Ayer y hoy. Cultura de la Culpa y Crisis Griega

Cuando María Koutentaki me prestó unas semanas atrás dos libros de Petros Márkaris poco podía imaginar cuánto iban a descubrirme Pan, educación y libertad y Con el agua al cuello, y cuánto iban a hacerme cavilar.

La primera novela me desveló una Grecia rota, unas heridas abiertas que arrancan de la “tiranía” de los Coroneles, transitan por los “héroes” de la Politécnica que los combatieron, y golpean en sus herederos, sus “epígonos”, hasta provocar tres asesinatos cuidadosamente planeados por los hijos de los próceres, próceres que campan a sus anchas en el mundo empresarial, universitario y sindicalista.

La descripción de las manifestaciones enfrentadas no ya de conservadores y progresistas o de neonazis e inmigrantes, de jubilados y jóvenes desempleados, radicales, intolerantes, permite al lector ahondar en una brecha generacional que roza el abismo. Roza, porque Márkaris no descuida dejar abierta una espita a la esperanza.

¿Cómo no recordar, entonces, otra célebre obra de la literatura griega moderna, Se busca esperanza de Antonis Samarakis? ¿Cómo no traer a la memoria la caja de Pandora donde queda encerrada la Espera?

Si Pan, educación y libertad, triple enseña de la revolución estudiantil contra los coroneles, suscita la comparación con los logros y carencias de nuestra transición política, Con el agua al cuello pone sobre la mesa los entresijos de una crisis económica compartida.

Pocos como Márkaris capaces de servirse de una cadena de homicidios para mostrar las grietas económicas griegas, desde los excesos de los bancos a las operaciones fraudulentas de las grandes fortunas y fundaciones, los intereses de las agencias que marcan el derrotero o, mejor dicho, la derrota de los países, sin olvidar el desencanto traducido en odio y venganza de los atletas fracasados. ¡Genial la comparación entre el dopaje en el mundo deportivo y bancario!

Pero hay una frase que me golpeó de lleno y casi me obligó a dar cuenta por escrito de estas reflexiones: “Los pecados de los hijos los heredan los hijos, así es la vida” (p. 250). La espeta el director de una empresa perseguidora de morosos a una pobre mujer que acude para interceder por su hija, acosada por las deudas del marido. Pobre abuela que pide que por lo menos dejen en paz a su nieto, pues un día le esperaron a la salida del instituto y le dijeron “Dile a tu padre: ‘Papá, no me dejes huérfano, te lo suplico’” (p. 249).

“Los pecados de los hijos los heredan los hijos, así es la vida”. En plena crisis del siglo XXI –me dije– sigue viva la Cultura de la Culpa que caracterizó a la época arcaica griega, que caminaba con su propia crisis a cuestas.

Es más, me reafirmé con Hasta aquí hemos llegado, apólogo de la trilogía de la crisis de Mákaris (Con el agua al cuello; Liquidación final; Pan, educación, libertad), pues aunque el desenlace es muy otro, en las pesquisas no se descarta que “alguien esté matando a los hijos para vengar la muerte de sus padres” (p.183). Las culpas recaen sobre ellos.

¿Cómo no recordar los versos de Solón “Uno paga al punto, otro después; y otros acaso escapen / ellos mismos, y no les alcance el destino de los dioses en su ataque,/ llega de todos modos de nuevo: sin culpa expían sus obras / ya sus hijos, ya su descendencia en el porvenir” (Elegía a las Musas 29-32)?

¿Cómo no clamar a Zeus con Teognis: “Que ya después / no resulten las temeridades del padre una desgracia para los hijos; / y que los hijos de padre inicuo que con sensatez / obran la justicia, oh Cronida,… / no tengan que pagar la arrogancia paterna./ ¡Séales esto grato a los felices dioses!” (735-41)?

Mas ¿cómo olvidar que de ese pesimismo arcaico brotó en Grecia una nueva planta, la brillante e inigualable época clásica?

Si ellos lo consiguieron, ¿por qué no hemos de lograrlo nosotros? A la griega no olvidemos nunca a Pandora. A la cristiana no echemos en el saco del olvido las palabras de Jesús, cuando sus discípulos en el episodio del ciego de nacimiento se hacen eco de esa misma creencia en la Cultura de la Culpa: “Ni éste ni sus padres pecaron, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Juan 9, 3). Torcidos son sus renglones.

Entre tanto, tributemos el mejor homenaje a los grandes autores griegos, que hoy como hace más de dos mil años, retratan su mundo y nos invitan a pensar: leerlos.

Y demos las gracias nosotros a quien nos ha presentado al último de ellos, Petros Márkaris: Eυχαριστώ πολύ, Μαρία.

Henar Velasco López

 

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