Sí, Caraca sobrevive a pesar de todo

Elena Villarroel nos llamó ayer la atención sobre una noticia aparecida la semana pasada en varios medios de comunicación: parece que los restos encontrados en Driebes, una población de unos 350 habitantes en la provincia de Guadalajara, corresponderían a la ciudad de Caraca mencionada por las fuentes antiguas. Así lo creen Javier Fernández, arqueólogo y codirector de la excavación junto a Emilio Gamo Pazos, tras una prospección con georradar.

Sin embargo, aunque la noticia es sin duda positiva, el relato que leemos en El País, “¡Otra columna romana, aquí no hay quien cultive!”, sobre el tratamiento que durante mucho tiempo se ha aplicado a los restos que aparecían no puede ser más triste y habla de la tenebrosa situación en que la educación más elemental ha vivido en España en épocas no muy lejanas.

Aunque, como ayer decía Elena, ya en 1945 se descubrió el llamado ‘tesoro de Driebes’,  actualmente expuesto en el Museo Arqueológico Nacional -es decir, aunque ya había pruebas de la existencia de una zona con un valor arqueológico notable-, sin embargo no sólo ha sido despreciado sino destrozado, y si no, saqueado por los furtivos. Uno de los vecinos (de 63 años, no precisamente un anciano) declara que los niños jugaban hasta no hace mucho a tirarle piedras a ánforas romanas de dos mil años de antigüedad: “También jugábamos a romper jarrones, vasijas, tejas y piedras. No teníamos ni idea de que estábamos destrozando piezas de un valor incalculable. Éramos solo críos”. No resulta tampoco muy consolador lo que dice el hijo de uno de los propietarios de la tierra: “Se ponían a labrar y sacaban columnas, sillares, piedras talladas y las tiraban a tomar por saco. Y se agarraban un cabreo de la hostia. Claro, no sabían lo que era todo aquello. Lo único que les importaba era que no podían cultivar. Qué van a saber, si son labriegos de toda la vida. No tenían ni puta idea”. Eso sí, ahora el alcalde ya está pensando en los turistas: “Allí podría ir el parking y allá el acceso al yacimiento a través de una pasarela”.

En fin, para evitar estas cosas es para lo que vale una enseñanza pública de calidad. Los críos y los labriegos de toda la vida también deben recibir una educación que les proporcione  criterios para apreciar y distinguir los bienes culturales.

Susana González Marín

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