Io, Io

De todas estas épocas de libertinaje, la mejor conocida y cuyo nombre es genérico en el lenguaje moderno es la Saturnalia. Este festival famoso recaía en diciembre, el último mes del calendario romano y el pueblo suponía que su objeto era conmemorar el feliz reinado de Saturno, dios de la siembra y de la agricultura, que vivió en la tierra hace mucho tiempo como un rey de Italia, benéfico y justo que atrajo a los toscos y diseminados montañeses a reunirse, enseñándoles a cultivar el suelo, dándoles leyes y reinando en paz. Su reinado fue la fabulosa Edad de Oro: la tierra producía abundantemente, ningún fragor de guerra o discordia perturbaba al mundo feliz; ningún maléfico afán de lucro emponzoñaba la sangre de los campesinos industriosos y contentos. La esclavitud y la propiedad privada eran desconocidas totalmente; todos los hombres tenían todas las cosas en común. Al fin el buen dios, el rey afable, desapareció súbitamente; pero su memoria fue amada durante muchos años, se erigieron templos en su honor y muchas colinas y sitios altos de Italia llevan su nombre. Pero la brillante tradición de su reinado estaba cruzada por una sombra tenebrosa; se decía que sus altares habían estado teñidos con la sangre de víctimas humanas a quienes después una época más piadosa substituyó por efigies. De este obscuro aspecto de la religión del dios hay poca o ninguna huella en las descripciones de la Saturnalia que nos han dejado los escritores antiguos. Comilonas, borracheras y toda loca búsqueda de placer son los rasgos que en nuestra creencia señalaron especialmente este carnaval de la Antigüedad, que duraba siete días y se celebraba en las casas, calles y plazas públicas de la antigua Roma, desde el día 17 al 23 de diciembre.

James Frazer, La rama dorada (traducción de Elizabeth Campuzano y Tadeo I. Campuzano)

Nec illam causam quae Saturnalibus adsignatur ignoro, quod Pelasgi, sicut Varro memorat, cum sedibus suis pulsi diversas terras petissent, confluxerunt plerique Dodonam et incerti, quibus haererent locis, eiusmodi accepere responsum:
Στείχετε μαιόμενοι Σικελῶν Σατούρνιον αἶαν
Ἡδ’ Ἀβορειγενέων, Κοτύλην, οὗ νᾶσος ὀχεῖται,
Οἷς ἀναμιχθέντες δεκάτην ἐκπέμπετε Φοίβῳ
Καὶ κεφαλὰς ἅιδῆ καὶ τῷ πατρὶ πέμπετε φῶτα·
acceptaque sorte, cum Latium post errores plurimos adpulissent, in lacu Cutiliensi enatam insulam deprehenderunt. Amplissimus enim cespes, sive ille continens limus seu paludis fuit coacta compage virgultis et arboribus in silvae licentiam comptus, iactantibus per omnem fluctibus vagabatur, ut fides ex hoc etiam Delo facta sit, quae celsa montibus, vasta campis, tamen per maria migrabat. Hoc igitur miraculo deprehenso has sibi sedes praedictas esse didicerunt, vastatisque Siciliensibus incolis occupavere regionem decima praedae secundum responsum Apollini consecrata erectisque  Diti sacello et Saturni ara, cuius festum Saturnalia nominarunt. Cumque diu humanis capitibus Ditem et virorum victimis Saturnum placare se crederent propter oraculum in quo erat:
Καί κεφαλὰς Ἅιδῃ, καὶ τῷ πατρὶ πέμπετε φῶτα
Herculem ferunt postea cum Geryonis pecore per Italiam revertentem suasisse illorum posteris, ut faustis sacrificiis infausta mutarent inferentes Diti non hominum capita sed oscilla ad humanam effigiem arte simulata, et aras Saturnias non mactando viro sed accensis luminibus excolentes, quia non solum virum sed et lumina φῶτα significat.

“Tampoco ignoro el siguiente origen que se les atribuye a las Saturnales,  a saber:  los pelasgos, según recuerda Varrón, cuando fueron expulsados de sus asentamientos, se dirigieron a diversas tierras, pero la mayoría de ellos confluyeron en Dodona y, no sabiendo en qué lugar establecerse,  obtuvieron del oráculo la siguiente respuesta: «Partid en busca de la tierra de Saturno que habitan los sículos y los aborígenes,  Cótila,  donde  flota una isla; cuando os hayáis unido a ellos, enviad el diezmo a Febo, y enviad las  cabezas a Hades y un hombre a su padre».
Recibido este oráculo, recalaron, tras numerosos extravíos, en el Lacio, y en el lago de Cutilias descubrieron una isla flotante. Era, en verdad, una masa de hierba, formada por la compactación del fango o por el espesamiento de la marisma, toda cubierta de matorrales y de árboles a manera de un bosque, y vagaba errante, sacudida sin cesar por las mareas, de suerte que de aquí se forjó la creencia de que también Delos, pese a la altura de sus montes y la extensión de sus llanuras, erraba, no obstante, por el mar. Al advertir, pues, este prodigio, se percataron de que allí estaba el asentamiento que les había sido predicho, y tras aniquilar a los nativos sicilianos, ocuparon la región; de acuerdo con el oráculo, consagraron la décima parte del botín a Apolo, y erigieron un santuario en honor de Dite y un altar en honor de Saturno, cuyas fiestas llamaron Saturnales. Durante mucho tiempo creyeron aplacar a Dite con cabezas humanas y a Saturno con víctimas humanas a causa del oráculo, donde se decía:
Enviad las cabezas a Hades y un hombre a su padre.
Más tarde, Hércules, según la tradición, cuando, de regreso, atravesaba Italia con el rebaño de Gerión, persuadió a los descendientes de los pelasgos a reemplazar estas ofrendas funestas por otras de buen augurio, ofrendando a Dite no cabezas humanas,  sino figurillas modeladas a imagen del hombre, y honrando los altares de Saturno no con sacrificios humanos, sino encendiendo luces, puesto que phôta no sólo significa «hombre», sino también «luz». De aquí nació la costumbre de enviarse velas de cera durante las Saturnales”.

Macrobio, Saturnales 1, 28-31 (traducción de Fernando Navarro Antolín)

Vnctis falciferi senis diebus,
regnator quibus inperat fritillus,
uersu ludere non laborioso
permittis, puto, pilleata Roma.
Risisti; licet ergo, non vetamur.
Pallentes procul hinc abite curae;
quidquid venerit obuium loquamur
morosa sine cogitatione.
Misce dimidios, puer, trientes,
quales Pythagoras dabat Neroni,
misce, Dindyme, sed frequentiores:
possum nil ego sobrius; bibenti
succurrent mihi quindecim poetae.
Da nunc basia, sed Catulliana:
quae si tot fuerint quot ille dixit,
donabo tibi Passerem Catulli.

En los suntuosos días del viejo de la hoz,
en los que reina soberano el cubilete,
me permites, creo yo, Roma encapirotada,
que bromee con verso no pulido.
Te has reído: deduzco que puedo, no se me prohíbe.
Fuera de aquí cuitas que hacéis palidecer;
todo lo que se me ocurre lo soltaré
sin pensármelo dos veces.
Mézclame, muchacho, copas mitad y mitad,
como las que Pitágoras daba a Nerón,
mézclamelas, Díndimo, pero en mayor número:
sobrio, nada puedo yo; cuando bebo,
vienen en mi ayuda quince poetas.
Ahora dame besos, pero de los catulianos;
Y si fuesen tantos como los que él dijo,
Yo te regalaré el Pájaro de Catulo.

Marcial, 11, 6 (traducción de Enrique Montero Cartelle)

Ni te plus oculis meis amarem,
iucundissime Calve, munere isto
odissem te odio Vatiniano:
nam quid feci ego quidve sum locutus,
cur me tot male perderes poetis?
isti di mala multa dent clienti
qui tantum tibi misit impiorum.
quod si, ut suspicor, hoc novum ac repertum
munus dat tibi Sulla litterator,
non est mi male, sed bene ac beate,
quod non dispereunt tui labores.
di magni, horribilem et sacrum libellum,
quem tu scilicet ad tuum Catullum
misti, continuo ut die periret,
Saturnalibus, optimo dierum!
non, non hoc tibi, false, sic abibit:
nam, si luxerit, ad librariorum
curram scrinia, Caesios, Aquinos,
Suffenum, omnia colligam venena,
ac te his suppliciis remunerabor.
vos hinc interea valete, abite
illuc unde malum pedem attulistis,
saecli incommoda, pessimi poetae.

Si no te amara yo más que a mis ojos,
por este regalito, amable Calvo,
te odiaría con odio vatiniano.
Porque ¿qué te he hecho yo o qué te he dicho
que con tantos poetas me atormentas?
¡Que los dioses castiguen al cliente
que te envió tal sarta de herejías!
Mas si, como sospecho, este regalo
tan selecto e insólito es de Sula,
el maestro, al menos me complace
que no hayan sido vanos tus esfuerzos.
¡Qué espanto de librito, grandes dioses!
Lo enviaste, sin duda, a tu Catulo
para que de una vez y en Saturnales,
el mejor de los días, él muriese.
Mas la gracia, bromista, no ha acabado,
pues con la luz iré a las librerías
y arramblaré corriendo los Aquinos,
Sufenos, Cesios y demás venenos
para pagarte bien por el suplicio.
Vosotros, mientras tanto, adiós. Marchad
allá de donde a tu tuerto pie salisteis,
peste del siglo, pésimos poetas.

Catulo 14 (traducción de Juan Manuel Rodriguez Tobal)

Chartae maiores
Non est munera quod putes pusilla,
            cum donat uacas poeta chartas.

Hojas grandes
No hay motivo para que pienses que es un regalo sin valor,
            cuando es un poeta el que te da las hojas en blanco.

Marcial, 14, 10 (traducción de Enrique Montero Cartelle)

‘Sunt apinae tricaeque et si quid vilius istis.’
     Quis nescit? vel quis tam manifesta negat?
Sed quid agam potius madidis, Saturne, diebus,
     Quos tibi pro caelo filius ipse dedit?
Vis scribam Thebas Troiamve malasve Mycenas?
     ‘Lude,’ inquis, ‘nucibus’. Perdere nolo nuces.

“Son todo bagatelas y fruslerías y cosas de menor valor, si las hay”.
            ¿Quién lo ignora o quién niega una cosa tan clara?
¿Mas qué otra cosa podrías hacer, Saturno, en los días de borrachera
            que tu propio hijo te concedió a cambio del cielo?
¿Pretendes que escriba sobre Tebas o Troya o la malvada Micenas?
            “Juega”, me dices, “con nueces”: no quiero perder mis nueces.

Marcial 14, 1 7-12 (traducción de Enrique Montero Cartelle)

Porcus
Iste tibi faciet bona Saturnalia porcus,
            inter spumantes ilice pastus apros.

Cerdo
Hará que sean buenas tus Saturnales este cerdo,
            Alimentado con bellotas entre espumeantes jabalíes.

Marcial, 14, 71 (traducción de Enrique Montero Cartelle)

La semejanza entre la Saturnalia de la antigüedad y el carnaval de la Italia moderna ha sido con frecuencia subrayada, pero a la luz de los hechos que ahora nos llegan podemos preguntar con razón si esta semejanza no se acerca a la identidad. Hemos visto que en Italia, España y Francia, esto es, en los países donde ha sido más profunda y duradera la influencia de Roma, un relevante personaje del carnaval es una efigie burlesca que personifica la estación festiva y que, después de una breve carrera de disipación y gloria, es públicamente fusilada, quemada o de cualquier otro modo destruida con la tristeza fingida o la genuina alegría del populacho. Si la visión que sugerimos del carnaval es acertada, este personaje grotesco no es otro que el sucesor directo del antiguo rey de la Saturnalia, el jefe de las francachelas, la palpitante personificación humana de Saturno, que cuando terminaba la orgía, sufría una muerte verdadera en supuesto carácter. El rey de la habichuela de la noche duodécima y el medioeval obispo de los locos, el abad de la sinrazón y el señor del desorden [Lord of Misrule] son figuras de la misma clase y quizá pueden haber tenido un origen parecido. Que esto último haya sido así o no, de ningún modo empece para que podamos deducir con grandes probabilidades de acierto la conclusión de que si el rey del bosque en Aricia vivió y murió como encarnación de una deidad forestal, de antiguo tuvo en Roma un paralelo en los hombres que año tras año morían caracterizados de rey Saturno, el dios de la semilla sembrada y de la germinante.

James Frazer, La rama dorada (traducción de Elizabeth Campuzano y Tadeo I. Campuzano)

Festis Saturno diebus inter alia aequalium ludicra regnum lusu sortientium evenerat ea sors Neroni. igitur ceteris diversa nec ruborem adlatura: ubi Britannico iussit exsurgeret progressusque in medium cantum aliquem inciperet, inrisum ex eo sperans pueri sobrios quoque convictus, nedum temulentos ignorantis, ille constanter exorsus est carmen, quo evolutum eum sede patria rebusque summis significabatur. unde orta miseratio manifestior, quia dissimulationem nox et lascivia exemerat. Nero intellecta invidia odium intendit; urgentibusque Agrippinae minis, quia nullum crimen neque iubere caedem fratris palam audebat, occulta molitur pararique venenum iubet, ministro Pollione Iulio praetoriae cohortis tribuno, cuius cura attinebatur damnata veneficii nomine Locusta, multa scelerum fama.

En los días de las fiestas de Saturno, entre otras diversiones de los jóvenes de su edad, se hacía el juego de echar a suerte el reino, y había recaído sobre Nerón. El caso fue que a los demás les dio órdenes diversas y que no podían causarles vergüenza; mas cuando mandó a Británico que se levantara y, poniéndose en medio, iniciara una canción, esperando con ello reírse del muchacho, que desconocía incluso los banquetes moderados —cuanto más las bacanales—, él, sin vacilar, entonó un canto en el que daba a entender que había sido derribado del trono de su padre y del supremo poder. Provocó esto una compasión más manifiesta, cuanto que la noche y los excesos habían dado de lado al disimulo. Nerón, al percibir el rencor, aumenta su odio; y como las amenazas de Agripina lo urgían y no se atrevía a acusarlo ni a ordenar abiertamente el asesinato de su hermano, dispone hacerlo ocultamente y manda preparar un veneno. Sirvió como agente Polión Julio, tribuno de una cohorte pretoriana, bajo cuya custodia estaba una mujer condenada por envenenamiento, de nombre Locusta, y cuyos crímenes eran muy conocidos.

Tácito, Anales 13,15 (traducción de José Luis Moralejo)

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La idea del carnaval ha sido observada y se ha manifestado de forma muy sensible en las saturnales romanas, que eran experimentadas como un retorno efectivo y completo (aunque provisorio) al país de la edad de oro. Las tradiciones de las saturnales sobrevivieron en el carnaval de la Edad Media, que representó, con más plenitud y pureza que otras fiestas de la misma época, la idea de la renovación universal. (…)
Hay en esta procesión de año nuevo algo de la «procesión de los dioses destronados», sobre todo en la fisonomía antigua de Arlequín y de su maza. Sabemos que las procesiones del carnaval pasaban a veces en la Edad Media, sobre todo en los países germánicos, por ser las de los dioses paganos caídos y destronados. La idea de la fuerza suprema lanzada a lo bajo y de la verdad de los tiempos pasados, está sólidamente asociada al centro mismo de las imágenes carnavalescas. No podemos excluir, naturalmente, la influencia de las saturnales en la progresión de estas ideas. En cierta medida, los dioses antiguos representan el papel del rey destronado de las saturnales.

Mijail Bajtín, La cultura popular en la Edad media y en el Renacimiento (versión de Julio Forcat y César Conroy)

Pero ningún rasgo del festival es más notable que la licencia concedida en esos días a los esclavos, y creemos que nada extrañó tanto a los antiguos mismos. La distinción entre las clases libres y las serviles estaba abolida temporalmente: el esclavo podía injuriar a su amo, emborracharse como sus superiores, sentarse a la mesa con ellos y ni una sola palabra de reproche podía dirigírsele por una conducta que en cualquier otra época del año habría sido castigada con el apaleamiento, la prisión o la muerte. Y aún más: efectivamente los amos cambiaban su puesto con los esclavos y les servían en la mesa y mientras el siervo no hubiera terminado de comer y beber, no se limpiaba la mesa para poner la comida de su amo. A tan lejos llegaba esta inversión de rangos que cada familia con su servidumbre se convertía en esos días en una república burlesca en la que los altos puestos del Estado eran desempeñados por los esclavos, que daban sus órdenes y derribaban la ley como si verdaderamente estuvieran investidos de todas las dignidades del Consulado, del Pretorio y de la Magistratura. Parecido al reflejo pálido del poder concedido así a los esclavos en la Saturnalia era el “reinado de burlas”, para el cual los hombres libres echaban suertes en la misma época. La persona a quien tocaba la suerte gozaba el título de rey y expedía mandatos de carácter irónico y burlesco a sus súbditos temporales. A uno de éstos podía ordenarle que mezclase el vino, a otro beberlo, a otro que cantase, al otro bailar, al de más allá que pronunciase un discurso en su propio descrédito y al otro que diera la vuelta a la casa llevando a cuestas a una flautista

James Frazer, La rama dorada (traducción de Elizabeth Campuzano y Tadeo I. Campuzano)

Por un momento parece que la diferencia entre los grandes y los humildes se haya abolido; la gente se acerca al prójimo, todo el mundo acepta con ligereza cuanto le ocurre; la libertad y la osadía que se toman unos con otros se compensan gracias al buen humor que reina por doquier.
Durante estos días, el ciudadano romano se congratula, aún en nuestro tiempo, de que el nacimiento de Cristo, pese a posponer unas semanas la fiesta de las Saturnales y sus privilegios, no lograra suprimirlas del todo.

Johann Wolfgang von Goethe, El carnaval de Roma (traducción de Juan de Sola Llovet)

In hanc ego diaetam cum me recepi, abesse mihi etiam a villa mea videor, magnamque eius voluptatem praecipue Saturnalibus capio, cum reliqua pars tecti licentia dierum festisque clamoribus personat; nam nec ipse meorum lusibus nec illi studiis meis obstrepunt.

Cuando me retiro a este pabellón, me parece que estoy ausente incluso de mi propia villa y me solazo considerablemente, sobre todo, en Saturnales cuando el resto de la hacienda retumba con el desenfreno de esos días y los gritos festivos, pues ni yo interrumpo las diversiones de los míos ni ellos mis estudios.

Plinio el Joven, Epist. 2, 17 24 (traducción de Carmen Guzmán Arias y Miguel E. Pérez Molina)

‘Iamdudum ausculto et cupiens tibi dicere servos
pauca reformido.’ ‘Davusne?’ ‘ita, Davus, amicum
mancipium domino et frugi quod sit satis, hoc est,
ut vitale putes.’ ‘age libertate Decembri,
quando ita maiores voluerunt, utere: narra.’

«Tiempo ha que escucho y, aun deseando decirte un par de cosas, como soy esclavo, temo hacerlo.» «¿Eres tú, Davo?». «Sí, Davo, amigo de su señor y razonablemente bueno, pero de los que duran». «Ea, aprovecha la licencia de diciembre, ya que así lo manda la tradición. Habla.»

Horacio, Serm. 2,7 (traducción de Horacio Silvestre).

(…)
–¡Las cuatro! ¡La comida! –me dijo una voz de criado, una voz de entonación servil y sumisa; en el hombre que sirve hasta la voz parece pedir permiso para sonar.
Esta palabra me sacó de mi estupor, e involuntariamente iba a exclamar como don Quijote: «Come, Sancho hijo, come, tú que no eres caballero andante y que naciste para comer»; porque al fin los filósofos, es decir, los desgraciados, podemos no comer, pero ¡los criados de los filósofos! Una idea más luminosa me ocurrió: era día de Navidad. Me acordé de que en sus famosas saturnales los romanos trocaban los papeles y que los esclavos podían decir la verdad a sus amos. Costumbre humilde, digna del cristianismo. Miré a mi criado y dije para mí: «Esta noche me dirás la verdad». Saqué de mi gaveta unas monedas; tenían el busto de los monarcas de España: cualquiera diría que son retratos; sin embargo, eran artículos de periódico. Las miré con orgullo:
–Come y bebe de mis artículos –añadí con desprecio–; sólo en esa forma, sólo por medio de esa estratagema se pueden meter los artículos en el cuerpo de ciertas gentes.
Una risa estúpida se dibujó en la fisonomía de aquel ser que los naturalistas han tenido la bondad de llamar racional sólo porque lo han visto hombre. Mi criado se rió. Era aquella risa el demonio de la gula que reconocía su campo.
Tercié la capa, calé el sombrero y en la calle.
¿Qué es un aniversario? Acaso un error de fecha. Si no se hubiera compartido el año en trescientos sesenta y cinco días, ¿qué sería de nuestro aniversario? Pero al pueblo le han dicho: «Hoy es un aniversario», y el pueblo ha respondido: «Pues si es un aniversario, comamos, y comamos doble». ¿Por qué come hoy más que ayer? O ayer pasó hambre u hoy pasará indigestión. Miserable humanidad, destinada siempre a quedarse más acá o ir más allá.
Hace mil ochocientos treinta y seis años nació el Redentor del mundo; nació el que no reconoce principio y el que no reconoce fin; nació para morir. ¡Sublime misterio!
¿Hay misterio que celebrar? «Pues comamos», dice el hombre; no dice: «Reflexionemos». El vientre es el encargado de cumplir con las grandes solemnidades. El hombre tiene que recurrir a la materia para pagar las deudas del espíritu. ¡Argumento terrible en favor del alma! (…)

Mariano José de Larra, La Nochebuena de 1836.

Diego Corral Varela

Un comentario sobre “Io, Io

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  1. Magnífica entrada, como, por otra parte, son la inmensa mayoría de las publicadas en este sitio. Feliz descanso a todos.

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