Negocios mitológicos

Inauguramos una serie de entradas de la vida cotidiana: tiendas, empresas y marcas que vemos todos los días y que tienen un regusto clásico. Hoy solo os ofrecemos nombres mitológicos.

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Cáceres. Envío de Sara Bonilla Rodriguez. Las Pléyades eran las siete hijas del titán Atlas.
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Salamanca. Envío de Sara Bonilla Rodriguez. Kronos es el nombre del titán hijo de Gea y Urano, al que castró. Quizá por ser un titán, ha dado nombre a un gimnasio.
Peluquería Ícaro
Villares de la Reina (Salamanca) Envío de Aitana Rodríguez Mangas. Es un misterio por qué una peluquería toma el nombre del infeliz Ícaro, pero el hecho es que el diseño del logo es muy bueno.
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Salamanca. Envío de Carmen Pérez González. No hay duda de que Baco es un nombre apropiado para un bar.

 

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Envío de Carmen Pérez González. Quirón es un sabio centauro encargado de la educación de Aquiles; ya en la Iliada aparece dotaco con conocimientos médicos, por eso muchos negocios relacionados con ella lo han escogido como nombre.
Venus
La diosa de la belleza presta su nombre a una perfumería. Salamanca. Envío de Paloma Marcos Sánchez. 
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Salamanca. Envío de Germán Álvarez García. 
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Atenea es la diosa de la sabiduría así que no es extraño que una residencia universitaria o una Academia adopten su nombre. Benavente (Zamora) Envío de Pablo Merino Fernández
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El Olimpo es la residencia de los dioses y es el monte más elevado de Grecia. Suponemos que esta academia quiere rozar la excelencia. Benavente (Zamora) Envío de Pablo Merino Fernández

La interpretación de los mitos de Pavel Pepperstein

Los mitos siguen hoy en día inspirando a los artistas. Una seguidora del blog nos envía fotos de la exposición colectiva “A Passion for Drawing. The Guerlain Collection from the Centre Pompidou Paris“, que está ahora abierta en el Albertina Museum de Viena hasta el 26 de enero de 2020. Dentro de esta colección figuran obras pertenecientes a “A Suprematist Study of Ancient Greek Myths” del artista ruso Pavel Pepperstein.

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Hefesto atrapa con una red a Afrodita y Ares
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Zeus y Dánae

Además os adjuntamos otras imágenes encontradas en la red.

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Centenario del Oriental Institute de Chicago

El 2019, además de otros aniversarios más cercanos, se celebra el centenario de la fundación del Oriental Institute de Chicago. La institución, asociada a la Universidad de Chicago, fue fundada en 1919 por James Henry Breasted, formado principalmente como egiptólogo pero cuyo interés se extendía a todo el Oriente Próximo antiguo. Aprovechando el final de la Primera Guerra Mundial, Breasted escribió a J. D. Rockefeller Jr. para que financiase el nuevo proyecto; la vinculación de la familia Rockefeller no era nueva ya que sus contribuciones fueron la base sobre la que se fundó la Universidad de Chicago, siendo su primer presidente W. R. Harper, un auténtico niño prodigio de las lenguas antiguas bajo cuya tutela Breasted había estudiado.

De acuerdo con la carta que el futuro fundador del Oriental Institute dirigió a J. D. Rockefeller Jr

The ultimate aim of all this organization would be to put together the story of man from the remotest ages, in order thus to trace as fully as posible his rise from Stone Age barbarism, through successive stages of advance, the emergence of civilization, the history of the earliest great civilized states, and the transmission to Europe of the civilisation which we have since inherited. In short the ultimate aim of such work must be the production of a great history of the Origin and Development of Civilization.

Pese a ciertos giros e imágenes pasadas de moda, algunas de las ideas que alumbraron el Oriental Institute fueron, y por desgracia siguen siendo, de una enorme necesidad. De una manera llana subvierte el par barbarie-civilización tal y como era entendido. Breasted pasa de un modelo geográfico en el que los bárbaros son todos aquellos que se encuentren más allá de las fronteras de la cultura griega y romana, a uno cronológico. La barbarie no parece una categoría académica con la que hoy en día podamos caracterizar a ningún período de la historia antigua o la prehistoria, ni siquiera a la Edad de Piedra, pero Breasted, que fue uno de los principales popularizadores del término “Creciente fértil”, reivindica el papel que las grandes culturas del Próximo Oriente tienen en una historia de la civilización (occidental, apunto yo). De este modo Europa no es la cuna de la “civilización”, sino su primera deudora.

La respuesta de Rockefeller fue positiva y poco después comenzaría la primera expedición del Oriental Institute destinada a la compra de antigüedades y, sobre todo, a la elección de los lugares de excavación. Desde entonces esta institución ha sido uno de los principales centros de estudio de las lenguas y culturas orientales y su impacto es, a día de hoy, incuantificable. Bajo el paraguas del Oriental Institute se completó en noventa años el Chicago Assyrian Dictionary (1921-2011), quizá el proyecto lexicográfico más ambicioso emprendido sobre una lengua antigua; en la actualidad siguen en activo el Chicago Hittite Dictionary y el Chicago Demotic Dictionary.

Diego Corral Varela

Los libros del Seminario de Clásicas de Salamanca

Como aportación retrasada con motivo del día de las Bibliotecas (celebrado el pasado 24 de octubre) queremos hacer un esfuerzo por trasladar a la escritura una historia que hasta el momento solo permanece en la tradición oral: ¿dónde estuvieron los libros de Clásicas antes de recalar en nuestra actual Biblioteca?

De todos es sabido que el Departamento de Filología Clásica e Indoeuropeo desde hace muchos años ha dispuesto de la mejor colección de libros de España en su especialidad. Así pues, merece que se haga algo de historia en este año en el que se celebra el octogésimo aniversario de la creación de los Estudios Clásicos en Salamanca, acontecimiento al que esperamos dedicar atención en próximas fechas.

Hasta el año 1967 la Facultad de Filosofía y Letras y la Facultad de Ciencias convivieron en el Palacio de Anaya, la primera en las plantas superiores y la segunda en las inferiores. Aún hay rastros visibles del reparto de espacios: la inscripción casi borrada sobre la ventana de la P-6 que da al patio del Palacio, sin duda una antigua puerta que daba entrada a las dependencias de “Q. INORGANICA Y ANALITICA” (sic).

Ventana de Anaya

Durante la Guerra civil el edificio había sido convertido en el Servicio de Prensa y Propaganda de los golpistas, dirigido por Millán Astray, y los laboratorios siguieron trabajando al servicio de Franco. Parece ser que allí este le procuró espacio a Sarvapoldi Hammaralt, un presunto alquimista hindú que le prometió todo el oro que quisiera porque él conocía la fórmula para fabricar oro sintético.

Muy poco después de que el Palacio acogiera estas actividades, en el BOE del 16 de febrero de 1939 se publicó la orden, firmada en Vitoria por Pedro Sainz Rodríguez, por la que se creaba en la Universidad de Salamanca la Escuela de Filología Clásica.

Empieza la historia

Un hito fundamental para los estudios de Filología Clásica en la Universidad de Salamanca fue la llegada en 1942, como Catedrático de Latín, de Antonio Tovar Llorente, que además fue Rector de la Universidad entre los años 1951 y 1956. Martín S. Ruipérez resume así su principal aportación (Antonio Tovar y la Universidad de Salamanca, ed. digital extraida de Dos figuras señeras de la Universidad de Salamanca en el siglo XX: Ramos Loscertales y Tovar, Salamanca, Asociación de Antiguos Alumnos de la Universidad de Salamanca, 1995, pp. 23-32):

“Es así de imaginar la mezcla de satisfacción y de admiración con que fue saludada una de las primeras iniciativas de Tovar, ya en el otoño de 1942: la creación de un Seminario de Filología Clásica reuniendo en una sala los fondos de esas materias existentes en la Biblioteca de la Facultad. Los alumnos de especialidad y el propio Tovar realizaron el trabajo físico del traslado, colocación y ordenación de los libros. Allí estaban, directamente accesibles en los estantes, la Realenzyclopadie de Pauly-Wissowa, el Handbuch de Iwan Müller y Walter Otto, el Thesaurus Linguae Graecae de Stephanus-Didot, y el Thesaurus Linguae Latinae, el Corpus Inscriptionum Latinarum, las colecciones de textos de Didot, de Budé y la Bibliotheca Teubneriana razonablemente completas, amén de una serie de tratados y manuales de estudio y monografías (pienso en las gramáticas históricas de Kieckers, en la comparada de Meillet y Vendryes, en el Grundriss de Brugmmann-Delbrück, en los manuales de Métrica de Havet, de Rupprecht, de Koster). Algunos afortunados recibimos el honor de disponer de una llave que, a pesar de la mala cara del bedel, nos permitía trabajar en el Seminario incluso los domingos. El Seminario era para trabajar in situ y en esto Tovar era siempre riguroso y nos daba ejemplo: aun le recuerdo sentado en su pupitre del balcón de la calle de Palomino tomando notas y redactando su Sintaxis latina soportando la incomodidad de un seminario sin calefacción que hacía verdaderamente heroica la permanencia en él.”

Paulette Gabaudan confirma que esta sala se situó en la 1ª planta del Palacio de Anaya, la noble, en la esquina sobre las aulas P-4 y P-5 actuales, en la fachada que da a la c/ Palominos, como Ruipérez señala en su semblanza.

Placa de Tovar

En efecto, del papel de Tovar queda constancia en la placa que hoy día está colgada en la segunda planta de la actual Biblioteca (en el espacio junto a los ordenadores).

ANTONIVS TOVAR

HVIVS SCHOLAE A.D. MDCCCCXXXXII PROFESSOR CREATVS
SEMINARIVM PHILOLOGIAE CLASSICA INSTITVIT
CONLEGIVM TRILINGVE RESTAVRAVIT

STVDIA PHILOLOGICA TAM GRAECA ET LATINA ET IBERICA ET MINOICA

QVAM MODERNA

VEL NOVA APVD NOS VEL VBERIORA PROMOVIT

OMNES ANTIQVITATIS DISCIPLINAS PARI INGENIO ET STVDIO ET DOCTRINA

ALVMNOS DOCVIT

FACVLTAS HVMANIORVM LITTERARVM SALMANTINA
TANTO MAGISTRO IAM A NOBIS DISCEDENTI
GRATIAS QVAM MAXIMAS AGERE DECREVIT

CONLEGAE ET DISCIPVLI
HVNC TITVLVM

QVI OMNIBVS LEGENTIBVS TESTIMONIO SIT
MEMORI GRATOQVE ANIMO
CONLOCANDVM CVRAVERE
KAL. IVN. MDCCCCLXIIII

“Antonio Tovar, nombrado Profesor de este Estudio en el año 1942, creó el Seminario de Filología Clásica, volvió a poner en marcha el Colegio Trilingüe, promovió entre nosotros por vez primera o hizo crecer tanto los estudios de Filología Griega, Latina, Ibérica y Micénica como los de Filología Moderna, e impartió a sus alumnos todas las materias de la Antigüedad con el mismo talento que dedicación y sabiduría.
La Facultad de Filosofía y Letras de Salamanca acordó transmitir su mayor agradecimiento a tan gran maestro cuando ya nos deja.
Sus colegas y alumnos tomaron la iniciativa de colocar esta placa para que sirva a todos los que la lean de testimonio que lo recuerde y de su espíritu agradecido.
1 de junio de 1964”. (Trad. de Agustín Ramos)

En el Palomar

En el año 57 se efectuó el traslado de estos libros al ático del Palacio de Anaya, encima de la planta noble; la distribución de ese espacio era totalmente distinta entonces: el Seminario de Arqueología ocupaba una parte de la zona donde ahora hay cubículos de profesores y becarios, a él se accedía subiendo las escaleras. Antes de subir las escaleras estaba la fotocopiadora de Serafín, y a la derecha se abría un pasillo que conducía a los Seminarios de Clásicas y Románicas, de techos muy altos.

Adelaida Martín Sánchez recuerda este traslado, en el que colaboraron alumnos y bedeles, y nos cuenta que uno de los bedeles fue el que solicitó cargar con el busto que hoy llamamos de Homero (actualmente colocado en el despacho de la Secretaría del Departamento), pero que entonces creían que era de Demóstenes, pensando que era el de alguien muy importante: “Al Sr. Tovar lo traslado yo, que no lo toque nadie”. Allí los libros y revistas de Clásicas ocupaban dos salas contiguas con sendas mesas corridas, donde trabajaban los profesores. Allí recuerda Manuel García Teijeiro a Manuel Cecilio Díaz y Díaz, cuando preparaba su edición de El Satiricón de Petronio en Alma Mater. Según Teijeiro, los libros estaban ordenados por materias y los textos de los autores clásicos estaban colocados alfabéticamente por su nombre en latín. registros 2Allí se utilizaban ya los grandes libros de registros con tapas metálicas cuyo origen no hemos podido esclarecer completamente: algunos atribuyen el sistema a Ruipérez, pero parece claro que fue Javier de Hoz el que lo perfeccionó y detalló, como atestiguan Mª Carmen Vega, que entró a trabajar como bibliotecaria en esta época, y Carmen Codoñer. Todavía en la Biblioteca actual subsisten restos de esta antigua clasificación (nuestros PT, AF, QR, KL, X, etc.) en el 2º sótano y en las pasarelas elevadas del 2º piso. También se conservan los libros de registros.

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El Seminario de Clásicas se traslada a Hospedería

En la primavera del año 71, según José Carlos Fernández Corte, se efectuó un nuevo traslado de los libros al edificio de Hospedería, concretamente al espacio ocupado ahora por el aula H 2 (en la planta baja, en la esquina que ocupa la diagonal con la entrada), junto a la cual había algunos despachos, el de Koldo Mitxelena, el de Carmen Codoñer, el de Javier de Hoz… El resto de los profesores disponían de mesas individuales con cajoneras. A este espacio también se trasladó Mª Carmen Vega; el aumento en la carga de trabajo de la bibliotecaria hizo necesaria la ampliación de la plantilla, a la que se sumó una nuera de la famosa Dª Julia; tras la marcha de esta, se incorporó Pilar Vega, la hermana de Mª Carmen. El espacio estaba forrado de estanterías muy altas que implicaban cierto riesgo -de hecho, de una de las escaleras se cayó José Antonio Fernández Delgado y se rompió una clavícula–. Seguían junto a los libros de Clásicas los de Historia Antigua y Arqueología hasta que Marcelo Vigil, catedrático de Historia Antigua, se los llevó al llamado Palominos Viejo, la antigua Tabacalera, el edificio que ya entonces era propiedad de las monjas en la parte más alta de la c/Palominos, y con los libros se llevó a Genoveva, que trabajaba como bibliotecaria de esta sección y actualmente está en activo en la Biblioteca Histórica. En esta época Mª José Cantó recuerda la existencia de un depósito de libros que servía como almacén; con la ayuda de Carmen Codoñer y de Julián Sánchez Guarido creemos haberlo localizado: era el sótano del Palacio, una estancia que ahora sirve como archivo de la Facultad de Filología, al que hoy se accede por una puerta situada al fondo del pasillo de la fotocopiadora. Pero entonces se entraba por una puerta, ahora cerrada, en el primer descansillo de la escalera de Hospedería, desde donde unos escalones directamente conducen a este lugar. Gracias a la amabilidad de Julián Sánchez Guarido os podemos adjuntar unas fotos.

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Volvemos al Palacio

En el verano de 1975 se trasladaron los libros a la entreplanta del Palacio de Anaya. José Carlos Fernández Corte nos cuenta que fueron los propios profesores los que lo efectuaron. Aquel curso, especialmente agitado por la situación política y en el que se habían sucedido varias huelgas, el catedrático de Arqueología y Decano de la Facultad, Francisco Jordá, que había sido condenado a muerte por los franquistas y una vez conmutada su pena había estado en la cárcel, decía: “¡Miren los huelguistas!, ¡cómo trabajan!”

El Seminario de Clásicas en la entreplanta ocupaba todo el ala de la fachada que da a la c/ Palominos y parte de las dos alas laterales: se accedía desde la puerta del pasillo que actualmente da entrada a los despachos; la primera parte prácticamente se conserva como está, salvo que entonces la primera puerta a la derecha, siempre abierta, era la de la habitación de Mª Carmen y Pilar Vega, que trabajaban allí, y la segunda eran los servicios, un espacio bastante grande donde había también armarios y ficheros. No existía la pequeña habitación que hoy se usa como Seminario. A continuación había dos despachos: el primero según se entraba era el de Carmen Codoñer y Koldo Mitxelena (cuando este se marchó ocupó su lugar Pilar Fernández), y el segundo, de Paco Romero y Emiliano Fernández Vallina. Al final del primer tramo del pasillo otra puerta se abría a un gran espacio que ocupaba toda el ala y donde había mesas individuales para los profesores y mesas grandes corridas para los alumnos. A la entrada estaban los ficheros que aún se pueden consultar en la 2ª planta de la Biblioteca y en la pared junto a ellos la placa en homenaje a Tovar de la que hablamos antes. Las paredes estaban cubiertas de estanterías; de hecho, las había también en el espacio intermedio: un par de ellas, bajas, que colocadas perpendicularmente servían para “separar ambientes”; había otra, alta, que, enfrentada a la que recorría la pared opuesta a las ventanas que dan a la c/ Palominos, formaba un pasillo.Homero.jpg En la parte central de este pasillo, en la que ocupaba la pared, estaba colocado el famoso busto de Homero (o Demóstenes). Este busto fue protagonista de una rocambolesca historia allá por el año 88, cuando despareció una temporada, secuestrado por personas anónimas que lo mantuvieron como rehén hasta que los profesores adoptaran ciertas sugerencias sobre los métodos de enseñanza. Finalmente los secuestradores atendieron a razones (dice Rosario Cortés que hubo un intercambio de mensajes en el tablón de anuncios de la entrada al Seminario, junto al ascensor, aunque yo no lo recuerdo) y el busto fue devuelto, depositado en Conserjería en una bolsa de deportes –dicen– junto con una carta (por cierto, ¿alguien sabe qué fue de esa carta?)

En esta ubicación los techos no eran tan altos y bastaban para alcanzar los estantes superiores las escaleras de tres escalones de madera que ahora todavía se usan en la 2ª planta de la Biblioteca actual.

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Foto del Seminario de Clásicas en la Entreplanta del Palacio de Anaya. (El Adelanto, 22/10/1975, “El Palacio de Anaya restaurado. No hay suficientes aulas en la Facultad de Filosofía y Letras”)

Pero el Seminario no acababa aquí: la gran sala –hoy compartimentada en despachos– comunicaba con el ala oeste del edificio, que conserva la distribución de entonces en cinco habitaciones. En aquella época el distribuidor, tan oscuro como ahora, estaba cubierto de estanterías con las revistas de Clásicas. Como el espacio no bastaba, las revistas inundaban también algunos despachos.

La nueva Biblioteca

Después de aquella biblioteca, que muchos recordamos con cariño y con cierta nostalgia (hace poco, una antigua compañera, Asunción Hernández, evocaba la impresión que causaba aquel gran espacio luminoso), los libros se trasladaron a su ubicación actual. Aunque en esta ocasión el traslado físico de las cajas de libros lo realizó una empresa de mudanzas, los profesores los metimos en cajas y los desembalamos y colocamos en su nuevo destino. Corría el año 1994 cuando, siendo Directora del Servicio de Archivos y Bibliotecas Carmen Codoñer, se reunieron los fondos de los distintos seminarios de la Facultad (excepto el de Inglés), en el edificio actual, diseñado por Chueca Goitia en 1969 y construido a continuación; este, a la sazón, albergaba la sala de Lectura y los fondos de Literatura Española y Filología Inglesa. También allí estaba depositado el Legado Espinosa, aún útil y especialmente importante para la Filología Clásica. D. Ricardo Espinosa, catedrático de Griego durante muchos años en nuestra Universidad, en su testamento legó a la Facultad de Filosofía y Letras 550 cajas con 6.500 obras y 8.102 volúmenes; su catalogación y clasificación, en manos de trabajadores de la Biblioteca General, se prolongó hasta 1984. A los libros se añadió un ex libris, facsímil de la anotación que el propio Espinosa había hecho para la Dra. Teresa Santander, directora de la Biblioteca General, con la frase de Esquilo: Το δ’ ευ νικάτω, «Que triunfe lo bueno».

Y hemos llegado hasta aquí. Ya han pasado 25 años desde que nos hemos asentado en nuestra nueva Biblioteca. Muchas cosas han cambiado; de hecho, los sucesivos traslados han transformado también nuestra manera de trabajar y nuestras relaciones con compañeros y alumnos, pero quizá el cambio más evidente es el avance inexorable de los recursos electrónicos y el retroceso del papel. Pero no somos nostálgicos: solo deseamos que en esta nueva etapa de la historia nuestra Biblioteca mantenga el nivel que desde hace tanto tiempo ha tenido (para eso hace falta dinero, sí, digámoslo claro; no se hace solo con buena voluntad) y que haya muchas generaciones que sigan queriendo leer, en papel o en formato electrónico, a Homero y a Virgilio, a Safo y a Catulo, y a tantos otros que tienen tantas cosas que decirnos.

Este texto intenta ser una primera aproximación a la historia de nuestros libros; me hubiera gustado ofrecer una información más completa pero no siempre ha sido posible. Pido disculpas por cualquier inexactitud que haya podido cometer y animo a todos aquellos que puedan aportar o corregir algún dato a que se pongan en contacto conmigo para mejorar este relato, cuya firma quisiera que fuera colectiva.

Henar Velasco López ha sido la promotora de la idea y la puso en marcha recabando los primeros datos. A continuación enumero la larga lista de personas a las que he dado la lata desde que empecé a redactar el texto y que muy amablemente me han dedicado su tiempo (no hay generosidad más grande) y han colaborado en distinta medida en esta tarea:

Los testigos y protagonistas de aquellos años: Mª José Cantó Llorca, Carmen Codoñer Merino, Francisco Cortés, Rosario Cortés Tovar, Mercedes Encinas Martínez, José Carlos Fernández Corte, José Antonio Fernández Delgado, Paulette Gabaudan, Ascensión García Hernández, Manuel García Teijeiro, Genoveva Martín Martín, Mª Ángeles Martín Sánchez, Francisca Pordomingo Pardo, Agustín Ramos Guerreira, Mª Carmen Vega. En este capítulo tengo que destacar especialmente a Adelaida Martín Sánchez, que me ha proporcionado  información copiosa e interesante, y a Julián Sánchez Guarido, sin duda el mejor conocedor de los entresijos del Palacio de Anaya.

Me han sido de mucha ayuda en mis pesquisas Concepción Álamo, Margarita Becedas, Ángel Fernández Sevillano, Eduardo González Gonzalo, Vicente González Martín y Óscar Lilao Franca.

Muchas gracias a todos, profesores, bibliotecarios, alumnos, que en algún momento han sido actores y espectadores de esta historia.

No figura en estos agradecimientos alguien del que repetidamente nos hemos acordado, no solo yo, sino varias de las personas consultadas: Gregorio Hinojo; él me hubiera ahorrado mucho trabajo y a la vez hubiera disfrutado lo indecible iniciando discusiones sobre fechas y lugares.

Susana González Marín

 

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