PLINIO, ¿EL VIEJO O EL SUPERSTICIOSO?

Si hay una constante en las culturas y etapas del mundo, esa es la superstición, creencia nacida de las prácticas religiosas, del pensamiento mágico y de los prejuicios, que carece de fundamento racional, con la que el ser humano atribuye una explicación mágica a las vicisitudes que se le presentan en el día a día.

No es extraño encontrar en nuestra vida cotidiana pequeños gestos que hacen referencia a la superstición y que vemos como algo normal, por ejemplo, cruzar los dedos para atraer la buena suerte o evitar pasar por debajo de una escalera para evitar una desgracia. Sin embargo, también encontramos otro tipo de supersticiones que en ocasiones se llevan al extremo, por ejemplo, en la mayor parte de Europa el número 13 es señal de mala suerte, por lo tanto, es difícil encontrar habitaciones de hoteles o asientos de avión que porten el temido número.

En la antigüedad clásica sucedía lo mismo. En Plinio el Viejo, historiador, militar y consejero de Vespasiano y Tito, podemos encontrar gran variedad de supersticiones curiosas e interesantes que pudo estudiar a través de múltiples fuentes y de su experiencia personal; las que aquí seleccionamos proceden del libro VII de su Historia Natural.

Conozcamos pues algunas de las más llamativas:

En lo referente al proceso del embarazo y nacimiento de los hijos, Plinio muestra varias teorías, a cuál más descabellada (y en ocasiones inquietante), tales como:

Un bostezo durante el parto es mortal, así como es abortivo haber estornudado después del coito. (Plin. Nat. VII, 42) (Todas las traducciones son de Del Barrio Sanz, E., García Arribas, I., Moure Casas, A. Mª, Hernández Miguel, A., Arribas Hernáez, Mª. L., Plinio el Viejo. Historia Natural. Libros VII-XI. Madrid: 2003, Gredos.) Esta superstición corrobora el ínfimo conocimiento del autor en medicina, del que ya hablaban algunos autores como Nicolas Léonicène en el S. XVI.

En el transcurso de determinadas horas de los días lunares, como la séptima y la decimoquinta, pues se cuentan de día y de noche, nace una gran cantidad de gente que muere en una sucesión gradual de años, que llaman climatéricos, no sobrepasando casi los cincuenta y cuatro años los que han nacido así. (Plin. Nat. VII, 161)

En el séptimo mes tampoco nacen (niños), a no ser que hayan sido concebidos la víspera o al día siguiente del plenilunio, o en el interlunio. (Plin. Nat. VII, 38) Estas creencias todavía se mantienen hoy en día. Algunas tradiciones populares consideran que concebir un hijo en una luna u otra determinará el tiempo de gestación, su sexo o incluso la salud del pequeño. Por supuesto, esta afirmación carece de apoyo científico.

De los niños nacidos por cesárea dice: Tienen los mejores auspicios los que, al morir la madre en el parto, nacen, como dicen que nacieron Escipión Africano el Mayor y el primero de los Césares, después de cortar el vientre de su madre. (Plin. Nat. VII, 47)

Plinio describe también algunos métodos alarmantes a partir de los cuales se podía saber si una mujer había sido adúltera o no. Además, nos aporta una superstición altamente negativa respecto a la menstruación femenina, que se ha mantenido en algunas religiones como el zoroastrismo o el hinduismo, e incluso en tradiciones populares (en algunos pueblos todavía se dice que una mujer durante la menstruación puede hacer que la mayonesa se corte o que las plantas se pudran).

También en África existió un pueblo semejante, como escribe Agatárquides, el de los psilos […] El cuerpo de éstos tenía congénito un veneno, mortífero para las serpientes, con cuyo olor las adormecían; y tenían la costumbre de exponer ante las más feroces de ellas a sus hijos recién nacidos y, de ese modo, probar la virtud de las mujeres, pues las serpientes no huían de los hijos adulterinos. (Plin. Nat. VII, 14)

Pero no se podría encontrar fácilmente nada más maléfico que el flujo de las mujeres: el mosto se avinagra si se acercan; si los tocan, los cereales no granan; lo sembrado muere; las semillas de los huertos se secan; los frutos de los árboles en los que se han apoyado, caen; el lustre de los espejos se empaña sólo con la mirada: el filo del hierro se vuelve romo; el brillo del marfil y las colmenas mueren; incluso la herrumbre se apodera del bronce y el hierro, y el bronce toma un desagradable olor; los perros cogen la rabia al probarlo, y su mordedura se infecta de un veneno incurable. (Plin. Nat. VII, 64)

No sé ustedes, pero después de leer este pasaje, creo que Plinio sobreestima los poderes de las mujeres.

Todos sabemos las guerras familiares que se producen cuando nace un bebé en la familia. ¿Se parece a papá o a mamá? ¿Al abuelo o al primo segundo de tu tío? Plinio tiene su propia opinión sobre las características que heredarán los bebés (para bien o para mal) en función de cómo sean sus progenitores y qué sucede si las criaturas nacen con dientes:

Ya son conocidas por todo el mundo diversas cosas como que de parecidos hombres sin defecto, nacen mutilados; entre hombres mutilados, hombres sin defecto y hombres con el mismo miembro mutilado; y que algunas señales, lunares y cicatrices, incluso, se reproducen. (Entre los dacios, reaparece en el brazo la marca de su origen en la cuarta generación). (Plin. Nat. VII, 50)

Algunos (bebés) nacen con dientes, como Manio Curio, que por eso recibió el sobrenombre de Dentato, y Gneo Papirio Carbón, hombres ilustres los dos. Entre las mujeres esto era prueba de mal augurio en el tiempo de los reyes. (Plin. Nat. VII, 68)

¿Quién no ha pensado alguna vez de niño que si soñaba con algo, acabaría sucediendo? El autor nos proporciona el curioso caso de Publio Cornelio Rufo, antepasado de Sila, para apoyar esta superstición:

Publio Cornelio Rufo, que fue cónsul con Manio Curio, perdió la vista estando dormido, mientras soñaba esto. (Plin. Nat. VII, 166)

Sin duda alguna, queda claro que este tipo de creencias son un factor importante a la hora de conocer la mentalidad y cultura de la sociedad. Nos ayuda a comprender que muchas de las supersticiones que tenemos hoy en día no son más que un reflejo de lo que ya se creía antaño. Llegados a este punto: de supersticiones está lleno el mundo. siéntanse ustedes libres de creer en lo que quieran.

María Zurdo Serrano

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