La erupción del Vesubio y los textos clásicos

Hace algún tiempo había surgido la sospecha de que la erupción del Vesubio que destruyó Pompeya en el año 79 de nuestra era no había tenido lugar en la fecha que Plinio el Joven indicó a su amigo Tácito, el 24 de agosto (epist. 6, 16). Los motivos tenían que ver con el hallazgo de frutos otoñales carbonizados y de braseros en las casas. Ahora un equipo arqueológico ha encontrado un insignificante inscripción realizada con un carbón en una casa en obras y fechada dieciséis días antes de las calendas de noviembre, es decir, el 17 de octubre; así pues, la fecha de la erupción tuvo que ser necesariamente posterior (Lee la noticia en El País)

pompeya

El error no debe atribuirse a Plinio el Joven, que fue testigo directo de la catástrofe desde Miseno, al otro lado de la bahía, y que, de hecho, describió para Tácito (y para nosotros) cómo él mismo vivió el desastre (epist. 6, 20). Hay que decir que él tenía diecisiete años y quizá por eso adoptó una actitud un tanto provocadora: en un principio, cuando los movimentos de tierra le obligaron a salir de la casa con su madre, se llevó un libro de Tito Livio para seguir estudiando. No sabemos qué pasaría con el volumen cuando la situación empeoró y en medio de una riada humana su madre y él tuvieron que salir corriendo.

Así pues, lo más probable es que el error se deba a algún copista que no pudo o no supo leer correctamente la fecha en el texto que le servía de modelo. Hay que tener en cuenta que los textos de los autores clásicos han realizado un camino largo y lleno de dificultades hasta llegar a nuestras manos: en algunos casos sus historias cumplirían con creces los requisitos exigidos a un relato de aventuras y causa admiración el mero hecho de que hayan superado semejantes pruebas y los podamos leer; en otros, simplemente un descuido, una vela encendida, un borrón, una distracción, rompen el frágil hilo que nos une a ellos. A cambio, un texto tan insignificante como una pintada en la pared sobrevive veinte siglos.

Susana González Marín

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