Asiria me mata

Poco antes de morir, Roberto Bolaño dio una conferencia en el Institut Català de Cooperació Iberoamericana —hoy la Casa Amèrica de Catalunya— con el título de ‘Los mitos Cthulhu’; unos meses después se leería de nuevo en el I Encuentro de Escritores Latinoamericanos organizado por la editorial Seix Barral en Sevilla ante la imposibilidad del autor de terminar su texto ‘Sevilla me mata’. En aquella conferencia Bolaño apuntaba:

Hoy he leído una entrevista con un prestigioso y resabiado escritor latinoamericano. Le dicen que cite a tres personajes que admire. Responde. Nelson Mandela, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Se podría escribir una tesis sobre el estado de la literatura latinoamericana sólo basándose en esa respuesta.

Bien, basándose solo en el guion que, como se ha sabido en los últimos días, Boris Johnson cometió, se podría escribir una tesis sobre el estado del orientalismo actual, o sobre el estado caricaturesco de la política, o, en suma, sobre el estado de las cosas. Quizá otra tesis pudiera versar sobre el sexismo en la academia, si tomamos como punto de partida la escueta caracterización de la protagonista femenina como «gorgeous but scholarly»; siempre atento, Boris sugiere a Scarlett Johansson o Angelina Jolie, lo que me hace pensar que quizá el Primer Ministro tuviese también en mente las aburridísimas películas de Lara Croft.

Clas(ic)ista, periodista, estadista y ahora guionista, Boris Johnson se está convirtiendo poco a poco en un personaje asiduo de estas notae>. De hecho, la vertiente clásica de Johnson ha sido objeto de atención durante las últimas semanas. Rory Stewart, quien fue otro de los aspirantes a sustituir a Theresa May y ahora, tras abandonar el Partido Conservador, ha anunciado que presentará su candidatura a la alcaldía de Londres, leyó una carta en la que Martin Hammond, traductor de Homero y responsable en Eton, se quejaba en 1982 de la displicente actitud de Boris hacia sus estudios clásicos. Por su parte, Charlotte Higgins en una columna de The Guardian atacaba el uso superficial que Johnson hace de la cultura clásica, así como esa atroz pátina de superioridad que lo acompaña, donde es fácil reconocer la misma «disgracefully cavalier attitude to his classical studies» de la que Hammond advertía a su padre.

Por lo que se ha podido saber, el guion de Mission to Assyria gira en torno al arqueólogo Marmaduke Montmorency Burton, «an old Clooney/Connery/Eastwood type geezer in his fifties». Hay que reconocer que Alexander Boris de Pfeffel Johnson, ahora con 55 años, ha sabido captar en un solo nombre el opresivo snobismo de los círculos de Eton y Oxbridge, de los que, oh casualidad, él mismo ha brotado. Personalmente, y hasta que salga a la luz el guion completo, me gusta pensar que, en paralelo al caso de Indiana Jones, “Marmaduke” es el nombre del gran danés de las tiras cómicas.

De hecho, el autor asegura que su blockbuster está fuertemente influido por En busca del arca perdida. En Mission to Assyria, Marmaduke ha de enfrentarse al ISIS para rescatar Shargar, la ciudad perdida de Tiglat-Pileser III. Quizá para nombrar esa mítica ciudad, BoJo se inspiró en Šagar Bazar, el sitio que excavó Max Mallowan, marido de Agatha Chistie, pero sin duda el referente inmediato es Nimrud, que se encuentra a unos treinta kilómetros de Mosul y que junto a las ciudades de Nínive y Aššur constituye el corazón de la región de Asiria (en la actualidad, más o menos la zona norte de Iraq).

Tiglat-Pileser III, uno de los monarcas del imperio Neoasirio más relevantes, se hizo con el poder tras un golpe de estado y dirigió campañas militares con el fin de aumentar las fronteras y los tributarios, incluidos los reinos de Judá e Israel. Se suele vincular a su reinado la adopción del arameo como lengua administrativa del imperio Neoasirio. Entre campaña y campaña, no descuidó la capital del imperio, Nimrud, y llevó a cabo una intensiva política de construcciones. Según confesión de Johnson, serían las imágenes de la destrucción de Nimrud por parte del ISIS lo que lo motivaría a escribir el guion.

Aunque Johnson se lamenta de que el director al que envió el proyecto —se cree que es Tom Hooper— no le respondiese, logró racionalizar el fracaso achacándolo al lanzamiento de The monuments men. Para Boris, la película en la que Clooney lidera un grupo que rescata obras de arte durante la Segunda Guerra Mundial es prácticamente su idea. Un problema de fechas parece evidente: la ocupación de Nimrud tuvo lugar a mediados del 2014 y el guion parece datar del 2015, pero el estreno de The monuments men se produjo en febrero de 2014.

Stuart Heritage, de nuevo en The Guardian, no ha dejado pasar la oportunidad de proponer algunas posibles secuelas. Como señala también, algunos, sin embargo, han pensado que si se trata de un guion escrito por Johnson, en lugar de con las películas de Indiana Jones o la de Clooney, tendría más puntos de conexión con la tercera entrega de Rambo, esa centrada en la guerra afgano-soviética y que, en su primera versión estaba dedicada a los valientes muyahidines afganos de entre los que saldrían los talibanes.

El idilio de Johnson con Asiria no parece flor de un día. A finales de junio de este año, mientras los líderes tories pugnaban por ocupar el lugar de Theresa May y nuestro guionista, quizá con Michael Myers en el recuerdo, prometía la salida de Gran Bretaña para la noche de Halloween, estalló el sockgate. John Stevens, periodista del Daily Mail, llamaba la atención en un hilo de Twitter sobre el hecho de que Johnson apareciese durante tres o cuatros días con los mismos calcetines. La prenda explotada representaba a Ašurbanipal y había salido de la tienda del British Museum, que organizó una exposición sobre el monarca asirio. La imagen elegida para la calcetería es una de las más conocidas, en la que Ašurbanipal aparece cazando onagros. La pieza proviene de la excavación de Nínive y, por supuesto, es custodiada por el British.

Ašurbanipal, tataranieto de Tiglat-Pileser III, fue un gobernante que hizo gala de la proverbial crueldad de los asirios en la represión de las rebeliones, pero encontró tiempo para compilar en Nínive una biblioteca que a día de hoy sigue siendo una de las mayores ventanas abiertas a la literatura del Próximo Oriente Antiguo. Entre sus tablillas se encontró la llamada “versión estándar” acadia de la epopeya de Gilgaméš, el poema del Enûma Eliš o la historia del hombre pobre de Nippur. Su reinado marca el último momento de esplendor, tanto militar como cultural, del imperio Neoasirio que con él conoce su máxima expansión, tal y como trata de dejar claro en el vídeo de (auto)presentación el propio Ašurbanipal, alardeando de su “Middle Eastern accent”.

Tras esforzarse un portavoz en asegurar que el por entonces candidato tenía múltiples pares, uno se queda con la duda de si eso es más tranquilizante. La fascinación por señeros ejemplos de cruel autoritarismo como Ašurbanipal u Octavio en quien trató de bloquear el poder legislativo de su país resulta preocupante. No faltaron en su momento intentos de exégesis. Lloyd Llewellyn-Jones, profesor de historia antigua en la Universidad de Cardiff, hábilmente apuntaba a uno de los bajorrelieves del British Museum en el que Ašurbanipal aparece en una bucólica escena de jardín bebiendo vino mientras que de un árbol cuelga la cabeza de uno de sus enemigos.

En cualquier caso la moraleja final parece ser la misma que hace un par de siglos: es más fácil para los occidentales empatizar con un pasado oriental remoto que con el presente, como la pasividad ante los continuos desmanes criminales de Turquía nos demuestra cada día. No solo la pintura de odaliscas, harenes y mercaderes con turbante es orientalismo; también muestra su peor cara bajo la forma de una estrambótica obsesión por el poder despótico en los antiguos imperios.

Diego Corral Varela

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