George Steiner y los clásicos grecolatinos

La muerte del profesor George Steiner a los 90 años el pasado 3 de febrero apagaba la voz de una de las personalidades más sabias y clarividentes de nuestro tiempo. Se ha dicho que era el mejor lector del mundo, y la hipérbole quizá no lo sea tanto. El mundo que habitaba era la logosfera, el tupido bosque formado por la ingente producción literaria y filosófica de Occidente, desde la Antigüedad clásica a nuestros días. Prestó  especial atención a las tradiciones inglesa, francesa y alemana (en las que era trilingüe), pero también a la italiana (Dante, Leopardi), la rusa (Tolstói, Dostoievski, Pushkin), la hebrea (la Biblia y la Cábala), y algo a la española e hispanoamericana (Cervantes, Borges). Se codeaba con familiaridad con los grandes genios de la literatura y el pensamiento de todas las épocas, aunque con frecuencia la música y las artes plásticas también aparecen mencionadas. Es autor de libros deliciosos y originalísimos, a ratos densos por su concisión expresiva, pero jamás farragosos, a pesar de la cantidad de nombres y obras citados. La mayoría han sido publicados en España por Siruela. Recordemos Campos de fuerza (sobre una memorable partida de ajedrez por el campeonato del mundo), Antígonas (pervivencia del mito forjado por Sófocles), Los libros que nunca he escrito (proyectos inconclusos), Lecciones de los maestros (sobre la necesidad del magisterio para el conocimiento), Lenguaje y silencio (y cómo el segundo puede ser muy significativo), Después de Babel (sobre la posibilidad de la traducción)… Son temas de importancia central para cualquier amante de la literatura y la lectura, y no digamos para filólogos, filósofos o traductores. Errata

Como no podía ser de otro modo en alguien del talante y las amplias miras de Steiner, muchos pasajes de las literaturas clásicas son objeto de sus jugosos comentarios, por ejemplo los que dedica en su autobiografía intelectual, Errata (pp. 27-31 de la edición española), al descubrimiento de la Ilíada a los seis años (¡nada menos!). Recuerda con emoción el momento en que su padre leyó para él la no muy conocida escena del canto 21 en que Aquiles dialoga con Licaón, hijo de Príamo, y lo acaba matando, y añade (empleando para la ocasión un logrado símil homérico):

Mi padre leyó el texto griego varias veces seguidas. Me hizo repetir las sílabas con él. Abrió el diccionario y la gramática. Como el dibujo de un mosaico de vivos colores oculto bajo la arena sobre el que se vierte agua, las palabras, las frases cobraron forma y significado para mí. Palabra tras palabras declamada, verso tras verso. Recuerdo nítidamente el asombro que me produjo la palabra “amigo” en mitad de la frase mortal: «Por esta razón, amigo, vas a morir» [21.106] ”.

Luego el padre invitó al pequeño George a aprenderse los versos de memoria (“Para que la serena crueldad del mensaje de Aquiles, para que su dulce terror no nos abandonase jamás”) y le dejó por sorpresa en la mesita de noche su primer Homero. “Puede que el resto no haya sido más que una apostilla a aquel momento. La Ilíada y la Odisea me han acompañado durante toda mi vida”. Cuenta luego que coleccionó centenares de traducciones de los poemas homéricos y que publicó en 1996 su Homer in English, “la obra que entre todas las mías me ha proporcionado un placer más inmediato”.

Son extraordinarias las páginas de La poesía del pensamiento (35-52), una de sus últimas obras (2011) dedicadas a Heráclito, Parménides, Empédocles y, en especial Lucrecio (así como Platón: 56-70). Extracto las siguientes líneas (50-51):

Lucrecio nos hace sentir que hay ciertos movimientos de pensamiento, de razonamiento abstracto, una gravitas, un peso material […]. Cuando hay velocidad en la cadencia es la de una rapidez acorazada, de un belicoso accelerando. Como el de los jóvenes que danzan “revestidos de sus armaduras, chocando bronce con bronce a compás”. No hay traducción que iguale el peso mercurial, si existe algo que se pueda llamar así, del original:

cum pueri circum puerum pernice chorea
armati in numerum pulsarent aeribus aera. (2.635-636)

Cuando ágiles rondas de niños armados danzando en torno al dios niño
batían en cadencia bronces con bronces (trad. de E. Valentí Fiol)

(Por cierto que en la edición española, no en la inglesa, puerum aparece erróneamente como pueri). Para no alargarme, dejo para otra entrada la reseña de un opúsculo reciente y poco conocido: Fragmentos (2016). Seguramente otros colaboradores del blog se animarán a glosar más páginas igualmente fascinantes de su obra.

Maestro Steiner, gracias por transmitirnos su Pasión intacta.

Marco Antonio Santamaría

 

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