Gregorio Hinojo: Non omnis moriar.

Gregorio Hinojo Andrés nació en 1943 en Fuentes Calientes, Teruel, y disfrutaba de la pronunciación italianizante del Magnificat que hacía a la Virgen maña. A Salamanca llegó con 23 años desde Valencia, donde había cursado comunes, para estudiar la especialidad de Filología Clásica, carrera que culminaría en 1976 con la defensa de su tesis doctoral Los términos princeps, imperator y dux a final de la República y principios del Imperio Romanos bajo la dirección de Carmen Codoñer Merino. Desde 1969 hasta 2013 ejerció la docencia en la Universidad de Salamanca, los últimos veinticuatro años como catedrático de Filología Latina, condición que prolongó como Catedrático emérito hasta que la envidiosa muerte, en la expresión que él dedicó a un querido colega, nos lo arrebató el día 16 de este mes.

Difícilmente la figura total de Gregorio Hinojo puede ser en estos días glosada de manera suficiente y, desde luego, no es una tarea para la que me sienta autorizado. En cambio, sí tengo el convencimiento de que todos los que en mayor o menor medida lo conocimos tenemos la obligación de releer el precioso perfil que Perfecto Andrés Ibáñez escribió para el libro que en edición de José Carlos Fernández Corte e Isabel Moreno Ferrero compiló algunos de los artículos de Gregorio y que recibió el acertadísimo título de Curiosus verborum perscrutator (2014). A cada cual quedará, sin embargo, elegir el mejor momento para ello pues, por ejemplo, el bellísimo párrafo final de Perfecto Andrés, más bello ahora si cabe, resulta particularmente doloroso.

Con todo, parece adecuado que quien dedicó cuarenta y cinco años a la docencia sea ahora recordado por uno de sus alumnos de los últimos años y agradezco a la profesora Susana González Marín y a este blog el que me brinden esa oportunidad. En más de una ocasión Gregorio se preció de poseer un particular “baúl de los recuerdos”, una maleta en la que almacenaba las fichas que sus alumnos le fuimos entregando durante estas cuatro décadas y media.

No sólo en su trabajo como profesor, sino también en su obra investigadora plasmó su profundo cariño por la Universidad que lo acogió. Dedicó un artículo al medallón del edificio histórico (“Οἱ βασιλεῖς τῇ Ἐγκυκλοπαιδίᾳ αὕτη τοῖς βασιλεῦσι”, 2007) y otro al Brocense (“El comentario de El Brocense a los autores grecolatinos”, 2003). Más allá de ello, Hinojo siempre estuvo bien dispuesto a declarar su enorme admiración por Francisco Sánchez de las Brozas hasta tal punto de convertir en divisa personal un extracto del primer capítulo de la Minerva:

Non igitur dubium est, quin rerum omnium, etiam vocum, reddenda sis ratio: quam si ignoraverimus rogati, fateamur potius nos nescire, quam nullam esse constanter affirmare.

Sin embargo, las dos figuras del Estudio Salmantino que centraron su actividad fueron Antonio de Nebrija y Fray Luis de León. Del primero trabajó con particular interés su obra historiográfica en una monografía (La obra histórica de Nebrija: estudio filológico, 1991) y múltiples artículos (“Acotaciones a la labor historiográfica de Nebrija”, 1993; “Nebrija y la historiografía renacentista: la fortuna”, 1994). Uno de sus artículos sobre el Nebrisense (“Nebrija y Salamanca: historia de un desencuentro”, 1999) resulta especialmente revelador para comprender no sólo la ruptura del ilustre humanista con Salamanca, sino la firme relación de Hinojo con su alma mater. A la pasión inicial que ambos compartían por el latín pronto se les sumó un parentesco más. La cátedra de Filología Latina que Hinojo ganó en 1989 lo autorizó, en recuerdo de los antiguos títulos de la Universidad de Salamanca, a presentarse como Maestro de gramática —no es necesario especificar cuál— sin que nadie haya conocido ganas o argumentos para cuestionárselo. Esto a veces provocaba escenas divertidas, como la que él mismo contaba en la que a raíz de una entrevista en la prensa le adjudicaron el puesto de maestro de primaria. El artículo finaliza con los esfuerzos, en los que él participó, de la moderna Universidad de Salamanca por hacer justicia y restaurar el recuerdo de Nebrija, su ilustre predecesor en el cargo.

Y si la gramática hermanó a Hinojo con Nebrija, el Venusino hizo lo propio con Luis de León, cuyo horacianismo estudió profundamente Gregorio (La poética horaciana en Fray Luis de León, 2006; “Presencia de Horacio en Fray Luis de León”, 1994; “La recusatio horaciana de Luis de León”, 1996; “Horacio en España: Fray Luis de León”, 2009).

La Universidad supo restituirle parcialmente tanta devoción y le confió la lección inaugural del curso 2012–2013, que él tituló La invención de las palabras, durante la que se mostró tal y como era: agudo, interesante y divertido. Por suerte, no es necesario confiar en mi criterio y es posible ver el acto aquí .

Las palabras. En la relación de Gregorio Hinojo con las palabras se mezcla un contagioso entusiasmo con algo que sólo se me ocurre llamar camaradería. Le encantaba presentar las palabras como si de viejos amigos se tratasen, desgranando anécdotas de juventud, lances dudosos o ascensos y caídas. Esto le llevó a crear e impartir una asignatura de enorme popularidad en la Facultad, Historia de las palabras, de vocación claramente hedonista. Cada clase era una auténtica celebración de la perplejidad y la felicidad que el contacto con las palabras puede propiciar. Quiero pensar que Gregorio tomaría con el buen humor que lo caracterizaba la ironía de que precisamente en este punto no encuentre los términos adecuados para transmitir el ambiente de esas clases. El rigor del docente era el único auténtico principio rector en aquel gabinete de curiosidades; recuerdo verlo disfrutar proponiéndonos cognados inverosímiles, preguntando por el porqué del nombre del bizcocho, las magdalenas o el abadejo, urgiéndonos a crear neologismos o, uno de sus temas predilectos, discerniendo las designaciones de la muerte voluntaria (“Suicidium. Barbarismo y perversión”, 1998; “Las designaciones de la muerte voluntaria en Roma”, 1998). Sí voy a permitirme recoger algo que me impactó profundamente. Hinojo sentía una sincera y generosa amistad por todas las palabras, sin atisbo de límites, y no sólo hacia las que su competencia profesional en principio lo inclinaba. Como él mismo dice en la lección inaugural, esa simpatía expansiva lo aboca a un humanismo radical, sin concesiones. Pese a lo que de convencional hay en ello, estoy íntimamente convencido de que Gregorio encarnó el ideal con el que W. Jaeger abría su Paideia:

Φιλόλογος ὁ φιλῶν λόγους καὶ σπουδάζων περὶ παιδείαν.

A la manera del acertijo de la esfinge tebana, Gregorio se enorgullecía de haber enseñado Catulo de joven, Virgilio en la edad mediana y Horacio con la madurez, lo que atestigua, más que sus profundos conocimientos de poesía latina, su intrínseco horacianismo. Con Catulo escribió de amor (“Ambivalencia y antagonismo del sentimiento amoroso en la poesía de Catulo”, 1998; “La retórica de la seducción amorosa: Catulo”, 2003), refinó nuestro conocimiento de los estilos de Virgilio (“Del estilo de las Bucólicas y las Geórgicas”, 1982; “Los adjetivos de color en las Bucólicas y en las Geórgicas”, 1984) e indagó en los modos del decir desdiciendo de Horacio (“Recusationes…?”, 1985). Yo sólo lo conocí en la última fase, la de Horacio, y a nadie puede sorprender que atesore aquellas clases como algunas de las que más he disfrutado en mi vida de estudiante. Su semestre de Horacio comenzaba con algunas citas de Byron y Goethe en las mostraban que Horacio era demasiado cerebral, demasiado perfecto. Si alguno de sus alumnos, acaso distraído por el peso de los autores románticos, caía en la trampa y concordaba con ellos, Hinojo iniciaba una bella refutación y aplazaba el fin del debate al final del curso. A veces, después de haber traducido en clase una oda, aparecía con un mosaico de traducciones apretadas en las dos caras de un folio y tras preguntarnos cuál preferíamos discutíamos sobre los aciertos y torpezas de cada una. Otras veces, cuando anunciaba la próxima oda que íbamos a ver en clase, se ponía serio y nos advertía que esa no la tradujésemos como las otras, que con esa había que hacerlo bien y, a poder ser, en verso. Alguna vez lo hice y creo me hubiera gustado que le gustara alguna traducción mía. Ello no ocurrió nunca, pero amablemente me agradeció el esfuerzo.

Gregorio Hinojo fue un hombre de «muchas y plurales amistades», como su amigo Paco Novelty recordó hace unos días aquí. La misma pluralidad puede hallarse en su quehacer académico. Si destacó en el estudio del lenguaje latino del amor, no quedó atrás en la investigación del léxico político (“El término auctor en Cicerón”, 1978; “El léxico político de Aurelio Víctor”, 2005), o en los puntos en los que ambos se encontraron (“Léxico erótico y léxico político en latín”, 1999). Escribió también sobre historiografía (“La historia como género literario: opus… unum hoc oratorium maxime”, 1985; “Salustio y la teoría de Cicerón sobre la historia”, 1999), lo cual permitió que nos iluminara algunos de los pasajes más bellos de toda la prosa clásica (“La «muerte voluntaria» de Petronio (Tac. Ann. XVI, 18–19)”, 2004; “Tácito y el Barroco Fúnebre”, 2006). Del mismo modo supo compaginar su trabajo sobre el sofisticado latín renacentista (“Los Adagia de Erasmo en la Universidad de Salamanca”, 1988; “La norma lingüística en el latín renacentista”, 1994) con  las formas del “latín vulgar” (“Versipelis: ¿A/N o V/O?”, 1999; “Estatuto lingüístico del Testamentum Porcelli”, 2003), como también mostró su docencia de los últimos años en las clases de Humanismo grecolatino y Latín vulgar, asignatura esta en la que por primera vez coincidí con él. Precisamente en alusión al simpático Marco Grunnio Corocotta le regalé una de las típicas figuras de Corocotta, a quien se atribuye el caudillaje de los cántabros durante las guerras contra Augusto y que custodió celosamente la mesa del despacho de Hinojo. Sería desvirtuar la pulcritud filológica de Hinojo olvidar mencionar aquí el cuidado mimo que vertebró toda su carrera ocupándose del orden de palabras tanto en latín como durante los primeros pasos del castellano, mimo este que hallamos en múltiples artículos (“Del orden de palabras en el Satiricón de Petronio”, 1985“Del orden de palabras en latín tardío y castellano medieval”, 1988; “El orden de palabras en latín medieval”, 2002; “El orden de palabras en el latín de la Biblia”, 2014).

No he pretendido hacer una relación de sus publicaciones, que bien puede encontrarse en otros sitios. Ni siquiera de sus páginas más agudas o mejor hilvanadas. No. Es una invitación al reencuentro en sus palabras. Pronto la primavera castellana se instalará definitivamente en Salamanca y la escalinata de Anaya, sus jardines y bancos, quedarán colmados «mitad por ninfas, mitad por expresidiarios», como nos dijo un día Hinojo al terminar una clase por esta época. Al ver en esa vitalidad la vitalidad que nos falta quizá un súbito dolor nos sorprenda, acaso atragantados todavía los versos de la oda 1, 24 de Horacio. Será entonces el momento adecuado para solazarnos en las palabras de Gregorio y descubrirnos reunidos una vez más con nuestro querido Maestro de Gramática.

Diego Corral Varela

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