La Homero femenina

A menudo, cuando escuchamos hablar de alguna poeta griega, el nombre que suele venir primero a la mente es el de Safo. Pero ¿qué nos hace dejar de preguntarnos si acaso fuera ella la única? En efecto, hubo varias poetas que gozaron, al parecer, de gran fama en la Antigüedad, y no por componer poemas de amor como Safo, tema que muchas veces se relaciona con la mujer. Ya sea por la pérdida de material o por una tradición primordialmente masculina, varias figuras han quedado oscurecidas a los ojos de los lectores modernos. Por esa razón vale la pena recordar a algunas de estas. Hoy se tratará de Ánite de Tegea.

Nacida en Tegea, ciudad de Arcadia, tuvo su floruit a mediados del siglo III a.C. Se dice que dirigía una escuela de poesía en el Peloponeso, a la que posiblemente asistiera el epigramatista Leónidas de Tarento. Su obra conservada está recogida en la Antología griega y comprende un total de 18 epigramas escritos en dialecto dorio. Su renombre se debe a la innovación en la temática de sus piezas, en concreto, por proveer el primer testimonio de epitafios a animales en literatura griega (una rara predilección, ¿no?) y en segundo lugar (y dato más polémico) por ser precursora de la poesía pastoril, varios años antes que Teócrito, quien es reconocido como el fundador del género.

Muestra de su importancia en la Antigüedad son los testimonios de escritores como Antípatro de Tesalónica, que la considera entre las nueve musas terrenales, y Meleagro de Gádara, quien la llama “la Homero femenina”, quizá por el empleo de vocabulario homérico, aunque también se especula sobre la posible pérdida de una obra épica. Estos elogios nos hacen cuestionarnos qué tan conocida pudo llegar a ser, puesto que lo que nos ha llegado hasta hoy, como sucede con la mayoría de los escritores grecolatinos, no es suficientemente definitivo, al menos la opinión de Meleagro, que parece un poco exagerada. ¿Habría escrito Ánite esa obra épica o son en realidad sus epigramas suficiente criterio para tales honores? Lamentablemente, con las evidencias actuales no podemos saberlo y somos incapaces de comprender su verdadero alcance e influencia.

A continuación, dos de sus epigramas; el primero, ejemplo de pasaje bucólico y el segundo, de epitafio a un animal:

ἵζευ τᾶσδ᾽ ὑπὸ καλὰ δάφνας εὐαλέα φύλλα
ὡραίνου τ᾽ ἄρυσαι νάματος ἁδὺ πόμα,
ὄφρα το ἀσθμαίνοντα πόνοις θέρεος φίλα γυῖα
ἀμπαύσηις πνοιᾶι τυπτόμενα Ζεφύρου.

Siéntate al pie del hermoso follaje tupido de este lauro
toma del ameno hontanar un dulce trago,
por dar a tus miembros, jadeantes de agobio del estío,
reposo con el embate de los soplos del zéfiro

(Antología griega, IX, 313)

ὤλεο δή ποτε καὶ σὺ πολύρριζον παρὰ θάμνον,
Λόκρι, φιλοφθόγγων ὠκυτάτη σκυλάκων·
τοῖον ἐλαφρίζοντι τεῶι ἐγκάτθετο κώλωι
ἰὸν ἀμείλικτον ποικιλόδειρος ἔχις.

(Pólux, V, 48)

Sucumbiste también tú junto a una mata pródiga en raíces,
Lócride, la más rauda de las perras bulliciosas;
de tal modo en tu pata ligera inoculó
su implacable veneno una sierpe de cuello abigarrado.

Traducción tomada de Bernabé Pajares, A.; Rodríguez Somolinos, H. (1994). Poetisas griegas. Madrid: Ediciones Clásicas

Jessica Valdés López

 

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