Destripando la Historia: Hércules

Pascu y Rodri son dos colegas con un hobby: colgar en Youtube, bajo el título ‘Destripando la Historia’, vídeos musicales humorísticos en los que resumen de forma paródica cuentos y relatos de toda índole, desde Cenicienta a Harry Potter pasando por Juego de Tronos. Todo con melodías muy pegadizas, y con dibujos a mano repletos de guiños y chanzas.

¿Y qué tiene todo eso que ver con las Clásicas? Pues que su último vídeo va dedicado a Hércules, el hijo de (guiño, guiño) Anfitrión y Alcmena; eso sí, se permite ciertas licencias (resumir la vida y milagros del Fortachón en poco menos de tres minutos y medio es lo que tiene). Lo podéis encontrar aquí, y os animo a pillar todos los guiños que esconde (que son muchos, y a cada cual mejor).

Por si os gusta lo que veis, tienen otro dedicado a los orígenes de San Valentín.

Alberto López Redondo

Censeo?

Como todo el mundo sabe, la Primera Guerra Púnica ocurrió a mediados del siglo III a.C (264-241 a.C) y terminó cuando Aníbal Barca tenía unos 6 o 7 años de edad. También, como todo el mundo sabe, esa guerra tuvo lugar más por mar que por tierra y estuvo ocasionada por el control de Sicilia –grosso modo–. Esto lo sabe todo el mundo que está más o menos documentado. ¿Todo el mundo? ¡No! Para un intrépido periodista español todo esto ocurrió de una forma muy distinta.

Nos referimos al señor Federico Jiménez Losantos que, en su artículo de El Mundo del pasado día 25 de octubre y en un intento de hacer suya la famosa “Ceterum, censeo Carthaginem delendam esse” de Catón, nos escribe un pintoresco resumen de las Guerras Púnicas. En dicho resumen, la primera aparece como una parte de la segunda, todo el casus belli es ESPAÑA y añade otras perlas dignas del “Cuanto mejor… peor… el suyo… beneficio político”.

Para el señor Jiménez Losantos, todos los sucesos que van desde la toma de Sagunto hasta las terribles derrotas romanas de Trasimeno, Cannas, etc., se engloban en la Primera Guerra Púnica. Luego vendría otro momento, que es cuando muere Asdrúbal y Roma “invade España”, que ya sería la segunda.

Toda esta ensalada nos la monta el periodista para poder decir el latinajo “Censeo Assoraiam delendam esse” –que por pudor no vamos a comentar–, dirigiéndose a Soraya (Assoraia, – ae. Ya, lo sé… ¿y qué?) Sáenz de Santamaría por las idas y venidas de esta política en el monotema catalán en particular y por la manía que le tiene a la vallisoletana en general.

Más allá del lío histórico, no tiene desperdicio ni el alegre uso de la legua madre que nos hace, ni su desdén por las reglas de la numeración romana, ni, metiéndonos ya en materia más grave, el tono casi belicista que se nos propone.

¡Pero va más allá! Durante su programa de radio, el sr. Jiménez Losantos le ha dado cierto bombo a su artículo repitiendo todo lo publicado y acompañando una pronunciación de la famosa cita de Catón que nos deja patidifusos.

¡Pasen y vean, señoras y señores señores! ¡El circo de los gazapos está servido!

Isaac Pérez Hernández

 

Grecia en los Simpsons

Más allá de sus divertidos episodios, los Simpson son conocidos por sus referencias e incluso predicciones. En esta entrada traemos un pequeño vídeo extraído del episodio 27×10 (en idioma original se titula The Girl Code). En este capítulo Homer, tras perder su trabajo, comienza a trabajar como lavaplatos en un restaurante griego, por lo que el episodio está plagado de alusiones a la Grecia clásica y a la actual.

En los minutos seleccionados podemos ver cómo los personajes bailan el Syrtaki, una danza griega creada en 1964 para la película Zorba, el griego (basada en la novela Vida y aventuras de Alexis Zorbas).

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Imagen extraída de Zorba, el griego.
La danza se baila en una forma lineal o circular, con las manos en los hombros de los vecinos.

Casi como una anécdota se cuenta que el protagonista de la película (Anthony Quinn) no podía bailar a causa de un problema en su rodilla, por lo que rodó muchas escenas arrastrando la pierna y también acabó dando origen a este baile, cuyo nombre, Syrtaki (το συρτάκι), proviene del verbo syro (σύρω), que literalmente significa arrastrar.

Continuando con el vídeo, también podemos ver cómo Homer arroja un plato al suelo, una de las más conocidas tradiciones griegas. En origen era una forma de expresar alegría durante alguna festividad pero ahora parece haber quedado relegada más al entretenimiento de turistas.

Siguiendo con la Grecia moderna, podemos ver varios cuadros con imágenes típicas de Grecia:  templos o una de esas casas blancas de tejados azules que nos recuerdan la arquitectura de las islas. Además en la parte final del vídeo se muestra la bandera del país, adoptada desde 1970 aunque no de forma continuada; también aparece una parra, símbolo de la agricultura tradicional griega; e incluso vemos lo que los griegos llaman un souvlaki gyros, conocido por nosotros como kebab (aunque el origen no se sitúa en Grecia, sino en Oriente Medio).

Por último, pero no menos importante, aparecen varias referencias a la mitología clásica: Lenny y Carl transformados en sátiros, criaturas mitad hombre y mitad cabra; el perro de la familia Simpson caracterizado como Cerbero, un monstruoso perro de tres cabezas que guardaba la puerta del inframundo; y Bart como Hermes, Mercurio para los romanos, representado a menudo con un sombrero y unas sandalias, ambos alados, y el caduceo, una vara mágica adornada con serpientes.

Irene Naranjo García Moreno

Another Sulpicia in the wall

¿Sulpicia, qué Sulpicia?

Además de la recogida en el Corpus Tibullianum hubo en Roma otra poeta con el nombre de Sulpicia. Uxor Caleni, Die Dichterin bekannte aus Martial, Domitian, Second, Other, Younger, Minor o el insidioso diminutivo —Sulpicilla— de Fulgencio son solo algunos de los apelativos que ha recibido y que dejan en evidencia la posición opacada y secundaria a la que múltiples circunstancias han conducido.
A día de hoy nuestra fuente de información más completa sobre Sulpicia sigue siendo Marcial, quien dedica dos de sus epigramas a su colega (10.35 y 10.38) que también debió de vivir en época flavia. El primero de estos poemas, si creemos lo que el poeta bilbilitano nos dice, es el retrato más completo de qué tipo de poesía hacía Sulpicia:

sed castos docet et pios amores,
lusus, delicias facetiasque.
Cuius carmina qui bene aestimarit,
nullam dixerit esse nequiorem,
nullam dixerit esse sanctiorem.
(Mart. 10.35 8-12)

‘sino que enseña amores castos y honrados,
jugueteos, goces y gracias.
Quien sepa apreciar sus versos
diría que ninguna fue más pícara,
diría que ninguna fue más recatada’ (trad. Enrique Montero Cartelle)

Sulpicia escribiría lo que James L. Butrica calificó como sexy poetry, un tipo de poesía amorosa y erótica, presumiblemente autorreferencial, cuyos límites estarían marcados por el matrimonio y en la que aparecería nombrado de manera abierta su marido, Caleno. El segundo poema, el 10,38, es comúnmente interpretado como un lamento fúnebre dirigido a ese mismo marido enviudado, aunque hay quien apunta más hacia un divorcio que hacia un final luctuoso. Lo cierto es que el interludio erótico ampara esta interpretación:

o quae proelia, quas utrimque pugnas
felix lectulus et lucerna vidit
nimbis ebria Nicerotianis!
(Mart. 10.38 6-8)

‘¡Oh qué combates, qué batallas por ambas partes
presenció el lecho dichoso y la lámpara
ebria de perfumes de Níceros’ (trad. de Enrique Montero Cartelle)

Parece que un poema cuyo tono caracteriza Antonio La Penna como festoso e luminoso mal cumple con lo que se espera de un lamento fúnebre.
Las noticias posteriores pertenecen a poetas tardíos y su fiabilidad no está bien establecida. Ausonio menciona en el prólogo a su Centon nuptialis a Sulpicia y también ella ocupa dos versos en un poema de Sidonio Apolinar (Carm. 9 261-262); en ambos casos aparece lo suficientemente cerca de referencias a Marcial como inducir a la sospecha. Más claro parece el caso de Fulgencio que en una ocasión (Mit. 1.23) se refiere a ella como Sulpicillae Ausonianae en paralelo con Sallustianae… Semproniae, lo que invita a pensar que Fulgencio depende de Ausonio en su conocimiento de Sulpicia. No es imposible que estos tres autores tuvieran conocimiento de nuestra poeta pero lo cierto es que todas las noticias son también explicables solo a partir del par de epigramas de Marcial.

Historia de la historia de Sulpicia.

En autores tan fragmentarios ocurre algo curioso. Más que en los otros casos la historia literaria, la historia de la recepción y la propia historia de la investigación confluyen y es complicado distinguir realmente una de otra.
Sulpicia ha sido durante la mayor parte de la historia de la filología moderna una nota erudita con la que apuntalar la lectura de Juvenal, Marcial, Ausonio, Sidonio y Fulgencio, o bien la persona a la que un autor tardío pudo adscribir una fabella sobre la expulsión de los filósofos por Domiciano; una útil referencia para los márgenes de los libros.
En 1991 Carol U. Merriam, en uno de los scholia que publicaba Classical World llamó la atención sobre la otra Sulpicia. Irónicamente, y como no han dejado de notar persistentemente los autores posteriores, pese a que Merriam se queja del desentendimiento de la crítica hacia Sulpicia, ella misma comete algunos errores. En cualquier caso la importancia de su texto en el estudio de Sulpicia es máxima. En el número siguiente de Classical World, hace ya un cuarto de siglo, y como respuesta directa a la breve nota de Merriam, encontraron cabida una tríada de excelentes artículos sobre Sulpicia a cargo de Judith Hallet, Holt Parker y Amy Richlin. Con ellos Sulpicia dejó de ser una rareza relegada a los aparatos críticos para encontrar su sitio dentro de las corrientes contemporáneas en el estudio de la literatura latina y con mayor o menor incidencia ha merecido la atención de Emily A. Hemelrij, Silvia Mattiacci, Sergio Casali, James L. Butrica o Margot Neget.

Reconquistando a Sulpicia.

Recuperar la persona y la obra de Sulpicia no es tarea ni fácil ni directa, sino el fruto de un largo proceso mediado.
A mediados del siglo XV, cuando preparaba su edición de Juvenal, Giorgio Valla, presumiblemente el primo de Lorenzo Valla, hizo uso de un manuscrito, hoy perdido, que contenía scholia a las ocho primeras sátiras atribuidos a Probo. Lo que podemos saber con certeza de este Probo es que no se trata de M. Valerio Probo, el famoso gramático. Su prestigio, sin embargo, hizo que circulasen muchas obras con su nombre en época tardía y medieval, y precisamente una de ellas son los scholia a Juvenal, cuya primera redacción se suele datar alrededor del siglo IV. Además de transmitir los únicos cuatro versos supervivientes del De bello Germanico de Estacio —no todo podían ser buenas noticias—, este Probus Vallae copia los dos únicos versos conocido que con seguridad pueden atribuirse a Sulpicia, que en la edición de Blänsdorf quedan así:

si me cadurci restitutis fasciis
nudam Caleno concubantem proferat

‘si ya reparadas las tiras de la colcha me
expusiese desnuda acostándome con Caleno’

El par de versos ha sido objeto de una intensa labor crítica e incluso bajo esa forma, que no es necesariamente la mejor, son múltiples las interpretaciones y traducciones posibles. A modo de ejemplo, en la edición presentada, el sujeto de proferat  no aparece explícito. Mientras que más o menos el grueso de la crítica ha visto en estos versos una mínima muestra de la poesía erótico-amorosa de Sulpicia, Amy Richlin en su artículo de 1992 —que sin duda sigue siendo uno de los más sugerentes textos que hasta hoy se han escrito sobre Sulpicia— planteaba la hipótesis de que podrían pertenecer a un texto satírico en el que Caleno fuese ya su exmarido. Richlin, como otros antes, ven en el cadurcum (la colcha) una metáfora del matrimonio, mientras que quienes abogan por un fragmento de poesía erótica defienden una lectura más literal: la cama habría quedado rota de tanto hacer el amor.
El par de trímetros yámbicos es, con todo, la parte fácil en la lucha por recuperar a Sulpicia. Dos artículos póstumos vinieron en 2006 a ampliar el campo de batalla. Su autor, J. L. Butrica, proponía reconducir la autoría de la Sulpiciae conquestio, un poema de setenta versos considerado invariablemente desde comienzos del siglo pasado como un texto pseudoepigráfico de nunca antes del siglo IV, hacia nuestra autora. Además de realizar una nueva edición del texto, Butrica respondía uno por uno a todos los argumentos que en los últimos cien años se habían venido esgrimiendo contra la atribución a Sulpicia. El resultado es extraordinariamente convincente, pero por desgracia hasta donde alcanzo no ha generado la más mínima reacción, ni en un sentido ni en otro. Por ejemplo, en el capítulo dedicado a la Sulpiciae conquestio de un libro aparecido en 2010 el autor ni menciona el artículo de Butrica —en descargo de ese autor diremos que, en general, parece ignorar toda la literatura técnica relacionada—.
En su otro artículo Butrica, con argumentos algo más endebles, atribuía también a Sulpicia un poema situado inmediatamente antes que la Sulpiciae conquestio en la colección que conserva esos dos textos entre otros. De nuevo, parece que nadie se ha molestado hasta ahora en refutar o apoyar su hipótesis; podemos tomarnos por el momento la libertad de pensar que quizá no solo se han conservado un par de versos de esta poeta.
Sin constituir una especulación desbocada bien podemos asumir que dos motivos principales borraron a Sulpicia de la (historia de la) literatura latina: su condición de mujer y el tipo de literatura que practicaba. Quizá esos mismos motivos, como se ha sugerido, proscribieron su obra no sólo de la transmisión sino de la circulación pública y abierta en su propio tiempo. Por ello, es la investigación la que ahora puede corregir esta situación y recuperar poco a poco y sin grandes pretensiones, es cierto, el espacio que Sulpicia supo arrogarse. Los romanos de época imperial perdieron su ocasión de integrar a Sulpicia en la literatura latina; la oportunidad es nuestra.

Diego Corral Varela

“Cuando la justicia te llama, hay que acudir, argumentar y defenderse”

Publica hoy El País en su versión electrónica, a propósito de la denuncia de la Fiscalía General del Estado ante el Tribunal Supremo contra los miembros de la Mesa del Parlament, las palabras de uno de dichos miembros, Joan Josep Nuet, coordinador general de Esquerra Unida i Alternativa, el grupo catalán correspondiente a Izquierda Unida, y diputado de Catalunya Sí que es Pot. Nuet atribuye a la acusación irregularidades en su caso particular y anuncia su decisión de acudir al tribunal a defenderse.

No es este el lugar para analizar esta clase de cuestiones que a todos nos ocupan e inquietan esta temporada. Traigo aquí la noticia porque las palabras textuales del Sr. Nuet que el periodista utiliza como titular (no sé si usadas consciente o inconscientemente por parte del diputado) no son un simple principio del derecho consuetudinario o una máxima útil, sino exactamente las mismas que figuran como deber en la primera norma de la primera tabla de las Leyes de las Doce Tablas:

SI IN IVS VOCAT, ITO (“Cuando la justicia te llama, hay que acudir”)

De la noticia no se extrae con precisión si el diputado presenta la idea como la conveniencia de valerse de un derecho o la obligación de cumplir una ley. Puede que ambas cosas. No sería malo que los ciudadanos pensásemos que detrás de las obligaciones de las leyes se hallan los derechos que nos amparan, para que no viésemos la convivencia solo desde la perspectiva de la reclamación de nuestros derechos, sin prestar atención a nuestros deberes.

Sin entrar a considerar los problemas que se han debatido tradicionalmente en el mundo de los historiadores y de los juristas sobre la antigüedad o el origen de las leyes de las Doce Tablas, recuerdo aquí el valor que los historiadores romanos dieron a esta promulgación como la feliz consecuencia social y cultural del enfrentamiento entre patricios y plebeyos en el seno de la sociedad romana. En el año 462 a. C. el tribuno de la plebe Gayo Terentilio Harsa propuso la creación de una comisión para la redacción de un código legal (Liv. III, 9) que defendiese a los plebeyos ante la aplicación arbitraria de la ley por parte de los magistrados, facilitada por la inexistencia de un código escrito. Esta propuesta tuvo una larga andadura que no podemos detallar aquí. Pero tras la visita a Grecia o la Magna Grecia (455 a. C.) de una comisión para recabar información sobre estos detalles y conocer sobre todo las leyes de Solón, en el 451 se crearon unos decemviri legibus scribendis a los que se otorgaron poderes consulares y a los que se encargó dicha redacción. Redactaron unas leyes en Diez Tablas que otro decenvirato posterior de patricios y plebeyos completaría con la promulgación en 449 a. C. de las Leyes de las Doce Tablas. Los avatares políticos para llegar a ello fueron complejos, según la redacción de Tito Livio, incluida una revuelta popular que acabó con su poder y restableció la república ante lo que se estaba convirtiendo en un poder personal. Así que os aconsejo la lectura del libro III de Ab Vrbe Condita.

Las Leyes, que se expusieron en el foro, primero en madera y después en bronce, desaparecieron físicamente quizá en la invasión gala del año 390 a. C. Ahora las conservamos de forma fragmentaria a partir de las numerosas citas de otros autores. De esta en concreto podéis encontrar su redacción o algunos comentarios en Cicerón (De Legibus 2, 9), en Gelio. (Noctes Atticae 20, 1), o en Pomponio Porfirio (Commentum in Horati Sermones, 1, 9, 76).

Nada más. Ahí queda el texto para que el derecho romano pueda ser hoy, como siempre, inspiración y objeto de debate con total actualidad. El texto completo de la ley es:

SI IN IVS VOCAT, ITO. NI IT, ANTESTAMINO: IGITVR EM CAPITO.

Más o menos: “Si alguien es llamado a juicio, que acuda. Si no va, que se deje testimonio de ello y, en consecuencia, que se le capture”.

Agustín Ramos Guerreira

 

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