Cervantes y la edad de oro

Miguel de Cervantes Saavedra comienza así el capítulo XI de la primera parte del Quijote, titulado “De lo que sucedió a don Quijote con unos cabreros”:

Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban  estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo […].

Don Quijote pronunció el discurso de la Edad de Oro mientras comía unas bellotas en compañía de su escudero Sancho Panza y unos cabreros que les habían convidado, sentados a la sombra de un alcornoque y con un zaque de vino para refrescarse.

Grandes escritores de época clásica, como Hesiodo, Ovidio, Virgilio y Horacio tuvieron la aetas aurea muy presente en sus poemas, al hablar de la vida bucólica, la justicia y los bienes compartidos.

El propio discurso de don Quijote contiene una alusión al “comunismo primitivo”, tan característico de la Edad de Oro, también  referido por el propio Ovidio en sus Metamorfosis I,  vv. 101-104:

También la propia tierra, sin daño y sin haber sido tocada por la azada ni herida por arado alguno, ofrecía por sí misma todas las cosas” […]

El poema Beatus Ille (Épodo II, vv.  1-4) de Horacio es otra de las fuentes que se integran, en un claro ejercicio de imitatio composita, dentro del fragmento cervantino:

“Feliz aquel que lejos de negocios
cual la mortal gente antigua,
paternos campos labra con sus bueyes,
soltado de
toda usura; […]”.

La obra de Virgilio constituye otra de las fuentes fundamentales del discurso de don Quijote. En el poeta mantuano, la profecía de la Sibila de Cumas, presente tanto en la Bucólica IV como en el libro VI de la Eneida, anuncia el nacimiento de un niño, y con él, el advenimiento (o restauración) de una segunda Edad de Oro. Este tema literario debe entenderse dentro del programa augústeo auspiciado por el círculo político de Mecenas:

“Luego, cuando ya la edad robusta te haga un hombre, el propio pasajero renunciará al mar, y el pino naval  no cambiará mercancías. Toda tierra dará de todo. El suelo no sufrirá a los rastrillos, ni la viña las hoces; el forzudo labrador desuncirá entonces también los toros del yugo. La lana no aprenderá a fingir colores variados, sino que el prodio carnero, en los prados, cambiará sus vellones ora con púrpura suavemente roja, ora con amarillo azafrán; de su grado el color escarlata teñirá a los corderos en el pasto. ‘Aprisa, hilad tales siglos’, dijeron a sus husos las Parcas, de acuerdo con la voluntad inmutable de los hados…”. (Bucólicas IV, vv. 37-47)

“Y este varón, ¿lo ves?, ¿el que los dioses / tanto te han prometido, Augusto César? / Casta de un dios, al Lacio el siglo de oro / hará volver, el siglo de Saturno…”. (Eneida VI, vv. 1141-1144, Madrid: Cátedra, 1993)

Hay que destacar la importante dimensión social presente en el discurso, sus “guiños” al modelo de sociedad descrito por Tomás Moro en su libro Utopía. En esta obra fundamental del humanismo renacentista, el mito de la Edad de Oro se articula en forma de proyecto político-literario. Para los humanistas, las letras cumplen una finalidad claramente ética, esto es, ayudar al ser humano a alcanzar su humanitas o esencia de hombre. Los libros de caballerías o la defensa de las causas justas no son una simple locura de don Quijote. Miguel de Cervantes, a través de este  personaje, quiso mostrar ante todo la humanidad del hombre como prioridad.

Un equilibrio entre las letras y la espada, la razón y el corazón.

Elena Villarroel Rodríguez

Agradezco la ayuda que me ha prestado para la elaboración de este texto el Doctor en Filología Hispánica Luis Miguel Gómez Garrido.

 

 

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