El calendario de César

Hace pocos días Google conmemoraba el cuadringentésimo trigésimo cuarto aniversario del Calendario gregoriano con un doodle. La ocasión nos ha animado a recordar otro calendario, el de César, del que el Gregoriano es una mínima modificación.

El calendario romano tenía tres características que no tienen los nuestros: es un calendario que no cuenta hacia adelante, sino hacia atrás; es un calendario que se expresa en ordinales, no en cardinales, y por ello los extremos del cómputo están ambos incluidos en el número (si hoy es el día de referencia, el “tercero antes de hoy” es anteayer: hoy el primero, ayer el segundo, y anteayer el tercero, no “dos días antes” como usamos nosotros); y dispone de tres fechas fijas, los Idus, las Nonas y las Calendas.

Explicaremos brevemente estas características, empezando por el nombre de los días, que llamaremos “fechas”  (La palabra “fecha” viene de facta, que significa “las cosas hechas” en ese día). El nombre Idus procede de una raíz  etrusca que significa algo así como “dividir”, pues forma la divisoria del mes. Puesto que había meses de 31 días, los Idus caían hacia la mitad del mes, nuestro día decimoquinto. Las Nonas son el noveno día antes de los Idus, contando como se ha explicado arriba. Nonae toma como referencia Idus y supone nueve días con respecto a los Idus,  pero contados hacia atrás y contados inclusivamente. Así que las Nonas serían el 7 del mes, puesto que si el 15 es el día de los Idus, el 14 el anterior, pridie, y el 13 es el tercero, ante diem tertium Idus Martias, el 12 el cuarto, y así sucesivamente hasta el noveno, que sería el día 7. Con las Kalendas no hay ningún problema, siempre se trata del día uno de cada mes.

Los años romanos eran irregulares, pues podían durar desde 355 días los más breves hasta incluso más de 400 días en años excepcionales. Los 355 del calendario republicano, anterior a la reforma de César, se distribuían así: 4 meses más largos, de 31 días, Marzo, Mayo, Junio y Octubre; Febrero, el más breve,  de 28 y los siete restantes, de 29 días. Si hacemos los cálculos resultan 355, unos diez días menos que el calendario astronómico, el tiempo que tarda la tierra en encontrarse exactamente en la misma posición del cielo tomando al Sol como referencia (el Sol alrededor de la tierra, en la percepción antigua). Como las diferencias entre el tiempo astronómico y el político se hacían sentir, de manera que a veces los meses de invierno caían en primavera, ya desde los griegos se acostumbraba a intercalar meses extras, para hacer concordar ambos tiempos, el año  solar y el año civil. Los meses intercalares se sumaban en Febrero, a partir del día 24, de manera que en ocasiones, cada dos o tres años por lo general, los años podían contar con trece meses.

La decisión de intercalar meses, como todas las relativas al Calendario, los días fastos y nefastos, los días comiciales, etc., las tomaba en Roma el colegio sacerdotal  presidido por el Pontifex Maximus. Siempre se ha dicho que la religión romana era una religión política, pues determinaba la validez de los días en que se podían emprender acciones políticas o legales. La reforma cesariana del calendario, siendo, como es natural al tratarse del dictador, un acto político, sin embargo no la emprende César en su calidad de dictador, sino en la de Pontifex Maximus, cargo para el que fue elegido antes incluso de alcanzar el consulado. El significado de la reforma está claro. Roma, con su conquista de Asia por medio de Pompeyo y su influencia sobre Egipto ejercia el poder en todo el mundo conocido; la reciente guerra Civil había sido en realidad una auténtica guerra mundial, que transcurrió en Grecia, Egipto, África, Hispania y la Galia. César celebró un cuádruple triunfo sobre cada una de estas partes del mundo. Un poder mundial, visible por su dominio de la geografía del mundo conocido, necesitaba también un tiempo mundial. El acto globalizador de  César acaba con los calendarios particulares de las distintas ciudades estado e Imperios que va aniquilando y los dota de un tiempo único, el tiempo político romano.

Capaz de aprovechar los conocimientos científicos y astronómicos que desde siglos antes atesoraba el mundo griego supo asesorarse de expertos astrónomos alejandrinos, personificados en Sosígenes, para acompasar el tiempo político con el tiempo astronómico y pudo utilizar su poder Imperial para imponer un tiempo único.

Poder romano y ciencia griega. Como resultado de su reforma, los años contarán a partir de aquí con 365 días, más un día extra que se intercalará cada cuatro años en Febrero. Los meses contarán con el número de día que nosotros hemos heredado. Los cinco meses republicanos más largos y el más corto, permanecerán invariables con 31 y 28 días, mientras que el resto verán alargados sus 29 días a 30 o a 31 días. El añadido de un día al mes de Febrero, que nosotros ponemos al final del mes (29 de Febrero), César lo colocó el día 24 de Febrero, porque ese era el punto en el que se incluía en el viejo calendario el mes intercalar. El 24 de Febrero era ante diem sextum Kalendas Martias, y cuando se añadía un día cada cuatro años, ese día se repetía en el calendario y se llamaba bissextum, en vez de sextum. De ahí lo de nuestro año “bisiesto”.

Algunas curiosas consecuencias de la reforma del Calendario de César que han sido puestas de manifiesto por su mejor estudioso actual, Denis Feeney, en su extraordinario libro Caesar´s Calendrier. El futuro Augusto, Cayo Octavio, llamado después Cayo Julio César, con el nombre de su padre adoptivo, había nacido el año 63 a. C.,  el día de Apolo, nuestro 23 de Septiembre. Según el calendario republicano anterior a la reforma de César, entonces vigente,  tal día era  el día octavo antes de las Kalendas de Octubre, ante diem octavum Kalendas Octobris. Téngase en cuenta que en dicho calendario el mes de Septiembre tenía 29 días. Con el calendario de César Septiembre pasa a tener 30 días, por lo que el día para el festival de Apolo (y el nacimiento de Augusto) debe llamarse de otra manera, esto es, cambiar de fecha: ante diem nonum Kalendas Octobris.  Añade Feeney que algunas ciudades, hábilmente, mantuvieron las dos fechas, de manera que celebraban dos veces el  cumpleaños del Emperados. Y, por cierto, el propio concepto de cumplir años sólo es posible después de la reforma, pues, antes, el mantenimiento de la misma fecha no aseguraba que hubiera pasado la misma cantidad de días y desde luego no 365: por ejemplo el último año del calendario republicano que terminó en Diciembre del 46 a. C. duró 445 días.

José Carlos Fernandez Corte

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