Un filólogo clásico en la RAE

Ayer domingo tomó posesión del sillón J en la Real Academia de la Lengua Carlos García Gual, catedrático Emérito de Filología Griega. Os dejamos este enlace a una entrevista publicada en el diario El Mundo, que nos ha enviado Javier San José.

Semana de la Mujer en la Ciencia: Hipatia

En el 332 a.C. Alejandro Magno fundó en Egipto la ciudad de Alejandría, a orillas del río Nilo. Casi en menos de un siglo, esta ciudad se había convertido en una metrópolis de al menos un millón de personas, remplazando a Atenas como centro del estudio de la ciencia en Grecia.

Años más tarde, Ptolomeo I, ayudante de Alejandro, estableció su propia dinastía. Como había sido estudiante de Aristóteles, al igual que Alejandro, decidió fundar el Museo, porque la situación en Egipto respecto a la investigación científica era pésima. El Museo era una institución dedicada a la investigación y a la enseñanza; se contrataron 100 profesores, se construyó la Gran Biblioteca, un zoo, un jardín botánico, un observatorio y salas de disección. La mayoría de los mejores científicos del momento iban a Alejandría a investigar, y de ese modo, a pesar de convertirse en colonia del imperio romano en el 30 a.C., se mantuvo como el centro de todo poder político e intelectual.

Se creyó durante quince siglos que Hipatia de Alejandría había sido la única mujer científica de la historia hasta que llegó María Curie. Hipatia es de las científicas más antiguas de las que tenemos bastante información sobre su vida. Si bien es cierto que la mayor parte de sus escritos se perdieron, hay muchas referencias que los nombran. Su desaparición ha acabado por simbolizar el fin de la era de la ciencia en la Antigüedad.

Nació en el 370, cuando en Alejandría se estaba viviendo un cambio: el imperio romano se estaba convirtiendo al cristianismo, que tachaba de herejía a las matemáticas y a la ciencia. Los que estudiaban las ciencias era probable que fuesen quemados vivos, entre otras formas de tortura.

Hipatia viajó a Atenas e Italia, y finalmente se asentó en Alejandría, donde se convirtió en profesora de matemáticas y filosofía. Debido a la situación social, el Museo ya no era lo que había sido antaño: en ese momento había escuelas para paganos, judíos y cristianos. Pero Hipatia enseñaba a la gente, fuese de la religión que fuese.

La mayor parte de lo que escribió Hipatia fue para sus estudiantes. No hemos podido conservar nada intacto, pero algunas partes de su trabajo aparecen en los testimonios de su padre, Teón. Sobre todo se dedicó al álgebra. Escribió un comentario en 13 libros sobre la Aritmética de Diofanto, que trabajó en Alejandría en el siglo III, y que se considera como el padre del álgebra. También ayudó a Teón a revisar un tratado de geometría de Euclides.

Además de cultivar la filosofía y las matemáticas, también se interesó por la mecánica y la práctica tecnológica. Como le fascinaban tanto las figuras geométricas, diseñó algunos planos para hacer instrumentos científicos, como un astrolabio (se utilizaba para medir las posiciones de los planetas, el sol y las estrellas). Y creó un aparato para medir el nivel del agua y un hidrómetro para determinar la densidad de un líquido.

Hipatia se empezó a interesar por la situación política que estaba viviendo Alejandría. Había cierta rivalidad entre las escuelas neoplatónicas de Alejandría y de Atenas pero su neoplatonismo era bastante tolerante, . Sin embargo, para los cristianos todos eran herejes.

Se encontró en una situación delicada y peligrosa cuando un cristiano fanático, Cirilo, se convirtió en el patriarca de Alejandría, intensificando la hostilidad ya presente en la ciudad entre cristianos y no cristianos, pero sobre todo con el Prefecto Romano de Egipto, Orestes, que había sido estudiante y era amigo de Hipatia. Orestes pidió a Hipatia que se convirtiese en cristiana y que abandonase sus ideas, porque de otro modo corría muchísimo peligro, a lo que ella se negó. Finalmente fue asesinada por desollamiento.Orestes comunicó a Roma el asesinato para que hiciesen una investigación, pero no se llevó a cabo por falta de testigos, y Cirilo sentenció que Hipatia no había muerto, sino que estaba viviendo en Atenas.

Su horrible asesinato significó el fin de la enseñanza platónica en Alejandría y en todo el imperio Romano de la época.

Claudia Fernández Ferreras

Semana de la Mujer en la Ciencia: Mujeres cuidadoras, mujeres envenenadoras

La mujer de las sociedades antiguas pasaba sus largas jornadas en la casa, mientras los hombres se dedicaban a las (así consideradas) nobles ocupaciones del ágora o el foro. Ellas, entretanto, permanecían en la esfera privada, donde se encargaban de varios asuntos, pero ante todo cumplían el papel de cuidadoras, velando por sus hijos y por sus enfermos. Desde el punto de vista antropológico, se comprende que la mujer quedara en casa con el niño, pues solo ella podía amamantarlo. Para esta tarea, las familias con recursos disponían de una nodriza (gr. τίτθη, lat. nutrix); pero, en el caso de las madres humildes, ellas mismas cuidaban de sus hijos. La nodriza es la mujer enteramente dedicada al pequeño, a su alimentación y a su educación, atenta cuentacuentos tan querida por el niño tanto en su infancia como en su madurez –un amor tal nos revela al menos la literatura–. En resumen, la nodriza hace las veces de madre. El pasado 11 de febrero, se publicó en El País una entrevista a María Ángeles Durán, que en 1982 se convirtió en la primera catedrática española de Sociología. Fue ella la creadora del término «cuidatoriado». En relación con este tema, afirmaba que las mujeres continúan teniendo una fuerte conciencia ética del cuidado y, de hecho, son ellas las que sienten el deber de atender a sus enfermos y a sus hijos con más frecuencia que los hombres. En este punto, el paso de los siglos no ha traído consigo un verdadero cambio sustancial. Como bien continúa apuntando la entrevistada, la mujer de hoy ha entrado definitivamente en los mundos de la educación y el empleo y, por esta nueva situación, se ha de actuar de un modo diferente. La mujer de la época preindustrial era cuidadora, pero no es natural que hoy en día siga siendo la única encargada de ello.

Frente a esto, las mujeres griegas y romanas pudieron formar parte de la esfera pública gracias al oficio de comadrona (gr. μαῖα, lat. obstetrix o iatromaea), que por lo general quedaba en manos de las mujeres. Su trabajo no se limitaba a asistir a las parturientas. También se les confiaban problemas de esterilidad e histeria, que las pacientes preferían tratar con personas de su mismo sexo. Quizás la partera más conocida es Fenáreta, la madre de Sócrates. Su profesión inspiró al filósofo ateniense en la llamada mayéutica (μαιευτική, «[ciencia] de las comadronas» < μαῖα), método filosófico con el que conseguía que sus discípulos «dieran a luz» las respuestas a ciertas preguntas que ellos mismos sabían sin haber reparado en ello.

nodriza
Nodriza (s. I a. C., África Púnica)

Así pues, en su dimensión de cuidadora, la mujer no tuvo impedimentos legales para ejercer la medicina ni privada ni públicamente; al menos, la ley romana no se lo prohibió. En el caso de Grecia, Higino recoge la historia de una tal Agnódice, que habría aprendido de Herófilo el arte de la obstetricia, y la habría practicado haciéndose pasar por hombre –estando completamente prohibido que una mujer se dedicara a la profesión médica–. Agnódice fue llevada al Areópago, acusada por los demás médicos de abusar de sus pacientes, y allí mismo descubrió su engaño y reveló ser una mujer. Gracias a la defensa de sus pacientes, la absolvieron y, a partir de ese momento, la mujer pudo ejercer la medicina en Atenas (Fábulas, 274). Es esta una historia marginal, solo presente en Higino, y seguramente también fabulosa. Sea como fuere, lo cierto es que hubo mujeres que ejercieron la medicina (gr. αἱ ἰατροί, lat. medicae). Algunas inscripciones lo atestiguan y tenemos noticia de que incluso algunas de ellas llegaron a escribir tratados: Salpe de Lemnos, Lais, Elefantis o Aspasia.

Desafortunadamente, su relación con el mundo del cuidado, en ocasiones, las puso bajo sospecha de brujería y/o envenenamiento. Como conocedora de plantas y remedios (gr. φάρμακα, lat. medicamina o medicamenta), manejaba, a la vista de los hombres, un arma de doble filo, capaz de curar y matar al mismo tiempo. Como bien indicará Paracelso (s. XVI), una sustancia se convierte en veneno o medicina dependiendo de la dosis. Φάρμακον y medicamentum poseen la doble acepción de «medicina» y «veneno».

Russell
William Russell Flint
Medea, Teseo y Egeo

Las literaturas griega y romana nos presentan un buen número de historias de brujas despiadadas y lujuriosas, que forzaban el amor de los hombres con filtros amorosos o acababan con sus enemigos recurriendo a hierbas ponzoñosas. Nada más que fantasía y deformación de la realidad, pues, a pesar de que tanto mujeres como hombres se sirvieran de prácticas mágicas en diferentes épocas y lugares del mundo antiguo, es falaz su reducción a la esfera femenina.

En fin, curiosa sociedad, que mantenía a sus mujeres encerradas, pero luego fabulaba que, en su encierro, cocían venenos y filtros de amor para arrebatar la voluntad de los hombres, que desconocedores de tales asechanzas, se mantenían ocupados en tan nobles oficios. No hubo suficiente con Gorgonas, Cancerberos y Tifones. Era necesaria Medea, la mujer con dobleces, bienhechora de sus amantes y envenenadora de sus rivales.

Noelia Bernabéu Torreblanca

¿Qué leía Jesús Vidal, premio Goya al mejor actor revelación, de pequeño?

Henar Velasco nos envía el enlace a la entrevista que en el programa La Linterna de la COPE escuchó a Jesús Vidal, reciente Premio Goya al mejor actor revelación. Entre el minuto 10:30 y el 11:36 el entrevistado cuenta cómo su madre le leía las aventuras de Hércules, de Aquiles, del Minotauro de Creta; también afirma que muy pronto leyó La Odisea y una comedia de Aristófanes.

Segundo premio de Fotoclásica II

Publicamos hoy la foto que mereció el Segundo premio de nuestro concurso Fotoclásica II: “Fuente de Apolo”, de Gredy Grajales Bernal, que cursa 4º de la ESO en el IES Francisco Salinas de Salamanca, su profesora es Cristina González Díez.

Fuente de Apolo
Fuente de Apolo. Palacio Real de la Granja de San Ildefonso. Segovia

Obra de los escultores franceses René Frémin, Jean Thierry, Jacques Bousseau, Hubert Dumandré y Pierre Pitué, entre los años 1721 y 1746 por orden de Felipe V.

         La escultura está hecha de plomo, no de cobre; el color cobrizo se debe a una capa de pintura.

         En esta escultura aparecen Apolo y Minerva: Apolo con la lira entre las manos y la serpiente Pitón, vencida, a sus pies. Dos niños alados, el Arte y la Guerra, le ofrecen una corona de laurel y las flechas de su carcaj. Minerva, sentada sobre su escudo, con el lema:  Nec sorte nec fato (Ni por la suerte ni por el destino).

¿Cuál es la polémica en Twitter sobre el coloso de Rodas?

Diego Corral nos lo aclara enviándonos este enlace. El problema ha surgido por la publicación de este tuit:

“Esta es la recreación exacta de la estatua del Coloso de Rodas, construida en la isla de Rodas (Grecia) en el 292 a.C. y destruida por un terremoto en el 226 a.C. Es considerada una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.”

Los comentarios a la publicación demostraron que una gran cantidad de tuiteros desconocían el sentido de las siglas a. C. Puedes ver una selección pinchando aquí.

Sin comentarios.

Nueva biografía de Agripina

El País en su edición del 4 de febrero da noticia de la publicación en España de una biografía que revisa la imagen tradicional de Agripina, la madre de Nerón: Agripina. La primera emperatriz de Roma (Pasado y Presente), de la historiadora británica Emma Southon, que, denunciando la invisibilidad de las mujeres en la historia de Roma, destaca su transcendencia en el mundo político de su época.

La antigua Roma por cinco denarios al día

Si alguna vez te has preguntado como seria la vida en una de las grandes ciudades de la antigüedad, este libro de Philip Matyszak,  Ancient Rome on 5 Denarii a Day (London 2007) te sumergirá en la vida de Roma, caminando por sus calles, conociendo las principales atracciones de la populosa ciudad eterna y viviéndola como lo haría un turista en los años 200 d.C.

Es una guía de viaje de la antigua Roma al estilo de las actuales. Contiene consejos sobre cómo organizar tu viaje y todas aquellas cuestiones que surgen en esta circunstancia. Además contiene numerosos extractos de obras clásicas que describen situaciones cotidianas o anécdotas, ilustraciones a color y en blanco y negro.

El libro comienza con diversas recomendaciones de cómo llegar a la ciudad y qué puedes ver en el camino. Una vez sumergidos en la concurrida Roma, los capítulos siguientes nos explicaran aquellos aspectos de la vida cotidiana como: dónde alojarse, dónde ir de compras, dónde comer y cómo pasaban los romanos su tiempo libre. Por último nos muestra todos aquellos grandes monumentos, templos y lugares que visitar. Al final del libro podemos encontrar un mapa de Roma y un conjunto de frases útiles en latín con su correspondiente traducción en español.

Para que os hagáis una idea de su contenido este es su índice, con un breve resumen y algunos extractos de obras clásicas que aparecen.

I Cómo llegar, donde nos explica los caminos y los trasportes para llegar a Roma.

II Los alrededores de Roma, este capítulo trata de todas aquellas construcciones a las afueras de la ciudad: las imponentes villas y los acueductos (Aqua Alsietina, Aqua Appia, Aqua Claudia, Aqua Iulia, Aqua Marcia, Aqua Tepula, Aqua Traiana y Aqua Virgo). Con el Pomerium, delimitado por unas piedras blancas llamadas cippi, que señalaban los límites de Roma, concluye el viaje.

El abundante suministro de agua […] para los edificios públicos, los baños, y los jardines […] que vienen desde tan lejos, abriendo túneles en las montañas y allanando el camino a través de profundos valles: debe ser el logro más impresionante del mundo.

                                           Plinio, Historia Natural, 36.121.2

Con moles tan numerosas y necesarias de tantos acueductos compara, si quieres, las superfluas pirámides o las construcciones de los griegos, inútiles aunque famosas.

                                     Frontino, Los Acueductos de Roma, 16 y 103

III Alojamiento, nos muestra dónde dormir y alojarse, los tipos que hay de alojamiento, instalaciones sanitarias, emergencias médicas, qué ropa ponerse para no llamar la atención y dónde comer, pues algunas comidas te revolverán el estomago durante todo el día.

IV Dando una vuelta, trata de la vida social de los romanos, las clases sociales, los esclavos y la familia, cosas que nos vendrán muy bien para no meter la pata y ofender a alguien.

V Ir de compras, nos muestra dónde comprar, el cambio de moneda y los ediles.

VI Ley y orden, este capítulo es importante pues debes saber bien cómo funciona la seguridad en Roma y a quién acudir si sufres algún robo o te ves envuelto en un pleito. Menciona a la guardia Pretoriana, la cohorte urbana, los vigilantes, el crimen, los juzgados, la prisión y los castigos.

VII Pasatiempos, aquí podemos ver los entretenimientos que los visitantes tienen a su disposición, desde juegos de mesa en la calle hasta espectáculos en el anfiteatro. Si quieres disfrutar un buen espectáculo de gladiadores ve al Coliseo, si prefieres una carrera de caballos al Circo Maximo, o si quieres disfrutar de una buena tragedia griega, podrás verla en la calle, frente a una casa, ofreciendo una representación ad hoc. También tienes burdeles, pero únicamente si viajas solo.

Nos dio unos gladiadores ya decrépitos, que no valían un sestercio. De un soplo se les echaría a la tierra. 

Petronio, Satiricón 45.11

Al cabo de unos años habrás ganado lo que un conductor de cuadrigas en una sola carrera.

                                               Juvenal, Sátiras, 7, 242-3.

VIII Religión, Roma es la ciudad de los dioses, muy importante para ellos, por lo cual es necesario un lugar donde venerarlos. Este capítulo nos muestra los Templos dignos de visitar, como el de Júpiter Capitolino, “el Mejor y Mas Grande”, el Panteón y los festivales religiosos. La mayoría de casas y hostelería en Roma tendrán un calendario junto a la puerta donde podrás saber su fecha, desde enero hasta diciembre.

Pero ¿Cómo podrían mencionarse en un solo pasaje de este libro todos los nombres de dioses y diosas?

                                          San Agustín, La ciudad de los dioses, 4.8

IX Visitas esenciales, aquí nos muestra otros monumentos que no podéis dejar sin ver: el Foro Romano, donde se desarrolla la vida ciudadana, el arco de Tito, los foros imperiales, las columnas triunfales; y también podéis pasar una tarde relajada en los baños.

X Paseos por Roma, en este último capítulo se nos recomienda visitar el Palatino, residencia del emperador y el Campo de Marte, que además de destacar por su belleza natural, tiene un tamaño realmente espectacular; y, para finalizar, un relajante paseo a lo largo del Tíber.

Olalla Martín Cuesta

 

 

 

Mary Beard: Sobre Afrodita de Cnido

El País publicó ayer, 5 de febrero, un texto de Mary Beard titulado “Leyenda de una estatua inquietante”, en el que vuelve la vista a la famosísima estatua de Afrodita de Cnido, resumiendo la escena del diálogo Amores, atribuido a Luciano de Samosata. Reproducimos el texto, que nos recuerda que el mundo clásico, tan admirable en unos aspectos, no lo era en absoluto en otros.

Los escritores griegos y romanos analizaron una y otra vez la idea de que la forma culminante de arte era una ilusión perfecta de la realidad, o, dicho de otro modo, que el logro artístico más elevado consistía en eliminar toda diferencia visible entre la imagen y su prototipo. En este sentido, hay una famosa anécdota que hace referencia a dos pintores rivales de finales del siglo V a. e. c. (antes de la era común), Zeuxis y Parrasio, que compitieron para decidir cuál de los dos era más hábil. Zeuxis pintó un racimo de uvas con tal realismo que los pájaros acudieron a picotear. Aquella ilusión prometía alzarse con la victoria. Sin embargo, Parrasio pintó una cortina, y Zeuxis, envalentonado con su éxito, exigió que se corriese para mostrar la pintura que había debajo. Según Plinio, que fue quien narró la historia en su enciclopedia, Zeuxis enseguida se percató de su error y reconoció la victoria de su contrincante con estas palabras: “Yo engañé a los pájaros, pero Parrasio me engañó a mí”.

No ha quedado rastro de estas pinturas si es que alguna vez existieron más allá de la anécdota, pero sí que tenemos el testimonio de una estatua de mármol que fue objeto de una historia similar, aunque bastante más inquietante. Se trata de una escultura de Praxíteles realizada en torno a 330 a. e. c., una obra hoy comúnmente conocida como la Afrodita de Cnido, en alusión a la ciudad griega de la costa oeste de la moderna Turquía, que fue su primer hogar. En la Antigüedad se la consideró un hito del arte, porque era la primera estatua de una figura femenina desnuda de tamaño natural (técnicamente, en este caso, una diosa de apariencia humana), tras siglos en los que las esculturas de mujeres, como Frasiclea, se habían representado completamente vestidas. La original de Praxíteles se perdió hace tiempo; según relata una historia, fue llevada finalmente a Constantinopla, donde sucumbió pasto del fuego en el siglo V e. c. Pero era tan famosa que se hicieron centenares de versiones y réplicas a lo largo y ancho del mundo antiguo, de tamaño natural y en miniatura, incluso dibujada en monedas. Muchas de estas copias se han conservado.

En la actualidad resulta difícil ver más allá de la ubicuidad de estas imágenes de desnudos femeninos y recuperar el carácter osado y peligroso que debieron tener para los espectadores del siglo IV a. e. c., que no estaban en absoluto habituados a la exhibición pública de la carne femenina (en algunos lugares del mundo griego, las mujeres de verdad, por lo menos las de clase alta, iban cubiertas con un velo). Incluso la expresión “primer desnudo femenino” minimiza el impacto porque parece implicar una esperada evolución estética o estilística en ciernes. De hecho, fuera lo que fuese lo que impulsase el experimento de Praxíteles (que es otra “revolución del arte griego” cuyas causas no comprendemos del todo), lo que hacía era destruir los supuestos convencionales sobre arte y género del mismo modo en que después lo harían Marcel Duchamp o Tracey Emin, convirtiendo un orinal en una obra de arte en el caso de Duchamp, o en el de Emin, creando una tienda de campaña titulada Everyone I Have Ever Slept With. Por consiguiente, no es de extrañar que la ciudad griega de Cos, sita en una isla frente a la costa turca —el primer cliente al que Praxíteles ofreció su nueva Afrodita— dijera: “No, gracias”, y eligiera en su lugar una versión vestida exenta de riesgos.

No obstante, la desnudez no era más que una parte de la cuestión. Aquella Afrodita era diferente desde un punto de vista decididamente erótico. Solamente las manos son ya una señal reveladora. ¿Están tratando recatadamente de tapar sus partes? ¿Acaso apuntan en dirección a lo que el espectador desea ver más que nada? ¿O son simplemente una provocación? Cualquiera que sea la respuesta, Praxíteles estableció esa tensa relación entre una estatua femenina y un supuesto espectador masculino, que ya nunca se ha desvinculado de la historia del arte europeo, una relación de la que eran muy conscientes algunos antiguos espectadores griegos, puesto que este aspecto de la escultura constituía el tema central de un relato memorable sobre un hombre que trataba a la diosa de mármol como si fuera una mujer de carne y hueso. Esta historia se narra de forma completa en un curioso ensayo escrito en torno a 300 e. c.

El autor cuenta lo que casi con toda seguridad es una discusión imaginaria entre tres hombres —­un célibe, un heterosexual y un homosexual— inmersos en una prolongada y resbaladiza polémica sobre qué clase de sexo es mejor. En plena disputa, llegan a Cnido y se encaminan hacia la mayor atracción de la ciudad, la famosa estatua de Afrodita en su templo. Mientras el heterosexual mira con lascivia su rostro y parte frontal, y el hombre que prefiere el amor de los muchachos escruta su parte trasera, descubren ambos una pequeña marca en el mármol en la parte superior del muslo de la estatua, en el interior cerca de las nalgas.

En calidad de conocedor de arte, el célibe empieza a alabar las virtudes de Praxíteles, que logró ocultar lo que parece una imperfección del mármol en un lugar tan discreto, pero la dama encargada de la custodia del templo lo interrumpe para señalar que detrás de aquella marca había algo mucho más siniestro. Explica que, una vez, un muchacho perdidamente enamorado de la estatua consiguió permanecer toda la noche encerrado con ella, y que la manchita es el único resto visible de su lujuria. El heterosexual y el homosexual declaran con júbilo que aquello demuestra su argumentación (uno señala que incluso una mujer de piedra podía levantar pasiones, mientras que el otro hace hincapié en que la ubicación de la mancha muestra que fue poseída por detrás, como si fuera un chico). Pero la vigilante insiste en la trágica secuela: el joven enloqueció y se arrojó por un acantilado.

Esta historia contiene varias lecciones incómodas: es un recordatorio de lo inquietantes que podían llegar a ser algunas de las implicaciones de la revolución del arte griego; de lo atractivo que resultaba difuminar los límites entre el mármol dotado de vida y la carne realmente viva; y, al mismo tiempo, del peligro y la locura que suponían. El relato pone de manifiesto hasta qué punto puede una estatua femenina volver loco a un hombre, pero también hasta qué punto puede el arte actuar de coartada ante lo que fue —reconozcámoslo— una violación. No olvidemos que Afrodita nunca consintió.

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