Entrevista a Guillem González Morell, profesor de Latín y Griego en las Islas Baleares

Desde hace unos veinte años Guillem González Morell ejerce de profesor de Latín y Griego en las Islas Baleares con una vocación docente encomiable. Afortunadamente, yo pude pasar por sus manos y sus enseñanzas hicieron que decidiera cursar este Grado. Por tanto, decidí hacerle una entrevista, como homenaje, para dar a conocer a los demás cuánto y cómo ha marcado su vida haber estudiado Filología Cásica y haberse dedicado a la enseñanza de estas materias en Secundaria. Para lo cual le realicé las siguientes preguntas:

¿Qué le llevó a estudiar Filología Clásica?

Tras unas dudas iniciales entre Historia y Filología Clásica cuenta que finalmente se decantó por ésta última debido a la influencia que ejerció sobre él su profesor de Latín y Griego en 3º de BUP, cuyo modus operandi consiguió que descubriera ambas lenguas en profundidad y, sobre todo, que se fascinara por el griego, especialmente «por sus estructuras, sus cambios fonéticos, sus giros…». Confiesa asimismo que no le importaba dedicarse con ahínco a ambas materias, puesto que sentía una honda satisfacción siempre que se ponía a ello. Aun así, debe admitir, por otra parte, que a esa especie de experiencia idílica con dicho profesor se contrapuso con fuerza y mal sabor de boca para él la entrada en la Universidad. Allí [El comité de redacción del blog ha decidido omitir la imformación del lugar concreto, porque aunque está claro que el entrevistado se refiere a una época lejana, los profesores que actualmente trabajan en el centro pueden verse injustamente perjudicados] pasó tres años horribles que casi le empujaron al abandono de la carrera: la gran cantidad de asignaturas comunes con Hispánicas e Inglesas que carecían de interés alguno para él, el profesorado desganado que, según su impresión, trataba con desprecio al alumnado y una clase de mal rollo interno entre los departamentos –causado por no muy limpios tejemanejes- que los docentes trasmitían a los estudiantes, provocaron que, durante estos años, no disfrutara del grado, sino que le empezara a asquear su ambiente. Reconoce que siguió casi por pura inercia, por temor de no tener nada que hacer ni en que trabajar si lo hubiera dejado. Fue, por así decirlo, una solución resignada para una situación que comenzaba a resultarle insoportable.

¿Qué sentido le encontró a la carrera?

Al borde de desistir por no poder soportar ya más las circunstancias, tomó la decisión de cambiar de aires y mudarse a Madrid, para estudiar en la Complutense. Él necesitaba «palpar el conocimiento, tocar saber», cosa que, tras tres años, no había encontrado prácticamente por ninguna parte en el lugar anterior, y por ello, le pareció que o se iba a Madrid a comprobar si allá eran diferentes las cosas o se quedaba allí consumiéndose mientras acababa la carrera a disgusto. Por suerte, decidió probar fortuna en Madrid y la Complutense representó un cambio radical para él, un giro de 180º en su visión anterior sobre el grado. Allí, por primera vez, creyó hallar un verdadero sentido a los estudios clásicos: la profesionalidad de los docentes de la Complutense, a quienes a diario podía ver en la biblioteca preparando con afán las lecciones, lo entusiasmó en comparación con la desidia de los anteriores, en quienes, en general, no se percibía ninguna voluntad de superación o siquiera de enseñanza. Quedó deslumbrado por lo que él mismo llama «la escuela de Lasso» y el propio Lasso de la Vega. Gracias a ella aprendió a «desmenuzar el texto» y advirtió qué importante podía llegar a ser el papel del filólogo para la comprensión íntegra de éste. Entre chascarrillos, comentaba a sus nuevos compañeros que en aquel momento «había empezado a conocer filólogos»…

– ¿Se ha sentido realizado tras ella?

Antes que nada, considera que, si alguna realización o logro ha alcanzado tras ella, se lo debe, sin duda, a la labor primordial de sus excelentes profesores de BUP, cuyo empeño por despertar un juicio crítico, por formar un pensamiento propio y rico en sus alumnos arraigó también en él y determinó que los tomara como modelos a seguir durante el resto de su vida. No obstante, reconoce que sólo se ha podido sentir realizado, tras acabar la carrera, en el aspecto enseñante, pues el haber salido del ámbito universitario lo ha apartado siempre de cualquier tipo de investigación. Además, una absurda competitividad feroz que siempre presenció en Clásicas tiró para atrás cualquier tentativa suya de emprender un estudio científico. Por el contrario, siempre ha adorado impartir clases, «hacer despertar la chispa de la curiosidad por el saber en el alumno», «pensar que abre caminos al estudiante». Le apasiona ver cómo los alumnos, a medida que van introduciéndose en el estudio de las lenguas clásicas, parecen, de repente, apercibirse de lo que siempre había estado frente a ellos pero en lo que nunca habían reparado: el lenguaje, su mecanismo interno; por primera vez se les ve desarrollar un pensamiento metalingüístico que, para él, no sólo los enriquece como estudiantes sino incluso también como personas.

– ¿Qué pueden aportar las humanidades al alumno hoy en día?

A nivel estudiantil, piensa que sólo a través de ellas en nuestros días se puede adquirir una buena base de «gramática», entendiendo por gramática «no el aprendizaje de las conjunciones y las declinaciones, sino la obtención y el dominio de los instrumentos necesarios para la construcción correcta de un discurso». Ello logra no que el alumno sea capaz, al estudiar, de memorizar y reproducir de una forma psitacista, sino que un día disponga de una capacidad creadora. Sin embargo, para él es fundamental imitar antes de crear, pues si se da rienda suelta a la capacidad creativa sin haber procurado previamente una buena formación artística -en este caso, lingüística-, los resultados pueden ser catastróficos. A si el estudio de las humanidades puede repercutir en una mejora moral o ética, responde que éstas tan sólo suministran las herramientas para la «disección» de un texto –que de por sí ya es una cosa saludable-, pero que ya es una elección personal no quedarse en este plano -llamémoslo «estéril»- y avanzar hacia la aplicación en la praxis de estas habilidades, como, por ejemplo, para el análisis de un discurso político pudiendo discernir qué es aquello que nos están comunicando realmente tras una engañosa floritura de palabras. En consecuencia, afirma que el hábito a la reflexión que se nos inculca a través de los textos redunda en una posibilidad de «interpretar las circunstancias», con adecuación y sutileza, a la hora de resolver los problemas que se nos presentan a diario, lo que no exime, con todo, de que uno pueda equivocarse y emprender el mal camino; solamente quiere decirse que confiere una mayor finura en la comprensión de situaciones difíciles. Aun así, advierte, por último, de que un olvido de la base moral en el estudio de la Filología Clásica –es decir, un «olvido de la dignidad humana», una implantación consecuente de la ley del más fuerte y la asechanza por el poder- haría que, sin remedio, ésta a sí misma se desvirtuara y anonadara.

– ¿Qué cree que ha aportado a los alumnos con su trabajo?

En primer lugar y desviándose un poco del tema, achaca la postergación de las letras en la sociedad actual al miedo, disfrazado de indiferencia, que les causa a las élites políticas imaginar que en las escuelas podría desarrollarse entre el alumnado una actitud reflexiva y crítica gracias a la comprensión cabal de cualquier discurso. Para él, es fundamental que el profesor oriente al alumno y le sirva de ejemplo con su modo de hacer, como, en su caso, hicieron los suyos. Considera que su trabajo le proporcionó un propósito vital: intentar que, todo estudiante que pasara por sus manos, no se fuera sin haberse parado a pensar al menos un instante. Pese a ello, reconoce que esta labor es lenta y quizás invisible a corto plazo, puesto que, a su juicio, las consecuencias de decirle a quien sea «párate a pensar» no se visualizan tan rápido como quisiera una sociedad cuyo modo de producción se caracteriza por la premura y la eficiencia instantánea. Aun así, siempre se ha opuesto a la idea de que las escuelas no fueran un lugar donde se inculcara el saber, sino unas «fábricas de producción de profesionales cualificados»… y no de personas con sentido cívico.

José Alberto Díaz Valero

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