En la Semana de la Ciencia: “los de Letras” y “los de Ciencias”

Hace ya dos años el Profesor Battaner, ex-rector de nuestra universidad, escribía en este blog un alegato a favor de las humanidades clásicas y de las humanidades en general. Lo hacía desde la mirada de un científico (él es catedrático jubilado de Bioquímica) y comenzaba recordando un famoso texto de C. P. Snow, pronunciado en 1959 en el marco de sus conferencias Rede publicadas más tarde (The Two Cultures and the Scientific Revolution), en el que el científico se quejaba de la progresiva separación de las Letras y las Ciencias. Bien es verdad que Snow se quejaba desde su lado de la poca atención que prestamos a ese mundo desde nuestro territorio mientras nos quejamos sin parar de lo poco que nos atienden. Y decía Battaner que no hay una queja semejante sobre la separación de Letras y Ciencias emitida desde nuestro lado.

Dos circunstancias intrascendentes de estos días me han recordado el texto del Profesor Battaner y me han empujado a decir en el mismo marco breve y humilde de nuestro blog, pero desde las letras, que esta separación es realmente lamentable y que, a mi juicio, deberíamos trabajar por evitarla, en vez de hablar de “los de Ciencias” como un enemigo al que hay que combatir y que no nos comprende ni nos conoce.

La primera: hace unos días el profesor Ignacio Bosque, el académico que encarna por antonomasia los estudios gramaticales de nuestra lengua, pronunciaba en nuestra Facultad una charla sobre cómo mejorar la enseñanza de la gramática en la E.S.O. y en el Bachillerato. En medio de un varapalo (educado, elegante y constructivo, pero varapalo) a los métodos habituales y a los libros de texto al uso empleados en esos ciclos para la enseñanza de la lengua española, introducía la idea de mirar a los estudios de ciencias para aprender de ellos a la hora de enseñar nuestras materias y hacerlas atractivas a los estudiantes jóvenes: métodos, fines, argumentaciones sistemáticas, relaciones de fenómenos, etc.

La otra circunstancia a la que me refería es la lectura iniciada estos días de un libro recién publicado y altamente recomendable. Lleva por título A favor de la Ilustración (Enlightenment Now) y es obra de Steven Pinker, el célebre profesor de psicología de Harvard famoso por libros tales como La tabla rasa (The Blank Slate. The Modern Denial of Human Nature, su título original) o El mundo de las palabras (The Stuff of Thought. Language as a Window into Human Nature), que también me permito modestamente aconsejar. Ya en el segundo capítulo, dedicado a la entropía y a su relación con el orden y el desorden en el mundo, cita un fragmento del texto de Snow al que se refería el Profesor Battaner y que paso a copiar en la versión española:

“Muchas veces he asistido a reuniones de personas que, según los estándares de la cultura tradicional se consideran muy cultas y que, con un entusiasmo considerable, se han dedicado a expresar su incredulidad ante el analfabetismo de los científicos. En un par de ocasiones me he sentido provocado y he preguntado a mis interlocutores cuántos de ellos eran capaces de describir la Segunda Ley de la Termodinámica. La respuesta ha sido fría y también negativa. Sin embargo, mi pregunta venía a ser el equivalente científico de: «¿Han leído ustedes alguna obra de Shakespeare? »”

Quiero recoger aquí solo algún fragmento del libro de Pinker (sus más de 700 páginas cargadas de información y argumentos requerirían una reseña enorme cuyo sitio no es este) para que sean sus palabras las que secunden el deseo del Profesor Battaner. Entrecomillo tres o cuatro párrafos de su capítulo 22 (Ciencia) que sugieren lo que quiero transmitir:

“Una de las mayores contribuciones potenciales de la ciencia moderna puede ser una integración más profunda de su compañera académica: las humanidades. A decir de todos, las humanidades tienen problemas: se están reduciendo los programas universitarios, la próxima generación de estudiosos está desempleada o subempleada, la moral se está hundiendo y los estudiantes desertan en tropel.

Ninguna persona debería permanecer indiferente ante la desinversión de nuestra sociedad en las humanidades: una sociedad sin erudición histórica es como una persona sin memoria: engañada, confundida y fácilmente explotada. La filosofía surge del reconocimiento de que la claridad y la lógica no se conquistan con facilidad y que salimos ganando cuando nuestro pensamiento se refina y se profundiza. Las artes son una de las cosas que hace la vida digna de ser vivida, enriqueciendo la experiencia humana con belleza y perspicacia. La crítica es en sí misma un arte que multiplica la apreciación y el disfrute de las grandes obras. El conocimiento de estos ámbitos es el fruto de un gran esfuerzo, y requiere el enriquecimiento y la actualización constantes conforme cambian los tiempos (…)

La consiliencia[1] con la ciencia ofrece a las humanidades muchas posibilidades de lograr una nueva percepción. El arte, la cultura y la sociedad son productos de los cerebros humanos. Se originan en nuestras facultades de percepción, pensamiento y emoción, y se acumulan y se propagan mediante la dinámica epidemiológica a través de la cual una persona afecta a otra. ¿No deberíamos tener la curiosidad de entender estas conexiones? Ambas partes saldrían ganando. Las humanidades disfrutarían en mayor medida de la profundidad explicativa de las ciencias, así como de una agenda con miras al futuro, capaz de atraer el talento de jóvenes ambiciosos (por no mencionar la atracción de decanos y donantes). Las ciencias podrían desafiar sus teorías con los experimentos naturales y con fenómenos ecológicamente válidos que han sido tan ricamente caracterizados por los estudiosos de las humanidades.

En ciertos campos, esta consiliencia es un hecho consumado. La arqueología ha pasado de ser una rama de la historia del arte a una ciencia de alta tecnología. La filosofía de la mente deriva hacia la lógica matemática, la informática, la ciencia cognitiva y la neurociencia. La lingüística combina la erudición filológica sobre la historia de las palabras y las construcciones gramaticales con los estudios de laboratorio del habla, los modelos matemáticos de la gramática y el análisis computarizado de grandes corpus de escritura y conversación (…)

Aunque muchas de las preocupaciones de las humanidades se aprecian mejor con la crítica narrativa tradicional, algunas suscitan cuestiones empíricas que pueden fundamentarse en los datos. La llegada de la ciencia de los datos aplicada a los libros, las publicaciones periódicas, la correspondencia y las partituras musicales ha inaugurado unas nuevas «humanidades digitales» de amplia gama. Las posibilidades para la teoría y el descubrimiento se ven limitadas únicamente por la imaginación e incluyen el origen y la difusión de ideas, las redes de influencia intelectual y artística, los contornos de la memoria histórica, el auge y el ocaso de los temas literarios, la universalidad de la especificidad cultural de los arquetipos y las tramas, y los patrones informales de censura y tabúes. La promesa de una unificación del conocimiento puede cumplirse solo si el conocimiento fluye en todas las direcciones. Algunos de los eruditos que han rehuido las incursiones de los científicos en aras de la explicación del arte tienen razón en que estas explicaciones han sido, para sus estándares, superficiales y simplistas. Razón de más para que extiendan la mano y combinen su erudición sobre las obras y los géneros concretos con la comprensión científica de las emociones humanas y las respuestas estéticas. Mejor todavía, las universidades podrían formar a una nueva generación de estudiosos que dominen bien ambas culturas.”

La negrita final es mía. En el libro hay muchísimo más. Pues eso, dejemos de mirar mal a “los de ciencias”. Salgamos a decirles qué hacemos, para qué sirve, en qué les puede ayudar, para que tampoco ellos nos miren de soslayo. Pero eso sí, observemos con interés lo que ellos hacen y aprendamos de sus modos de hacer, que nos han dado entre otras cosas el medio por el que estoy comunicando esta incitación a trabajar por unirnos, algo necesario antes de poder trabajar juntos. Al fin y al cabo ellos estudian la naturaleza, nosotros la condición humana; pero los hombres formamos parte de la naturaleza y la estudiamos desde nuestra condición.

Y gracias, Enrique. Si lo lees, apunta una invitación a que vuelvas a escribirnos algo.

Agustín Ramos Guerreira

 

[1] La palabra consiliencia que usa el traductor es un anglicismo (consilience) no recogido por la RAE que, sin embargo, figura en la Wikipedia (“la disposición por la voluntad de unir los conocimientos y la información de distintas disciplinas para crear un marco unificado de entendimiento”). Allí podéis ver su historia y su relación con esto. Eso sí, la Wikipedia dice que proviene del inglés, pero no dice que el cultismo inglés está tomado del latín, de salio (“saltar”), que, aunque no dio lugar al compuesto *consilio, si lo hizo con absilio, desilio, dissilio, insilio, prosilio, resilio, subsilio y transilio. Pero eso queda para otro sitio.

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