Dido y la precariedad del poder de las mujeres

En 2017 fue publicado por editorial Crítica el librito de Mary Beard, Mujeres y Poder. Un manifiesto. Como es habitual en su obra, Mary Beard reflexiona sobre las mujeres y el poder en nuestro tiempo, pero su dedicación al estudio del mundo grecorromano la lleva a buscar argumentos en la Antigüedad, en las poderosas mujeres presentes en los mitos y las tragedias griegas. En la contraportada del libro aparece resumida la tesis de su ensayo: “No es fácil hacer encajar a las mujeres en una estructura que, de entrada, está codificada como masculina: lo que hay que hacer es cambiar la estructura”. Se refiere a las estructuras de poder del sistema patriarcal, que genera diferencias entre los géneros y ponen en situación de inferioridad a las mujeres.

Mary Beard nos ofrece solo figuras del mito y la literatura griega: Medea, Clitemnestra Antígona, Lisístrata y la Medusa. Dido, la reina de Cartago, habría sido también un buen ejemplo.

A Dido la destina al poder su marido, que le encomienda salir de Tiro al frente de su pueblo para buscar una nueva sede lejos de la tiranía de Pigmalión. La anomalía del poder de Dido aparece señalada desde el principio: dux femina facti. La singularidad de una mujer al frente de un pueblo en su viaje al exilio aparece subrayada por la presencia de femina, porque de haber sido un hombre quien dirigiera la empresa el poeta se habría limitado a escribir dux. De todas formas, Dido dirige la construcción de su ciudad, Cartago, dicta leyes e imparte justicia como un rey juicioso y se siente feliz haciéndolo. Pero cuando aparece Eneas en su vida todo cambia porque la violencia del fuego que Cupido introduce en su corazón genera el conflicto entre la mujer enamorada y la reina que cumple una función masculina. El pasado de Dido coincide en algunos aspectos con el de Eneas: los dos han dejado atrás historias de violencia y derrota, los dos han perdido a sus parejas, y también se han visto obligados a salir de sus ciudades y guiar a sus pueblos al exilio buscando un nuevo comienzo para ellos. La semejanza entre sus historias los ayudará a aproximarse cuando se encuentran, pero hay una diferencia importante en la forma en que cada uno alcanza su propósito: Dido obtiene la tierra en la que levanta su ciudad a cambio de dinero mientras Eneas la consigue con la fuerza de las armas. Él es un héroe destinado a poner los fundamentos del futuro poder imperial romano; ella, para mantenerse en el poder, necesitaba el apoyo de un marido capaz de defender su ciudad de los enemigos que la rodeaban: así se lo dice su hermana Ana, que la incita a aceptar su amor por Eneas. Le da un consejo muy práctico y, si Eneas no hubiera estado obligado a cumplir su destino, que era al mismo tiempo el futuro de su hijo – imperativo del orden patriarcal-, el desarrollo de su historia habría sido muy distinto. Pero finalmente Eneas decide partir hacia Italia para alcanzar su meta político-militar y Dido, perdido el pudor que le daba la gloria, no encuentra ninguna salida satisfactoria: ya no podía recurrir al matrimonio con el rey libio Yarbas, al que antes había despreciado; también descarta empujar de nuevo a su pueblo al mar para vengar una iniuria privada, de modo que solo le queda recuperar su dignidad de reina suicidándose con la espada de Eneas, un suicidio viril para una reina víctima de la violencia del sistema patriarcal.

Irene Vallejo en su novela El silbido del arquero (Zaragoza: Contraseña editorial 2015) ha desarrollado con acierto la brevísima referencia que hace Dido al malestar de los suyos por su relación con el extranjero  (infensi Tyrii, 4. 321): la hostilidad de los tirios hacia los troyanos aparece enseguida en la novela y las luchas por el poder entre los generales tirios, que intentan alcanzarlo casándose con Dido, subrayan la precariedad del poder de la reina. Ana llega a decir:

“No me gustan los hombres de Elisa. Nunca me gustaron. Los odio.
¿Por qué Elisa tuvo que llamarlos a su lado cuando escapamos de Tiro? ¿No podíamos huir solas, ella y yo, como dos hermanas que no quieren más que salvar la vida y encontrar un poco de paz?
Pero Elisa quería ser reina. ¡Reina! En vez de eso somos prisioneras de estos hombres. Las armas mandan y son suyas…”  (p. 45).

Rosario Cortés Tovar

 

 

 

Un comentario sobre “Dido y la precariedad del poder de las mujeres

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  1. Cito: “que era al mismo tiempo el futuro de su hijo – imperativo del orden patriarcal-“.
    No me queda claro esto. ¿Lo de “imperativo del orden patriarcal” es un juego retórico o una crítica social? ¿Velar por el futuro de los hijos es síntoma del denominado patriarcado?

    Me gusta

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