Democracia y tiranía

En las Suplicantes, Eurípides nos plantea una disputa (el célebre agón entre Teseo, el rey de Atenas, y el heraldo de Tebas) sobre los dos regímenes políticos opuestos: el “tiránico”, personificado en esta obra en Creonte, el rey de Tebas, y el democrático y libre del que hace gala (“avant la lettre”) el propio Teseo.

En el segundo episodio entra bruscamente en escena un heraldo tebano que acude a Atenas para transmitir un mensaje de parte de su rey Creonte al “tirano de esta tierra”, expresión que suscita la inmediata reacción del ofendido Teseo.

En su discurso en defensa de la democracia Teseo empieza definiéndola como el ejercicio de la soberanía popular, la alternancia en el poder y la igualdad de derechos entre clases sociales.

La réplica se la da el heraldo tebano, quien critica la debilidad del sistema democrático por la falta de solidez en la toma de decisiones al moverse la plebe seducida por una élite que la maneja a su propio antojo y provecho, engañándola con su dominio de la palabra y atrayéndola falsamente con halagos. En el modelo de democracia que describe el heraldo, pues, el que domina la oratoria y sabe llegar a la gente a través de los medios de comunicación suele controlar a la mayoría y por tanto es capaz de inducir al pueblo a tomar decisiones imprudentes por el bien propio: de dinero o gloria personal.

En este punto podríamos resaltar el papel del demagogo, que pretende atraer la opinión del pueblo mediante halagos y promesas imposibles en beneficio propio y de su pequeño círculo.

También se cita en este discurso del heraldo a la clase trabajadora, representada en la figura del labrador, quien, centrado en su supervivencia material, no se preocupa de asuntos de Estado pues “es incapaz de poner sus ojos en el bien común”. Así pues, mediante el populismo de los demagogos, los que acaban decidiendo son siempre las clases dominantes: esa élite que, hábil en su oratoria, dirige al pueblo en la dirección que le interesa.

Desde esta perspectiva la democracia no es más que una oligarquía camuflada y engañosa, pero una oligarquía de nuevo cuño, de una nueva élite que pretende obtener el poder buscando apoyos en el pueblo a quien seduce con sus habilidades.

Con esto, Eurípides trata de mostrarnos los defectos y los límites de la democracia tal como él la ve, así como también lo hizo Tucídides en el libro segundo de sus Historias, en el conocidísimo discurso fúnebre de Pericles. Ahora bien, ¿acaso hemos superado estos problemas que nos planteaba ya entonces Eurípides?

En el mundo actual, al menos en Occidente, se considera que la democracia es la única forma de gobierno admisible, aunque cabe notar cambios importantes en el concepto: hoy hablamos de democracia representativa, puesto que elegimos a los representantes en el Parlamento que son quienes toman las decisiones concretas y aprueban las leyes que nos rigen a todos; pero no votamos nosotros directamente las leyes, como hacían en Atenas, donde la participación era directa y no delegada, ya que todos los ciudadanos podían participar en la asamblea popular (ekklēsía) y aceptar o rechazar las propuestas de su parlamento (boulé).

Aunque nuestra democracia representativa provenga de la Revolución Francesa del 1789 y no se base exactamente en lo mismo que en la Antigüedad (donde el pueblo vota para elegir sus representantes y no para tomar la decisión última sobre los distintos asuntos que afecten al Estado), los problemas que se plantean en las Suplicantes siguen siendo de actualidad y, quizás, con más fuerza. Hoy en día se utilizan los medios de comunicación (sobre todo la televisión e internet) para llegar mejor al pueblo (la palanca desde la que alcanzar el poder una nueva élite) y difundir así mejor las políticas demagógicas y populistas. Así es fácil identificar a los actuales demagogos, que, incitando a la revuelta o la rebeldía y resaltando los problemas que se sufren en crisis socioeconómicas y ofreciendo aparentes soluciones, buscan encaramarse al poder con el voto del pueblo.

Así pues, ante el avance de los llamados movimientos populistas, los problemas de la democracia, planteados por Eurípides en este agón, cobran especial fuerza en la actualidad, puesto que amenazan la estabilidad de las sociedades democráticas actuales, y por consiguiente suponen un reto para las presentes y futuras generaciones.

Carmen Pérez Calabuig

 

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