DE AENEAE CATABASI

—¿Cuántos más? —preguntaba Eneas con los ojos llenos de lágrimas tras abandonar a Palinuro. La Sibila lo miró con el ceño fruncido, sin comprender los derroteros de los pensamientos del teucro.

—¿Cuántos más qué, hijo de Anquises?

—¿Cuántos compañeros más habré de ver en un lugar tan lóbrego? —sollozó. Una densa neblina les rodeaba las piernas, justo por debajo de la cintura, amortiguando cada paso que daban—. ¿Cuántos seres queridos, cuántos viejos conocidos que no volverán a ver la luz de Febo? —La Sibila se echó a reír, una risa maliciosa que retumbaba en las cavernas del Inframundo. Aquello enojó a Eneas—. ¿Por qué has de someterme a semejante tortura?

—Olvidas, héroe, que no soy yo quien te somete a nada —dijo con la serenidad de quien conoce todas las cosas—. Son los dioses quienes te mueven, es el destino quien te empuja. Yo tan solo soy tu guía en este reino que solo deberías pisar una vez… Para no volver jamás.

Ambos se callaron entonces: Eneas, porque se encontraba demasiado perdido en sus pensamientos, en los recuerdos de aquella gente que había amado y que ya no se encontraba a su lado; la Sibila, porque consideraba que no debía decir más.

Unos gemidos lastimeros llamaron la atención del troyano que, curioso, se adelantó a la Sibila un par de pasos para ver de dónde surgía semejante lamento. Ella sonrió con cierta crueldad, sabiendo lo que allí iba a encontrarse, pero nuevamente prefirió callar y observar.

Se encontraban en la zona del Hades reservada para aquellos que, aquejados por la enfermedad más ardiente y dolorosa, habían renunciado a la vida. Vagaban de un lado a otro sollozando, llorando, gimiendo de dolor y angustia, lamentándose por los tristes pedazos a los que se había visto reducido su atormentado corazón. Eneas no reconocía sus rostros, pero conocía desde niño sus historias: Fedra, Pasifae, Ceneo… Le brillaron las lágrimas en los ojos al ser testigo del triste final que el destino les había reservado.

Entonces, se escuchó un susurro por encima de los lamentos,  y una sombra entre la multitud comenzó a moverse, alejándose de él. No tardó ni un segundo en reconocer la pálida silueta de la mujer que una vez lo amó, de la reina que por siempre lo maldijo. Eneas cayó al suelo, como fulminado por un rayo del dios de dioses, y la llamó entre sollozos:

—¡Dido! ¡Dido! No es posible que seas tú.

La sombra se giró y Eneas pudo ver el rostro impertérrito de la reina de Cartago. Todo su cuerpo era ahora del color de los rayos de luna, casi translúcido, como el del resto de las ánimas que moran en el Hades. Tenía los cabellos sueltos y vestía unas lujosas ropas, en las que podía verse la mancha oscura de la mortal herida. Elisa lo miraba con tal frialdad que podía haber congelado al mismísimo Sol y Eneas, acongojado por esos ojos de hielo, no pudo hacer más que llorar y exclamar:

—¡No fue mi culpa! ¡Yo no quería marcharme de tu lado! ¡Has de creerme, Dido, por favor! —Anduvo de rodillas hacia ella, que se iba alejando según avanzaba—. El tiempo que pasé en las tierras de Cartago, contigo, fue el más dichoso de mi vida. Durante esos días fui libre, libre de este destino tirano que me obligó a alejarme de ti. Me destroza el alma verte aquí, convertida en un pálido reflejo de lo que un día fuiste, sola y afligida. ¡Ojalá no hubiera abandonado nunca el refugio de tus costas! ¡Ojalá hubiera podido escoger quedarme a tu lado!

» Pero ¿por qué me miras con esa cara tan fría y pétrea como la de una hermosa estatua? —Rehuyó Dido su mirada entonces, fijándola en el suelo, en los frondosos árboles, en las almas en pena; en cualquier sitio menos en la penosa imagen de Eneas tirado en el suelo. Él parecía haber perdido toda razón e imploraba a gritos una respuesta—: ¡Por el amor de Júpiter, Dido, mírame! ¡Mírame y contesta! ¿Acaso el frío del Inframundo ha helado tu corazón ardiente? ¿Acaso se ha apagado la llama que quemó con mi nombre en tu pecho? —Esperó la llegada de las palabras de Dido, pero solo recibió silencio. Apretó los puños y, preso de una súbita rabia, golpeó el suelo del Hades; ni siquiera eso perturbó la serenidad del rostro de Dido—. ¡Maldita sea, contéstame! ¡Merezco una respuesta!

Pareció que el pálido reflejo de la reina soltaba un suspiro de hastío y, ante la mirada atónita de Eneas, se giró y se alejó de él. Eneas gritaba su nombre, desesperado, pero ella parecía no oírle siquiera.

De entre los árboles surgió la majestuosa figura de Siqueo, tan pálida como la de la reina; hacia él se dirigían los pasos firmes y etéreos de Dido. Tomó amorosamente las manos de su esposo y las besó con veneración y una dulce sonrisa. Elisa se adentró a su lado en la frondosa selva, sin titubear un solo momento, sin echar la vista atrás.

Carla Rodríguez Para

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