Joaquín Gorrochategui nos habla de las lenguas habladas en la península Ibérica antes de la romanización

Una noticia de El País sobre la base de datos Hesperia, un proyecto de cuatro universidades españolas, nos ha dejado asombrados presentándonos al profesor Velaza arengando a los habitantes de Sagunto en perfecta lengua ibera pero sin saber lo que está diciendo (!!) Para hacernos una idea menos sensacionalista y más informada que la de los periodistas sobre este proyecto hemos pedido al profesor Gorrochategui una explicación, que rápida y amablemente nos ha enviado.

No cabe duda de que las ignotas escrituras antiguas y los orígenes de las civilizaciones, especialmente cuando se trata de las nuestras propias, ejercen un enorme atractivo sobre el gran público. Así lo comprobamos al leer en el diario El País una presentación divulgativa acerca de nuestro conocimiento sobre las lenguas habladas en la Península Ibérica antes de la romanización.

Lo que sabemos sobre ellas procede básicamente de las inscripciones indígenas que han llegado hasta nosotros, en un número considerable, aunque la inmensa mayoría sean muy fragmentarias y consten de pocos signos. Fueron redactadas en escrituras propias de la península, llamadas paleohispánicas, y en alfabetos ajenos, como el griego o el latino, dependiendo de la época y de la zona, en un periodo que va de fines del s. VIII a. C. al s. I. d. C. Todas las variedades de escritura paleohispánica, entre las que destacan la ibérica nororiental, la ibérica meridional, la del Suroeste y la celtibérica, proceden de un ancestro común, creado muy probablemente en la zona tartesia de cultura orientalizante como adaptación del sistema consonántico fenicio. Este primer sistema paleohispánico poseía uno de los rasgos más característicos de estas escrituras: su carácter semisilábico, ya que combina signos unifonemáticos para vocales y sonantes con signos silábicos para sílabas abiertas formadas por oclusiva más vocal.

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En la imagen superior puede verse una secuencia ibérica, Nombre propio más sufijos gramaticales, procedente de Ensérune, que consta solo de signos alfabéticos, mientras que en esta lápida funeraria celtibérica hallamos la combinación normal entre los dos tipos de signos. Aunque todas las variedades participen de una estructura común, hay diferencias entre ellas en cuanto al valor de algunos signos.

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La escritura ibérica nororiental fue la primera en ser descifrada, en 1925 por el arqueólogo español M. Gómez-Moreno, gracias al apoyo independiente de nombres propios de persona y topónimos trasmitidos en las fuentes greco-latinas y a algunas pocas inscripciones ibéricas escritas en alfabeto griego. En cambio el inicio del desciframiento de la escritura del Suroeste peninsular debió esperar hasta 1961, sin que aún estén resueltas todas las dudas acerca de algunos signos. De esta cultura epigráfica procede el signario de Espanca

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Aparte de diferencias en el valor de algunos signos, hay también otras particularidades, como que la escritura del Suroeste es redundante, con secuencias Kaa, Tee, etc., la meridional levógira, la nororiental dextrógira y a veces dual, con distinción entre sordas y sonoras, que habitualmente no se hace.

Tras el desciframiento de la escritura ibérica nororiental, al poder leerse los documentos, se observó que los textos de la meseta y el valle del Ebro medio estaban redactados en una lengua distinta de la empleada en los textos levantinos, catalanes y narbonenses. En la primera pronto se le hallaron segmentos comparables a desinencias nominales y verbales indoeuropeas y morfemas con paralelos en lenguas célticas. Es el celtibérico; gracias a la ayuda de la lingüística comparada céltica e indoeuropea se comprenden textos y secuencias de cierta complejidad. La segunda lengua, la ibérica, continúa sin parientes conocidos, a pesar de los muchos intentos de comparación con la lengua vasca. Mientras no contemos con textos bilingües greco-ibéricos o ibero-latinos, será difícil avanzar sustancialmente en la comprensión del ibérico, diferenciándonos en esto mucho del mundo oriental, en el que los textos bilingües como la piedra de Rosetta, o los textos aqueménidas de Behistún o Persépolis fueron cruciales para el desciframiento del jeroglífico egipcio, el persa, el acadio y el elamita.

Por lo que podemos obtener de los textos de las lápidas del Suroeste, se trata de una lengua distinta del ibérico, por el momento aislada, sin que tengan visos de certidumbre propuestas recientes que pretenden clasificarla como lengua céltica.

En la zona media del oeste peninsular, en tierras portuguesas y españolas entre los ríos Duero y Guadiana, se hablaba otra lengua, que denominamos lusitano, que ha dejado un puñado de inscripciones indígenas en alfabeto latino. Es claramente una lengua indoeuropea, aunque distinta del celtibérico y probablemente tampoco perteneciente a la rama céltica.

Por último, la antecesora de la lengua vasca, cuya presencia en territorio vascón al igual que en la Aquitania cesariana está confirmada por una nutrida representación de onomástica personal y divina, no ha dejado testimonios epigráficos de entidad, que puedan ser asignados a la lengua con claridad, como ocurre con el debatido mosaico de Andelo.

Las epigrafías y lenguas paleohispánicas constituyen un conjunto de gran riqueza y variedad lingüística, aunque con rasgos unitarios en cuanto al empleo de escrituras originales en el Occidente Europeo. Los descubrimientos constantes de nuevos textos y los avances en su comprensión, gracias a una combinación de saberes filológicos, históricos y lingüísticos, que constituyen el núcleo de la Filología Clásica, se recogen en la Base de Datos Hesperia sobre Lenguas y Epigrafías Paleohispánicas, consultable en internet (http://hesperia.ucm.es/index.php).

Joaquín Gorrochategui

 

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