Entrevista a Pablo Andrés Escapa

Es un placer para nuestro blog transmitir la voz y la imagen de Pablo Andrés Escapa (León, 1964), que se licenció en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca en 1987. Actualmente Pablo es escritor y bibliotecario de la Real Biblioteca del Palacio Real de Madrid. Dedicado fundamentalmente al relato corto, su trayectoria literaria viene de lejos: Las elipsis del cronista (Páginas de Espuma, 2003), Voces de humo (Páginas de Espuma, 2007) y Mientras nieva sobre el mar (Páginas de Espuma, 2014), que recibió el premio Sintagma 2014, son sus principales obras. Cuento suyos han sido recogidos en las antologías Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (2010)  y Pequeñas resistencias 5 (2010)

Hace unos días lo hemos podido saludar en la presentación de su último libro, Fábrica de prodigios (Páginas de Espuma, 2019), en la Librería Letras Corsarias de Salamanca; allí le solicitamos una entrevista para Notae tironianae, a lo que se mostró dispuesto inmediatamente dando todo tipo de facilidades. Se ha encargado de formularle las preguntas su compañera de curso y amiga Cristina González Díez, profesora del IES Francisco Salinas (Salamanca), que ha cumplido nuestro encargo con extraordinaria diligencia y su buen hacer habitual.

 

Tuve la fortuna de conocer a Pablo Andrés Escapa a comienzos de los años ochenta, cuando ambos estudiábamos Filología Clásica en la Universidad de Salamanca. ¿Qué recuerdos tienes de aquella época y cómo crees que ha influido en tu literatura esa formación filológica?

Fueron años felices, con sus cotidianas celebraciones de la amistad, tiempos de animosa despreocupación ante las exigencias inmediatas de la vida que se afirmaban, por un lado, en solfas continuas y por otro en una especie de disconformidad general que era una manera de afianzarse en las complicidades. Pero fueron también años decisivos de aprendizaje académico: entrar en la literatura griega y latina y familiarizarme con los métodos de la Filología Clásica, cuya culminación eran para mí las ediciones críticas, me acercó de un modo nuevo a la esencia de los textos. Descubrí que ninguna escritura seria es fruto del azar sino una deliberación, una herencia consciente que puede rastrearse con métodos críticos de análisis que permiten reconstruirla y percibir su novedad frente a los modelos. El propio acceso a los textos era revelador: traduciendo se aprendía a disfrutar con minuciosidad de una estrofa, de una frase, de una sola palabra que se bastaba para contener en su raíz una escuela de pensamiento o una corriente estética. Y junto con esas lecturas meticulosas derivadas de la traducción, aprendía también uno que la gran enseñanza de la Filología Clásica era explicar lo más sencillamente posible aquella complejidad que se percibía en los textos. Sentirse parte de esa herencia, capaz de desentrañar el sentido último de la escritura con un método, era un motivo de satisfacción. Otro beneficio intelectual de mis años como estudiante de Clásicas fue el de aprender a relativizar las impresiones personales, la mera opinión, frente a los textos. La intuición es un valor, qué duda cabe, pero no es menos fidedigna la conclusión a la que se llega gracias a la competencia en una disciplina depurada por siglos de práctica aplicada a la interpretación crítica de lo escrito.

Yo estoy convencida de que profundizar en el estudio de las fuentes de nuestra lengua y en las raíces más hondas de nuestra cultura, como hace la Filología Clásica, es una formación ideal para cualquiera que aspire a ser escritor. ¿Estás de acuerdo?

Desde luego. Esa profundización nos convierte en lectores más refinados y en pensadores más críticos. Para quien además escribe, puede derivar también en un compromiso con la expresión precisa. Practicando ambas disciplinas es posible reconocerse en una tradición humanística, hoy denostada con una desfachatez sin precedentes, que hace del uso de la lengua el principal recurso de la sensibilidad humana.

El hecho de trabajar como bibliotecario en el Palacio Real de Madrid supongo que de alguna manera imprime carácter. ¿Ese entorno laboral privilegiado ha reafirmado tu vocación literaria o esta se ha desarrollado a pesar del trabajo en la Biblioteca?

La ha enriquecido. La escritura y la biblioteca tienen al libro como centro. El contacto diario con esos objetos donde se preserva la palabra y la memoria de los hombres, me ha enseñado que todo en ellos, desde su encuadernación hasta sus paratextos, desde su aspecto formal hasta el valor de su contenido como testimonio de una época que lo ha inspirado, alimenta un discurso que nos invita a abrir el libro con el convencimiento de que todo tiene un sentido previsto en ese objeto que tenemos entre las manos. La escritura es un paso más en esa herencia, la certeza de saberse parte de una tradición basada en el compromiso con la palabra escrita para durar. 

Tu vida se desarrolla a caballo entre la gran urbe madrileña, que no parece haber impactado mucho en tu literatura, y otros entornos naturales radicalmente contrarios, como el valle de Laciana en León, del que procedes, o nuestro pueblo de Monleras, en el que resides con frecuencia. ¿Crees que el mundo rural es más fecundo literariamente que el urbano o, al menos, tiene una raíz más profunda en tu mundo interior?

Sin duda se trata de esa raíz que mencionas. La memoria es un alimento fundamental de la escritura y la mía está unida a mi infancia en el valle de Laciana. Hay un componente mítico y un gusto por lo legendario en mi literatura que tiene su origen en aquellos años que viví en la montaña leonesa y en los cuentos que me contaba mi padre, cuyo escenario fabuloso era en realidad el suelo cotidiano del pueblo. De este modo, yo asocié naturalmente fábula y vida. Vida rural, quiero decir, porque no conocí la misma ilusión en el caso de las ciudades por las que he pasado. Con el tiempo, acabé ganando un pueblo nuevo, Monleras, al que voy con mucha más frecuencia que a Laciana, pero en el que he podido reconocer experiencias semejantes a aquellas que marcaron mi vocación literaria. Ahora, con la fábula bien asentada en la memoria -es decir, enriquecida también por el tiempo y la imaginación-, lo que valora uno cada vez más es un lugar donde ese fermento surja con la mayor espontaneidad. Y esa evocación yo la he sentido siempre de forma más intensa en el campo. Monleras es ese paño generoso al que uno vuelve una y otra vez para ampararse en la vida que uno quiere llevar: el contacto directo con la Naturaleza, el trato cordial con los vecinos, la colaboración en las tareas comunales, estar un tanto al margen de las corrientes culturales impuestas, al margen de los nuevos códigos civiles, agotadores y estériles, que poco a poco van enrareciendo la convivencia en las ciudades, vivir sin desasosiegos la renuncia a la modernidad oficial y, en esa distancia tranquila y reveladora, observar el mundo con algo de desinterés y buen humor.

Acaba de publicarse tu último libro Fábrica de prodigios, en la Editorial Páginas de Espuma, una trilogía de relatos largos encadenados por una lógica sutil. Yo diría que en esta obra tu literatura ha alcanzado su punto óptimo de maduración. ¿Cuál es tu impresión al respecto? ¿Cómo describirías la evolución de tu escritura desde la ya lejana, pero no menos deslumbrante colección de cuentos Las elipsis del cronista (Páginas de Espuma, 2003)?

Desde aquel primer libro de cuentos hasta este último, creo haber profundizado en una escritura que tiene contraída una deuda evidente con los recursos propios de la oralidad. La preocupación por dar voz a otras voces que cuentan dentro del relato, que relegan al personaje real que soy yo para imponerse como criaturas con un discurso propio, es constante y se asoma incluso a un título: Voces de humo. Tan decisiva es la palabra de mis personajes que no pocas veces su versión o sus posibles versiones determinan la estructura de lo narrado. Junto con ese apego por llenar de voces mis libros, creo que la voluntad de trascender los hechos a partir de una concepción simbólica y una confianza en los usos metafóricos del lenguaje han sido rasgos constantes en mi escritura. Y añadiría que una voluntad reincidente por abordar lo narrado con un humor digamos que compasivo con los personajes. A todas estas intenciones, Fábrica de prodigios añade el reto que Cervantes reclamaba en sus Novelas ejemplares: contar con propiedad un desatino, es decir, proponerle al lector un relato inverosímil pero no abandonarlo a su suerte, sino llevarlo de la mano por el cuento facilitando los imposibles -así lo dice Cervantes- y procurando que la admiración y la alegría vayan juntas en esa conquista de la buena fe del lector.    

¿Cuáles son las fuentes de tu escritura y los autores qué más han influido en ella?

La más remota, sin duda, tiene su raíz en los cuentos que le escuché a mi padre. Luego vinieron las lecturas. Yo he disfrutado mucho leyendo a Cervantes y a Rafael Dieste, a Baroja y a Juan Ramón Jiménez, a Cunqueiro y a Delibes, a Hidalgo Bayal y a Landero, a Luis Mateo Díez y a Antonio Pereira, a Arreola y a Bioy Casares, a Zúñiga y a Borges porque además de hallar una fuente de felicidad en su lectura, percibía en sus páginas el origen de una exigencia ética y formal que me comprometía como escritor. Hay un buen número de escritores en lengua no española -fundamentalmente anglosajones, italianos y portugueses- que siempre me han gustado mucho pero no se trata de seguir acumulando nombres aquí. Entre otras cosas porque las influencias no son exclusivamente literarias. Todo lo que forma parte de la memoria de un escritor es su tradición.

¿Cuál es tu próximo proyecto literario?

No tengo nada previsto con claridad. Posiblemente un libro de cuentos donde las tramas sean muy tenues, casi lo de menos, pero donde la voz vaya levantando una fábula capaz de envolver al lector, de conmoverlo con su discurso y de acabar construyendo una realidad distinta que se imponga como la única que vale la pena recordar. Nada nuevo, la verdad, pero que raramente se consigue.

Muchas gracias por tus respuestas. Te reitero mi felicitación por tu admirable trayectoria literaria y en especial por esta magnífica Fábrica de prodigios con que nos acabas de obsequiar, cuya lectura recomiendo encarecidamente. Espero que sigas instalando fábricas de sueños para deleite de todos.

 

 

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