Nicola Gardini y el latín

Nicola Gardini (1965) enseña Literatura Italiana y comparada en la Universidad de Oxford. Es autor de la gramática Alpha Test Latino. Con la novela Le parole perdute di Amelia Lynd ganó el premio Viareggio-Rèpaci 2012. Su última recopilación de poesía es Tradurre è un bacio. Ha editado a escritores clásicos y modernos, entre ellos Catulo, Marco Aurelio, Ted Hughes, Emily Dickinson.

En fechas recientes hemos recogido el eco de su libro Viva il latino, storie e bellezza di una lingua inutile (puedes leerlo aquí), aún no traducido en España. Hoy os ofrecemos el comienzo:

¿Cómo nace el amor a una lengua? ¿Al latín, digamos?

Yo me apasioné por el latín desde niño. No sé exactamente por qué. Si intento entenderlo, termino por encontrar en el mejor de los casos algún recuerdo que no coincide necesariamente con una causa. Difícil explicar un instinto, una vocación. A lo sumo, se puede contar una historia.

El latín me ayudó a salir de la familia, a encontrar el camino de la poesía y de la escritura literaria, a avanzar en los estudios, a enamorarme de la traducción, a dar a mis variados intereses una dirección común y, por último, también a ganarme la vida. He enseñado latín en la New School de New York, en el instituto Verri de Lodi y en el instituto Manzoni, y aún hoy, en Oxford, donde enseño literatura del Renacimiento, lo practico diariamente, porque no es imaginable el Renacimiento sin latín. De joven encontré en él un amuleto y un escudo mágico, un poco como Julien Sorel, el protagonista de Rojo y negro. En las casas de los amigos ricos en realidad no desentonaba porque se sabía que era bueno en latín. Cuando recién graduado en letras clásicas comencé el doctorado en literatura comparada en la New York University, lo que más apreciaron de mí los profesores fue el conocimiento del latín. Solo entonces, en aquel mundo americano, donde presentarse uno mismo tenía más valor que decir el nombre de los propios padres, entendí de verdad qué afortunado era. Gracias al latín no he estado solo. Mi vida se ha prolongado siglos y ha abrazado más continentes. Si he hecho algo bueno por los demás, lo he hecho gracias al latín. Lo bueno que me he dado a mí mismo, sin duda lo he sacado del latín.

El estudio del latín me acostumbró enseguida a imaginar también mi lengua a través de sílabas y sonidos discretos. Me enseño la importancia de la música verbal; en consecuencia, el alma misma de la poesía. Las palabras que había usado siempre comenzaron en cierto momento a descomponérseme en la cabeza y a arremolinarse, como pétalos en el aire. Gracias al latín una palabra italiana valía por lo menos el doble. Bajo el jardín de la lengua cotidiana estaba la alfombra de las raíces antiguas. Descubrir –recuerdo bien aquella mañana de octubre de cuarto de secundaria– que “giorno” e “dì”  están emparentadas, aunque a primera vista no lo parezca; que la primera viene de diurnus, que es el adjetivo de dies (la palabra latina para ‘día’) y que la segunda viene de ese dies, y que “diurno” por tanto es etimológicamente lo mismo que “giorno”, equivalió al descubrimiento de una puerta secreta, fue como pasar a través de las paredes… Y, llegado desde otro lado, veía que también “oggi” (‘hoy’) tiene que ver con “giorno” y “diurno”, o sea, con dies: de hecho viene de hodie, que está formado por “ho–” (del demostrativo hic, “este”) y “–die” (literalmente “en este día”). E igualmente “meriggio” (de meridies) y “quotidiano” (de quotidie). Y así, quizá, el nombre del mismo padre de los dioses, Iuppiter, o sea, Diespiter, atestiguado por ejemplo en Horacio, Odas I, 34, 5: el padre del día –donde entre otras cosas, Dies parecería el equivalente del griego “Zeus”. Aquella pequeña raíz “di–”, una vez reconocida, permitía recordar lo cotidiano (precisamente) y la mitología, el presente y la antigüedad mas arcaica y sagrada. (No, desgraciadamente el inglés “day” no está emparentado. He ahí un instructivo caso de semejanza engañosa. Por cierto, en inglés “Fred” no significa “freddo” (‘frío’) y “cold” no significa “caldo” (‘caliente’)). Esta multiplicación de los sentidos, si de un lado requería precisión y profundidad histórica y fe en el significado más guardado, en el poder de la etimología, del otro me acostumbraba al matiz malicioso, al esplendor figurativo, y por tanto, también a la ambigüedad, a la evanescencia, al halo, a decir dos o incluso tres cosas a la vez. Ahí está el ideal al que estaba entonces confusamente dando forma entre los bancos del instituto: escribir en una lengua totalmente transparente, pero “abisal”.

El latín, cuando era niño, me atraía porque era antiguo y la antigüedad me gustaba de siempre; o para ser más preciso, me daban un placer absolutamente especial, una verdadera y auténtica aceleración del latido cardiaco, ciertas imágenes de la antigüedad, como las pirámides, las columnas de los templos griegos o las momias del museo egipcio de Turín, donde había estado en una excursión escolar. Recuerdo también que mi libro escolar de tercero de primaria hablaba de domus, la casa patricia, y de insulae, las casas de la gente de la calle. Yo y mi familia, descubrí, habitábamos en una insula.

La traducción del texto es de Agustín Ramos.

 

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