Las mujeres y el poder: Clitemnestra

Salamanca, 8 de marzo de 2020

Mary Beard en su exitoso manifiesto “Mujer y poder” (2018) pone a Clitemnestra como ejemplo de mujer poderosa, un ejemplo negativo por su comportamiento, “híbrido monstruoso” en Agamenón de Esquilo, a la que hay que poner de nuevo en su sitio, como a Antígona y Medea, para restaurar el orden patriarcal.

Quizás debido a la economía obligatoria del género “manifiesto” su referencia a Cliemnestra es bastante superficial. El problema de Clitemnestra es más complejo que el de las otras dos heroínas -que también chocan trágicamente con la estructura masculina de poder-, porque su personaje va más allá de ser un híbrido de mujer y hombre o un andrógico, como dicen otras estudiosas. Clitemnestra representaría más bien los vestigios de un orden social más antiguo enfrentado al patriarcado. Nada podía hacer contra el orden nuevo, pero su historia, que sigue inspirando a críticas feministas, escritoras, psiquiatras y especialistas en antropología e historia antigua, merece que nos detengamos un poco más en ella.

Kate Millet en su libro Política sexual (1969), un clásico de la teoría feminista, repasa el pensamiento de Engels y Bachofen sobre los orígenes del patriarcado y le dedica un capítulo a “El testimonio de la mitología”. Bachofen reconoció “en los mitos un sinfín de ecos tanto del matriarcado como de la suplantación de sus valores y divinidades por el patriarcado y señaló que algunas fábulas, tales como la que servía de base a la Orestiada de Esquilo, utilizaban el conocimiento de la paternidad  (… sin duda un descubrimiento bastante más antiguo) para respaldar la leyes patriarcales”. De modo que “en ausencia de pruebas más concretas, los mitos religiosos…en cierto modo fenómenos sociales fosilizados, pueden considerarse vestigios perdurables de esa profunda conmutación en virtud de la cual el patriarcado derribó el orden social existente … e implantó el pertinaz dominio que el hombre viene ejerciendo desde entonces sobre la mujer”.

En Agamenón, la primera tragedia de esta trilogía, Clitemnestra es una reina regente en ausencia de su marido, caudillo de las tropas griegas contra Troya. El relato, que se inicia con la noticia de la victoria de los griegos, nos presenta a una reina de “ánimo viril” –dice el corifeo- capaz de defender la casa de Agamenón y gobernar su reino. Pero después Clitemnestra dedica su “androboulon” y “tolme” (“audacia”) a actuar con absoluta autonomía. Toma como amante a Egisto y va madurando un plan para deshacerse de Agamenón, cuando vuelva de Troya, como venganza de sangre por haber sacrificado a su hija Ifigenia con el fin de alcanzar sus objetivos político-militares. Ana Fraga Iribarne (De Electra a Helena. La creación de los valores patriarcales en la Atenas clásica, Madrid 2001) hace un interesante análisis de la ambigüedad de Clitemnestra en Agamenón. En el personaje de Clitemnestra se mezclan restos de un pasado en el que la lucha por el poder y la esposa iban unidos en un contexto de herencia matrilineal – no olvidemos que Agamenón la saluda como “hija de Leda”- y un orden nuevo que se está imponiendo en Atenas en el momento en que se estrena la obra de Esquilo (458 a. C.), una democracia basada en la familia nuclear y el patriarcado. Al pasado responde la que es para Clitemnestra su principal razón, que Agamenón haya sacrificado a Ifigenia, su “parto más querido”, lo que, según esta autora, parece un indicio del intento de mantener el poder transmitido por línea femenina. Al presente pertenece la segunda razón de Clitemnestra para vengarse, una razón estrechamente ligada a la estructura de la familia nuclear: las infidelidades de Agamenón agravadas por el hecho de haberse traído a casa como amante a Casandra.

En Las coéforas el adulterio de Clitemnestra será también una razón importante para que Orestes vengue a su padre matando a su madre. En esta obra intervienen ya los hijos, que han visto rotas sus aspiraciones: Electra la de recibir una dote y hacer una buena boda y Orestes la de heredar el trono de su padre. Hemos pasado a una fase en la que desaparecen los vestigios del primitivo poder matriarcal, pero no sin que se siga debatiendo la confrontación de ambos modelos de poder.

En cuanto cumple Orestes el mandato de Apolo y termina con Egisto y Clitemnestra aparecen las Furias, divinidades obsoletas defensoras del matriarcado, lo persiguen de ciudad en ciudad y lo vuelven loco. Es muy significativo su enfrentamiento con ellas, ya en la última obra de la trilogía, Las Euménides: cuando Orestes le pregunta  a la corifeo por qué no han acosado antes a Clitemnestra, ella le responde: “No comparten su sangre los esposos” ante lo que él hace suya la misma justificación poniendo en duda que él comparta la de su madre: “¿Es que comparto yo la de mi madre?” La protesta de la corifeo se apoya en la evidencia irrefutable de la maternidad: “¿Pues cómo te gestó ella en sus entrañas/ asesino? ¿Reniegas de su sangre?“ El desconcierto de las Furias puede extrapolarse sin duda a las lectoras y lectores de nuestro tiempo. Pero la respuesta de Orestes se basaba en la interpretación política de la biología elaborada ya por el pensamiento griego. Leemos en boca de Apolo en diálogo asimismo con la corifeo: “Del hijo no es la madre la engendradora,/ es nodriza tan solo de la siembra/ que en ella se sembró. Quien la fecunda/ ése es el engendrador. Ella, tan solo/ -cual puede tierra extraña para extraños-/ conserva el brote, a menos que los dioses/ la ajen. Y te daré mis argumentos:/ Puede haber padre sin que exista madre,/ y muy cerca tenemos un testigo,/ la propia hija de Zeus, rey del Olimpo”. Este mismo pensamiento expresa Atenea que actúa como presidenta del tribunal que juzga a Orestes y con su voto de calidad decide la sentencia que lo absuelve: “No he tenido una madre que me diera a luz, y, en todo y con todas las fuerzas de mi alma por el varón me inclino”. La madre no cuenta, de manera que no es un delito matarla. Así son desposeídas las mujeres hasta del poder natural de dar la vida.

Vemos aquí una representación extrema de los orígenes del patriarcado, un sistema aún no erradicado por completo, en el que Engels suponía que la primera posesión de la historia había sido la mujer.

Feliz día de la mujer

Rosario Cortés Tovar

 

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