Filología clásica: renovarse o morir

Lo que las clásicas necesitan no es un defensor. Una defensa presupone debilidad o situación de desamparo en aquello que es defendido, y la fortaleza de las clásicas, cuyos bastiones principales son sus genios literarios y su pervivencia a lo largo de los siglos, es innegable. Mary Beard, en su introducción a La herencia viva de los clásicos. Tradiciones, aventuras e innovaciones (2013), desconfía de que algún día lleguen a extinguirse las clásicas. Esto supondría, en primer lugar, la condena al olvido de los grandes autores antiguos y, consecuentemente, la incapacidad de comprender a los artistas que bebieron de tan maravillosa fuente. Lo que las clásicas necesitan no es ser defendidas, sino reivindicadas. Debemos dejar claro el espacio que merecen y les pertenece por derecho. Para ello, la Filología Clásica requiere un lavado de cara y un cambio a mejor, que comience por la propia base de su enseñanza.

El número de estudiantes de Filología Clásica es reducido. Este dato podría ser indicio de que escogen tal camino por pura vocación. Desgraciadamente, en la mayoría de los casos la vocación no es el motivo, sino más bien el desconocimiento e incluso el engaño. Para muchos adolescentes la Filología Clásica es un oasis creado por su propia imaginación o propiciado por ciertos profesores de instituto o universidad que dan una idea difusa e imprecisa de lo que verdaderamente suponen las clásicas. Por ello no es extraño que crean que la base de la Filología Clásica es saber contar mitos o discernir la etimología de algunas palabras. Sin embargo, el núcleo de esta disciplina son, como es natural, los textos. De nada sirve saber la genealogía de los dioses, el ciclo tebano o la etimología de innúmeras palabras si no se tienen la habilidad o las ganas para lidiar con el idioma. Y, fuera tonterías, si uno quiere aprender una lengua romance, lo que ha de hacer es abarcarla de inmediato y no perder tiempo con el latín, porque supuestamente ayudará al aprendizaje de la lengua en cuestión. Como bien afirma Mary Beard, «solo hay una buena razón para aprender latín: que quieras leer lo que está escrito en ese idioma». Y lo mismo sirva para el griego.

Dejémonos de embelesar a los jóvenes dándoles una imagen errónea e intentemos mantener a aquellos que verdaderamente se interesan por el latín y el griego. Decenas y decenas de estudiantes pierden el tiempo en una carrera que ni les va ni les viene para acabar abandonándola después de muchas penas, al menos económicas y mentales. De cincuenta que entran, salen diez, o veinte como mucho. Conocí personalmente a compañeros que hacían la carrera porque “les gustaba la mitología”. Otros creen que por ser buenos en el instituto, seguirán adelante sin el menor esfuerzo, solo con analizar sujeto, verbo y complemento en la pizarra. Procedimiento que, por cierto, no tendría que salir de los muros del instituto, pero que –horresco referens– siguen empleando incluso algunos becarios, mis propios ojos lo han visto –mirabile dictu–. Muchos sucumben a la visión de una Filología Clásica donde se leen mitos alrededor de la hoguera ancestral, se celebran simposios o se cocinan platos romanos con garum. Pero como un gran maestro dijo un día no venimos a esta carrera para cocinar crêpes. Con todo esto, no quiero decir que no haya que fijarse en aspectos tales como la mitología o etimología; pero no solo de pan vive el hombre, aunque muchos desearían que esto fuera así.

Toda persona dispuesta a reivindicar las clásicas necesita, lo primero de todo, tener un concepto muy claro de su significado. Y, como segundo paso, ha de plantearse cómo deberían de ser enseñadas en un futuro. El método de enseñanza que suele emplearse en las aulas es el prusiano, que intenta lograr la adquisición de la lengua a través de la pura gramática y morfología y de la traducción de textos. Este modelo es, desde mi punto de vista, nocivo para el caso del latín y el griego y es obvio que, en la mayoría de los ocasiones, no funciona. Vemos como algunos de los supuestos filólogos clásicos que se gradúan, después de cuatro años, cometen graves errores morfológicos o desconocen palabras del léxico elemental, lo cual es una verdadera vergüenza, que se debe en parte a la holgazanería y nulo sacrificio de una parte del alumnado, pero también a la inutilidad de dicho método. En otro estrato se encuentran aquellos que, a pesar del esfuerzo, se encuentran con que son incapaces de leer una sola frase en latín y comprenderla. Están, en fin, abocados a la mera traducción. ¿Por qué? Precisamente porque el método prusiano te prepara para traducir, pero no para leer en la lengua original sin necesidad de verter a la lengua materna los versos o las oraciones de la prosa para poder comprenderlos. Solo se puede llegar a la lectura zambulléndose de lleno en los textos originales, sin miedo, sin diccionario, sin tramposas ediciones bilingües. Una vez adquirido el bagaje morfológico-sintáctico, ya puede uno prescindir de la carga del análisis y abarcar de frente el texto, como si se tratara de una obra en francés, inglés o italiano; pero, mientras se siga escribiendo la traducción y el análisis en el papel, esto no serán más que quimeras.

Por último, me gustaría referirme a la cuestión de cómo deberían de ser las clásicas, o mejor dicho, cómo deberían de enseñarse. La reflexión anterior va, en parte, referida a esta pregunta. No obstante, quisiera añadir un aspecto más, que sigue de cerca al genial Nietzsche. Las clásicas necesitan un enfoque con amplitud de miras. El filósofo fue muy duro con los filólogos clásicos, a los que llegó a denominar «estrechos de miras», «desapasionados», y aquejados de una «manía erudita, pedante, fría». Personajes, en fin, empeñados en el microanálisis e incapaces de ver la belleza del conjunto. Mientras que él era capaz de admirar el cuadro al completo, aquellos se quedaban colgados en las manchas de aceite que cubrían las formas dibujadas. Nadie niega que sea necesario el trabajo minucioso, ni siquiera el propio Nietzsche. En su lección inaugural Homer und die Klassische Philologie (1869) –antes de tomar posesión de la cátedra de Lengua y Literatura Griega con tan solo veinticuatro años y sin haber realizado tesis alguna– denomina «valiente» al filólogo alemán F. A. Wolf, que en su obra Prolegomena ad Homerum (1795) había cuestionado que los poemas homéricos fueran obra de un único individuo, de un divino poeta. Indudablemente, fueron necesarios el esfuerzo y la minuciosidad para llegar a esta hipótesis –que ya antes había sido planteada no obstante–, pero que ahora tomaba la forma de lo que hoy se llama «cuestión homérica». Defiende Nietzsche a Wolf de las críticas de los artistas, que consideran a los filólogos clásicos destrozadores de los grandes escritos. Estoy totalmente de acuerdo con Nietzsche en su idea de lo que la Filología Clásica ha de ser: la unión de la ciencia y el arte. Este podría ser el camino para unas futuras clásicas, que recogieran en su seno la pasión artística, pero el trabajo duro al mismo tiempo. La primera permitiría deleitarse con la belleza de las civilizaciones y testimonios de las culturas griega y romana, el segundo, dar a su disciplina la seriedad que merece y, ante todo, necesita.

Tal vez esto no sea la panacea; pero me atrevo a decir que de ningún modo lo es salir a defender las clásicas vestidos de romanos. Así nadie nos tomará en serio. No podemos permitir que las clásicas sean objeto de escarnio. No es admisible la actitud de aquellos profesores que hipnotizan a sus estudiantes con los aspectos más golosos. Pero tampoco convengo en que haya que amargar a nadie con una erudición y pedantería insoportables. Ni lo uno ni lo otro, in medio virtus. No seamos pues aquellos filólogos de los que hablaba Nietzsche, que de la ciencia solo conocen el polvo erudito. Sin pasión y sin arte no hay vida, en todo caso, creencia de que el filólogo es un «topo, aficionado a tragarse el polvo de los archivos, a desmenuzar una vez más la gleba triturada cien veces por el arado».

Noelia Bernabeu Torreblanca

 

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