiento correcto y fortaleza moral, autodisciplina y control. También era claramente una ética aristocrática, concebida por y para hombres ricos, acaudalados y bien relacionados que estaban en condiciones de dar y recibir favores en la antigua Roma. Se consideraba una cualidad especialmente encomiable en la clase patricia y entre los gobernantes, como muestran muchas inscripciones antiguas, textos y dedicatorias oficiales.

Si la liberalitas era una virtud adecuada para los aristócratas y gobernantes, también lo era la educación en las artes liberales que los formaba para ella y que exigía disponer de abundante riqueza y tiempo libre para estudiar. Su propósito primordial no era enseñar a los estudiantes a enriquecerse o formarlos para una profesión, sino prepararlos como miembros activos y virtuosos de la sociedad. Su objetivo era enseñar a los futuros dirigentes a pensar correctamente y hablar con claridad en público, lo que les permitiría participar eficazmente en la vida civil. Los ciudadanos no nacían, se hacían. Cicerón afirmaba con frecuencia que las artes liberales debían enseñar humanitas, una actitud humana hacia los conciudadanos. El historiador griego y ciudadano romano Plutarco (46-120) escribió que una educación liberal daba sustento a una mente noble y conducía al perfeccionamiento moral, la actitud desinteresada y el civismo de los gobernantes. En otras palabras, era esencial para inculcar la liberalidad.

Abril, el mes consagrado a Afrodita

Abril es el mes de la primavera por definición, donde las flores crecen, el sol relumbra y las lluvias cubren con generosidad el campo, que acrecienta su verdor y valor.

Según el Etymological Dictionary of Latin and the other Italic Languages (2008) de Michiel de Vaan, Aprilis “April”, es posible que esté formado con ab, *ap(e)rilis ‘el próximo, el siguiente’. Podría reflejar la misma  preforma *aperi- (apertura’) que se propone para apricus. El sufijo -ilis podría ser analógico a los meses quinto y sexto del calendario romano (Quintilis y Sextilis, respectivamente), lo que lo convertiría también en un adjetivo sustantivado.

Pero este mes, para los romanos, está consagrado a la diosa Venus, y de ahí también la probable procedencia de Afrodita. Esta etimología, que aparece ya en Varrón, la encontramos también en Isidoro, Etym. V, 33: [7] Aprilis pro Venere dicitur, quasi Aphrodis; Graece enim AFRODITE Venus dicitur; vel quia hoc mense omnia aperiuntur in florem, quasi Aperilis. El mes de abril se dice por Venus, igual que Afrodita; pues Venus se dice Afrodita en la lengua griega; o bien porque en este mes todo se abre en flor, como aperilis.

Afrodita o Venus, diosa del deseo y del amor, nació de la espuma del mar, arquetipo de la fuerza vital y de los nuevos inicios.

El poeta Ovidio habló del calendario romano y de los orígenes de los meses del año en su obra Fastos. Mediante la lectura de estos versos, podemos darnos cuenta de lo que la diosa Venus significa, como iniciadora de la primavera, por un lado, y como diosa que trama ardides de índole amorosa.

“[…] Pero yo adivino que el mes de Venus recibió su denominación de la lengua griega; la diosa fue llamada en base a la espuma del mar. […]

[…] Pues, dado que la primavera abre entonces todo y cede la intensa aspereza del frío y la tierra fecunda se abre, dicen que se llamó abril por la estación abierta, mes que reivindica la nutricia Venus, poniendo su mano en él. […]

[…]  Ella dio sus orígenes a los sembrados y a los árboles; ella condujo a la unión el carácter selvático de los hombres y enseñó a cada cual a juntarse con su pareja. […]

[…] Y ningún tiempo era más apropiado para Venus que la primavera. En primavera relucen las tierras, en primavera está el campo blando; ahora rompen la tierra y levantan sus guías las plantas, ahora brotan las yemas de la vid en la corteza hinchada. Y la hermosa Venus es digna de una estación hermosa, y como suele hacerlo, acompaña a su querido Marte. En primavera aconseja a los bajeles curvilíneos surcar los mares de que ella nació y dejar de temer ya las amenazas del invierno. […]”

Ovidio, Fastos IV, 61-64; 88-91; 96-98; 125-134. Trad.: Bartolomé Segura Ramos.

En suma, este es un mes propicio para el renacimiento y la renovación, es la antesala al verano.  Las flores que se abren en primavera, son símbolo de juventud. Para muchos poetas la juventud y la primavera significan lo mismo, alegóricamente.

Elena Villarroel Rodríguez

Tucídides, la inmunidad y el contagio

Si hace unas semanas se hablaba en el blog de los términos epidemia y pandemia, hoy parece oportuno hacerlo de inmunidad, puesto que cada día se habla más de ella en la discusión sobre su grado en la enfermedad COVID-19, cuál será su duración o qué porcentaje de la población está ya inmunizado, dado que muchos han pasado ya la enfermedad sin síntomas o muy leves, sin que nadie sepa por ahora cuántos. También, por desgracia, la palabra contagio está en boca de todos desde hace un par de meses.

Se ha mencionado este mismo mes en el blog la peste de Tucídides en un texto que creemos muy recomendable leer por los evidentes paralelismos con la situación actual, ofrecemos aquí el pasaje en la traducción de J. J. Torres Esbarranch. Tucídides demuestra su mentalidad científica y sus dotes de observación, además, pone de manifiesto que, sin ser médico, conoce muy bien la medicina griega de su época, que tanta influencia ejerció en su propio método historiográfico. Hay varias cosas en su relato que llaman poderosa y positivamente la atención de los epidemiólogos:

  1. Describe con gran precisión la procedencia de la enfermedad: llegó a Atenas por el puerto del Pireo y procedía de Egipto, Libia o el imperio persa; lugares a los que habría llegado de Etiopía (es decir, Sudán actual).
  2. Observa que la incidencia de la enfermedad fue mayor entre la población ateniense procedente del Ática que entre los que vivían habitualmente en la ciudad y eso porque sus condiciones eran muy precarias; el hacinamiento fue, en efecto, en opinión de Tucídides, un favor decisivo en la gravedad de la epidemia.
  3. Demuestra que la enfermedad se transmitía por contacto, no por contaminación de los pozos como decían algunos al principio; desacredita la opinión de que pudiera tener nada que ver con oráculos o cuestiones divinas.
  4. Señala por primera vez en la medicina occidental el fenómeno de la inmunidad: los que habían pasado la enfermedad no la volvían a contraer (o solo de forma moderada) y, por tanto, podían cuidar sin miedo de los enfermos porque no tenían miedo a morir.
  5. El mal atacaba por igual a personas de distinta constitución, fuerte o débil, y no había ningún remedio eficaz.
  6. A pesar de que describe los síntomas con gran detalle y el proceso de la enfermedad, no se ha podido determinar con seguridad cuál fue el patógeno de esta epidemia; se ha hablado de viruela, sarampión, fiebres tifoideas, fiebre vírica hemorrágica, ébola, etc.

Respecto a la noción del contagio como procedimiento de transmisión de la enfermedad hay que decir que no encajaba demasiado bien en la teoría médica antigua sobre las causas de las enfermedades en general. Se insistía sobre todo en la importancia del aire, en los factores ambientales y en la constitución de cada persona, pero no en el contagio como tal. Por tanto, es muy poco lo que se puede encontrar en Hipócrates o Galeno sobre la transmisión de las enfermedades por contagio; sin embargo, en latín la palabra contagio la usan Celso Aureliano o Plinio con un significado muy parecido al actual (basta ver las referencias del Oxford Latin Dictionary sobre esta palabra) y no hace falta ser gran filólogo para darse cuenta que es un compuesto, uno de cuyos elementos procede del verbo tango ‘tocar’ y el otro es cum ‘con’, ‘unión’, ‘contacto’ (por cierto contacto está formada también por esos mismos elementos). Nutton, uno de los mejores especialistas en historia de la medicina grecolatina, escribió un artículo muy interesante sobre el particular que se puede leer aquí, De alguna manera el conocimiento práctico, como ocurre en el caso de Tucídides, hacía evidente que algunas enfermedades, como la lepra, la sarna, algunas oftalmias, la rabia, se transmitían por contacto, mientras que la teoría médica preponderante no daba importancia a este fenómeno porque no encajaba en su marco teórico, aunque conocieran el fenómeno por su práctica médica. Fueron médicos menos hipocráticos, como Sorano o Celio Aureliano, los que incidieron más en la cuestión y con mayor claridad.

Pero, volviendo a Tucídides, ningún médico antiguo importante recogió su interesantísima observación sobre la inmunidad. Por cierto, que la propia palabra tiene su propia historia que puede leerse aquí con más detalle porque no deja de ser curioso que de la exención fiscal se pasara al concepto moderno de inmunidad en medicina.

Francisco Cortés Gabaudan

Pandemia y epidemia: historia de dos palabras

Eduardo González nos envía este enlace a BBC news: Coronavirus | “Epidemia” y “pandemia”: de dónde vienen y cómo las usaban Homero y Platón antes de que fueran términos médicos Esta vez el texto trata sobre el origen de estas palabras de las que vamos a acabar hartos.

Para los que quieran hacer un recorrido por la historia de esas palabras (y también endemia) recomendamos el comentario largo de Dicciomed de Francisco Cortés: en epidemia.

Química y etimología

No es la primera vez que traemos al blog materiales y noticias relacionados con otras disciplinas, entre otras la Química. Hoy os presentamos dos interesantes recursos elaborados por nuestras colaboradoras más constantes: Mª Ángeles (Catedrática de Griego en el I.E.S. de La Vaguada de la Palma, Salamanca), Mª Teresa (Catedrática de Física y Química en el I.E.S. Fernando de Rojas, Salamanca) y Manuela Martín Sánchez (Catedrática de Didáctica de las Ciencias Experimentales en la Universidad Complutense de Madrid). Dentro de la página del Departamento de Ingeniería Química Industrial y Medio Ambiente, en la sección de Química y vida cotidiana accedemos a dos pdfs sobre

 

 

¿Jorge, Ángela, Agapito? Etimología e historia de algunos nombres propios de persona

Muchos de nosotros nos hemos preguntado alguna vez de dónde vendrá nuestro nombre o qué podrá significar. Algunos no le dan importancia, pero otros, en cambio, buscan y rebuscan información sobre su nombre y, claro, no hay nada más bonito que tu nombre contenga una etimología curiosa y un significado, también curioso. Aunque no lo sepamos, la mayoría de los nombres propios que usamos hoy en día tienen etimología griega y latina y una historia detrás muy interesante en la mayoría de los casos.

A continuación describiremos algunos:

Isidora proviene del griego Ισις (diosa egipcia de la maternidad y la fertilidad, esposa de Osiris) y δῶρον (‘regalo’ o ‘don’) por lo que significa ‘regalo de Isis’. Su forma masculina Isidoro, se expandió por todo el imperio grecoromano tras la conquista de Alejandro Magno de Egipto y al ser proclamado faraón en 331 a. C.  No obstante, la forma femenina, en griego no se atestigua hasta el siglo IX a. C. y de forma muy esporádica (bien que en inscripciones su datación puede ser anterior) y, en latín, es mucho más tardía y mucho más escasa que su correspondiente masculino. Por otra parte, no hay que olvidar que el patrón de las humanidades y de los estudiantes es San Isidoro de Sevilla, quien nació en Cartagena en torno a 556 y falleció en Sevilla en 636. Escribió Etimologías y otras obras de carácter religioso.

Teodora viene del griego θεός (‘dios’ o ‘divinidad’) y δῶρον (‘regalo’ o ‘don’) por lo que significa  ‘regalo de dios’. Curiosamente este nombre apareció con más frecuencia en textos literarios en su forma masculina desde el s. VI a.C, en cambio la forma femenina no aparecería hasta principios del s. I a.C. Esto nos hace pensar en la baja presencia de la figura femenina en los textos.

Agapito es un nombre tanto masculino como femenino de origen griego. Proviene del latín tardío Agapētus que deriva de Αγαπητός que a su vez deriva de ἀγάπη, que significa ‘afecto’, ‘amor fraternal’, ‘amor divino’. Por lo tanto, Agapito es ‘el amado’ o ‘el amable’, aunque teniendo en cuenta que ἀγάπη  también puede significar ‘comidas fraternales entre los primeros cristianos’. Encontrarnos con este nombre hoy en día no es muy frecuente, al estar en desuso, pero, sin embargo, tuvo más uso en la época cristiana, donde encontramos santos así llamados.

Inocencia/o, ‘el inofensivo’ o ‘libre de culpa’. Este nombre es de claro origen latino y deriva de la palabra innocens que está formada por el prefijo negativo –in y la palabra nocens. Nocens deriva del verbo nocere (‘hacer daño’), por lo tanto inocencio/a es ‘el que no hace mal’. Era un nombre muy común entre los primeros cristianos y el hecho de que haya llegado hasta tiempos posteriores se debe en gran medida a los santos y papas que elegían este nombre. Concretamente en España, se divulgó gracias a San Inocencio, obispo de Mérida del siglo VII.

Irene significa paz y viene del griego Εἰρήνη. El bello origen de este nombre femenino se remonta a la mitología griega, referido a la diosa de la paz y de la primavera, hija de Zeus y de Temis. El nombre romano correspondiente es Pax. No obstante, se puede pensar que el uso del significado “paz” como nombre de persona puede ser bastante reciente y que no esté muy relacionado con el griego.

El nombre “Amanda”, de origen latino, aunque parezca que solo es un nombre femenino también es masculino, y es más, como masculino está atestiguado en torno al s. VI d.C. al contrario que Amanda, que está atestiguado en torno al s. XIII. Claro que ahora estamos más familiarizados con el nombre femenino Amanda. Pues este deriva del gerundivo amandus, a, um del verbo latino amāre. En conclusión, Amanda es ‘la que debe ser amada’ o ‘la que será amada’ y en contexto religioso es ‘la que será amada por Dios’.

Jorge es una evolución de su etimología inicial griega Γεωργιός (γη + έργον), justificándose fonéticamente así que acabe en –ge en español y en otras lenguas. Significa “agricultor” (el que trabaja la tierra). Deriva a su vez de Γεωργός. Es muy conocido por toda Europa, tanto en la antigüedad -por ejemplo, está documentado en griego desde el s. I a. C. y en latin –Georgius- también lo está desde el s. V o VI d. C.-, como en la actualidad, por ejemplo, en Francia (Georges), Italia (Giorgio) y en Inglaterra (George) entre otros.

César. A un clásico, al escuchar este nombre, lo primero que le viene a la mente es el ilustre Julio César, caudillo e historiador gracias al cual más adelante se empezó a llamar César a los hombres que llegaban a su puesto político, Zar en Rusia y Kaiser en Alemania. En cuanto al origen de este nombre, hay varias propuestas: algunos creen que proviene del latín caedere (‘cortar’), es decir, de la raíz indoeuropea *kaid-, porque, según Plinio el Viejo, el primero de los Césares nació a caeso matris utero (del útero cortado de la madre);  la Historia Augusta recoge otras versiones: de caesai (‘elefante’, quizá en púnico), esta etimología era la preferida por Julio César pero, a decir verdad, no tiene base lingüística. Otra lo relaciona con caesaries (‘cabello’) porque nació con un mechón de pelo; finalmente otra lo relaciona con el color verdeazulado de sus ojos: oculis caesiis.

Víctor es un adjetivo latino victor, victōris, que significa ‘victorioso’, ‘triunfante’. La raíz uic- proviene del protoindoeuropeo *weik (*wi-n-k-) que significa ‘superar’, de donde también procede el verbo latino vincere (‘conquistar’). A título de ejemplo mencionaremos al poeta, novelista y dramaturgo romántico francés Víctor Hugo.

Ángel, con su variante Ángela, es un nombre de origen griego, ἄγγελος y su forma en español es angelus; significa ‘mensajero/a’. Resulta curioso que de ἄγγελος derive también “evangelio”: de εὐαγγέλιον, ‘el buen mensaje’, ‘la buena nueva’. Se trata de un nombre propio que ha tenido gran importancia dentro de la tradición bíblica, pues eran seres espirituales con inteligencia que estaban a las órdenes de Dios. Así pues, los encontraremos en la religión cristiana, judía y en el islam.

Eustaquio es un nombre de origen griego, de εὔστᾰχυς, compuesto de εὖ -‘bien’, ‘en abundancia’- y στάχυς -‘grano’-, por tanto su significado es ‘cargado de frutos’, ‘fecundo’. Ha habido muchos Eustaquios en el mundo, pero hablaremos sobre Eustaquio de Roma. Este fue un general romano llamado Placidus antes del bautismo, que seguía órdenes de Trajano. La leyenda cuenta que un día salió a cazar y vio una manada de ciervos, entre los cuales había uno que llevaba un crucifijo entre sus astas. Iluminandose estas,  oyó una voz que le decía: «Plácido ¿por qué me persigues? Tú vas a sufrir mucho por causa de Cristo». Entonces, una vez convertido al cristianismo, fue perseguido, torturado y sacrificado junto con su esposa Teopista y sus dos hijos Agapito y Teopisto. Honrado como uno de los Santos auxiliadores, es el patrón de los cazadores.

Apolonia es una variante de Apolonio, nombre de origen griego que significa ‘perteneciente al dios Apolo’ e ‘hijo del sol’. Es un nombre que no es muy común y que suelen llevarlo personas de edad ya avanzada. Detrás de este nombre se encuentra una historia muy curiosa: durante el reinado de Decio en Alejandría, santa Apolonia fue martirizada por practicar la fe en Cristo, de tal forma que le arrancaron todos los dientes, para luego tirarla a la hoguera donde ella mismo se lanzó. Debido a este hecho, Santa Apolonia es la patrona de los dentistas, a la cual hay que rezar para curar “ el dolor de muelas”

Cristina Calle Montano

Irene Ruiz Aires

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