Pompeya y la(s) erupción(es) del Vesubio

Como desgraciadamente nos muestran las noticias del terremoto de Ecuador de los días pasados, la corteza de la tierra se mueve, se pliega, se quiebra o se abre para soltar materiales incandescentes desde su interior provocando catástrofe a los que vivimos sobre ella. Pero no siempre lo hace de la misma forma, porque no siempre es igual el terreno que se rompe, ni la clase de erupción ni los tipos de magma que salen del manto.

Plinio el Joven tenía 18 años cuando vivió la erupción del Vesubio y, en medio de su correspondencia conservada, dos cartas dirigidas a su amigo Tácito, en las que narra el acontecimiento (Epistulae 6,10 y 6, 20), le han hecho especialmente famoso y le han permitido trascender los límites de la filología clásica para entrar en la historia en general y en algunas ciencias como la vulcanología en particular. Su descripción minuciosa de la erupción del 79 d. C. (bajo el reinado de Tito), ponderada de forma especial por la ciencia moderna, ha dado lugar incluso a la denominación de un tipo de explosión volcánica, la erupción pliniana, hoy desgraciadamente muy conocida (Monte Santa Elena [EE.UU.] en 1981, el Chichonal [México] en 1982 o el Pinatubo [Filipinas] en 1992, por recordar las de épocas cercanas).

Para nosotros la erupción que acabó con Pompeya (y con Herculano, Estabia y Oplontis) ha determinado muchos saberes sobre la cultura romana, gracias al estado de conservación en que la ciudad quedó sepultada y que comenzó a ser conocido a partir las excavaciones empezadas allá por el año 1738. Una casualidad hizo que se descubriera el teatro de Herculano y una inscripción dijo a los excavadores dónde estaba Pompeya. Ahí empezaron muchos de los conocimientos que hoy tenemos sobre el mundo romano. El propio Goethe dijo que, de las desgracias acaecidas a este mundo, ninguna había procurado a la posteridad mayor alegría que aquella erupción.

Pero Plinio no fue el único que nos contó el hecho. Tácito (Historiae 1,2) y Suetonio (De Historicis, 80), con menciones muy breves, y Dión Casio, años más tarde de forma más extensa [Ῥωμαϊκὴ ἱστορία 66, 21–23], dieron cuenta de la desgracia. Y tampoco el Vesubio ha escupido fuego y destrucción una sola vez. Años antes de la catástrofe clásica, en el 62 d. C., un terremoto había castigado fuertemente Pompeya (para muchos sismólogos modernos fue un anuncio de lo que se estaba gestando). Séneca lo cuenta en sus Naturales quaestiones (6,1,1–3; 6,1,10; 6,1,12; 6,27,1; 6,31,1) quejándose de que estos fenómenos no pueden evitarse ni preverse. También lo menciona Tácito (Annales, 15,22) y se han hallado en la Pompeya destruida varias reconstrucciones de edificios e inscripciones que las recuerdan. Modernas investigaciones en vulcanología relacionan terremoto y erupción y han puesto de manifiesto que el Vesubio ya había tenido en la edad del bronce, en torno al 1780 a. C., una erupción aún más brutal que la del 79.

Después de la famosa que destruyó Pompeya, están documentados varios terremotos y  erupciones más. La última, incluso filmada, es de 1944. Y se ha descubierto una enorme y ominosa bolsa de magma bajo la zona en la actualidad. Un documental del canal Historia (pincha aquí para verlo) correspondiente a la interesantísima serie geológica Así se hizo la tierra, aunque efectista y apocalíptico en los comentarios, muestra todo lo relacionado con las erupciones del Vesubio y con la realidad que se esconde bajo el volcán.

Parece que Vulcano, el dios romano probablemente correspondiente al Hefesto de los griegos, tiene una importante morada bajo la tierra en el golfo de Nápoles, pero a los que nunca hayáis ido a Pompeya os aconsejo atreveros a la visita. Merece la pena arriesgarse.

CC
Relieve de la casa de Caecilius Iucundus en Pompeya representando un terremoto

IsisInscripción que recuerda al benefactor que pagó la reconstrucción del templo de Isis tras
el terremoto del 62

Para los aficionados: hay cientos de libros y con muy diferentes pretensiones en los que encontrar documentación sobre la catástrofe de Pompeya. Voy a citar solo tres de distinto signo en los que encontraréis abundante información (y mucha bibliografía adicional). Los interesados en las fuentes antiguas de los datos que rodean a la historia de Pompeya encontrarán de enorme utilidad el libro de A. E. Cooley y M. G L. Cooley, Pompeii and Herculaneum. A Sourcebook (Routledge, 2014); para los curiosos de la cultura que la Pompeya sepultada nos permitió descubrir sugiero el de M. Beard, Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana (Crítica, 2009); y para los admiradores de la belleza de los tesoros artísticos que Pompeya nos legó, la preciosa obra colectiva coordinada por M. Ranieri Panetta Pompeya. Historia, vida y arte de la ciudad sepultada (Galaxia Gutemberg, 2004). Los dados a veleidades científicas (quizá no demasiados entre los lectores de este blog) que quieran distinguir entre erupciones plinianas, estrombolianas, hawaianas, etc., o entre volcanes de escudo, de fisura, de domo de lava, etc. lo pueden encontrar en cualquier manual de vulcanología y sismología o pueden utilizar como punto de partida las entradas correspondientes de la wikipedia (pincha aquí).

¡Ah! Y no dejéis de leer una novela preciosa, Pompeya, de Robert Harris. Defraudará a muy pocos, os lo aseguro.

Agustín Ramos Guerreira

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