“Narciso”, de Zbigniew Herbert

A pesar de la leyenda que le atribuye una gran hermosura, Narciso era un chico del montón, un mozalbete de facciones vulgares, tez llena de impurezas, espaldas anchas y largas extremidades. Era calcado a esos tontorrones de las guitarras eléctricas o a los protagonistas de películas que buscan en vano el sentido de la vida en el fondo de sus almas vacías y acaban yéndose al otro barrio tras vivir un rosario de peripecias idiotas, aunque de todo el galimatías de cogorzas, apareamientos y refriegas, el espectador objetivo sólo es capaz de recordar la marca del coche que tuvo la bondad de llevarlos hasta el precipicio.

El retrato más convincente de Narciso es obra de Caravaggio. Actualmente, el cuadro cuelga de una pared de la Villa Borghese y representa a uno de esos golfillos capaces de matar a su benefactor con una estaca arrancada de una valla. El golfillo se inclina sobre un charco de agua. Caravaggio conocía el percal. Resulta creíble.

Comienzo de  “Narciso”, de Zbigniew Herbert, en El rey de las hormigas. Mitología personal (Acantilado; Barcelona, 2018)

caravaggio.jpg

 

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