Viriato

Viriato -o Viriathus en latín- es el nombre de un pastor y caudillo lusitano de la Antigüedad que no tardó en convertirse en leyenda. Nació en algún momento del siglo II a.C. en el territorio que, más tarde, tras la conquista romana de la península Ibérica y su conversión en provincia, recibió el nombre de Lusitania. Los lusitanos se encontraban principalmente en la parte central de la actual Portugal, extendiéndose de norte a sur desde el río Duero hasta el sur del Guadiana y de oeste a este desde la costa Atlántica hacia el interior peninsular, donde se encontraban otras tribus de origen céltico como los vetones, conocidos por los becerros de piedra. El origen de los lusitanos, por otro lado, es incierto; lo único seguro es que se trataba de una tribu indoeuropea.

Todas las menciones sobre Viriato pertenecen a fuentes clásicas. Cicerón habla brevemente de él  en su tratado filosófico De Oficiis y Apiano, historiador romano de origen griego, lo hace en el libro VI de su Historia romana con motivo del engaño sufrido por los lusitanos a mediados del siglo II: el entonces gobernador de la Hispania Ulterior, Galba, tras prometerles tierras que cultivar y donde asentarse en paz, les tendió una trampa ayudado por Licinio Lúculo -gobernador de la Hispania Citerior-, en la que un gran número de lusitanos desarmados fue asesinado sin poder defenderse. Según Apiano, Viriato fue uno de los pocos supervivientes de la masacre que, posteriormente, acabó convirtiéndose en caudillo y dirigiendo la resistencia lusitana -junto a otras tribus en su mayoría célticas – frente a la conquista romana de la Península Ibérica.

El episodio que lo consolidó como jefe militar fue la estratagema que consiguió llevar a cabo frente al ejército de Cayo Vetilio en el año 147 a.C., enfrentamiento que en un primer momento parecía decidido a favor del ejército romano.  Cercados en la ciudad de Urso -actual Osuna, en la provincia de Sevilla-, los lusitanos recibieron una oferta para pactar con los romanos, algo que fue rechazado. Pese a su posición de inferioridad, consiguieron derrotar al ejército de Vetilio y la fama de Viriato comenzó a expandirse. En las Periochae de Tito Livio, una serie de resúmenes de su obra Ab urbe condita, se menciona esta derrota y el terror que inspiraba entre las tropas romanas como el motivo por el que se precisaría de la ayuda de un cónsul y su ejército.

En los años sucesivos, el lusitano arrebató la victoria a todos los gobernadores enviados por Roma que marcharon contra el gran ejército que logró unificar bajo su mando. Este hecho era algo novedoso en las tribus de la península, acostumbradas a elegir y regirse por sus propios jefes militares; por otro lado, algo necesario para hacer frente a las poderosas legiones del ejército romano.

Una táctica militar utilizada recurrentemente a lo largo de la Historia y conocida a partir de la ocupación francesa de España en el siglo XIX como guerra de guerrillas fue la segunda novedad que contribuyó a hacer frente a la ocupación romana de la península. Sin embargo, la suerte del ejército de Viriato no tardó en mermar. Conforme al relato de Apiano, en el año 142 a.C. Roma entregó el mando de dos legiones al entonces cónsul Máximo Serviliano, además de recurrir a jinetes númidas -tribus nómadas de origen bereber, en la actual Libia- y algún que otro elefante. Serviliano acabó siendo derrotado y firmó un tratado de paz con Viriato en el que le concedía el título de rey de Lusitania y la paz entre Roma y su tribu. Sin embargo, Servilio Cepión, sucesor de Serviliano y detractor del pacto, logró convencer al senado de reanudar la guerra.

En un primer momento, Viriato siguió celebrando la victoria pero su ejército se encontraba muy debilitado por la guerra, que se había alargado hasta llegar a los ocho años. Cepión, tras recibir ayuda enviada desde Roma, sobornó a los embajadores que el lusitano envió para pactar definitivamente la paz: estos últimos lo asesinaron durante la noche mientras dormía en su tienda.

El año 139 a.C. la muerte de Viriato supuso el fin de la resistencia lusitana, que no consiguió recuperarse de la pérdida. El ejército se rindió cerca del río Guadalquivir mientras huía de las legiones de Cepión. Este año también dio origen a diversas leyendas como la que aún hoy circula acerca de la suerte de los embajadores que traicionaron a Viriato: Cepión, que les había prometido favores como pago por el asesinato, en cambio, les dio muerte formulando la sentencia “Roma no paga a traidores”.

Candela Prieto Serres

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