En la muerte de Umberto Eco

El pasado 19 de febrero nos dejaba para siempre el célebre pensador y novelista italiano Umberto Eco, que no necesita presentación para cualquier persona con una mediana cultura. Fue autor de sesudos e influyentes estudios sobre semiótica (de la que era catedrático en Bolonia), estética y crítica literaria, pero una simple glosa de sus aportaciones más relevantes requeriría más espacio que el aconsejable para una entrada de blog, así que me centraré en la obra que le lanzó a la fama tras convertirse en un imprevisible fenómeno de masas: El nombre de la rosa, aparecida en el ya lejano 1980.

Tanto la trama policíaca, en la que se suceden una serie de asesinatos enigmáticos, como la original ambientación, una abadía benedictina en el norte de Italia en el s. XIV, atrajeron a infinidad de lectores de toda condición, a los que no ahuyentó la ingente erudición que el autor despliega sobre los temas más variopintos: la economía monástica, la iconografía medieval, las disputas teológicas sobre la pobreza en la orden franciscana, las querellas entre papa y emperador, los saberes medievales sobre hierbas o sobre piedras preciosas, literatura clásica, cristiana y árabe… todo ello trufado con constantes expresiones y hasta párrafos en latín… sin traducción. Algún crítico señaló malévolamente que el éxito de ventas de la novela se explicaba porque ofrecía a los lectores la ilusión de sentirse cultísimos al sumergirse en ese mar de alusiones librescas.

rosaSi la novela arrasó como lo hizo fue sin duda porque podía leerse en varios niveles: estaba por un lado el argumento detectivesco, que se entendía sin gran dificultad prescindiendo de todo lo demás, pero los lectores más instruidos serían capaces de penetrar en los niveles más profundos, históricos, literarios, filosóficos y hasta teológicos, y llegar a descubrir la simbología de los personajes y las personas reales que se escondían bajo su máscara. Así, Adso de Melk, el novicio que presencia los hechos y los narra en su vejez, remite al verbo latino adsum, “estoy presente”. Su maestro, Guillermo de Baskerville, el perspicaz franciscano empeñado en desentrañar los crímenes de monjes, tiene parte de Sherlock Holmes (inmortalizado en el Sabueso de los Baskerville de A. C. Doyle) y parte de Guillermo de Ockham, lógico implacable, también inglés, franciscano y del s. XIV. Es sin duda la figura más homenajeada en el libro. El propio título de la obra apunta con claridad a la corriente filosófica de la que Ockham es el principal representante: el nominalismo. Ante sus teorías un estudioso del signo lingüístico como Eco sólo podía sentir la mayor de las fascinaciones. La rosa y su nombre. ¿Existe la rosa, o lo que fuera, aparte de su nombre, o sólo en él? La discutida relación entre nombre y esencia, ya tratada por Platón en el Cratilo, como recuerda Borges:

Si, (como el griego afirma en el Cratilo) el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de rosa está la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo. (“El Golem”, de El mismo, el otro; leído por el mismo autor, lo puedes escuchar aquí)

No es gratuita la referencia, porque no se precisa mucha imaginación para reconocer un trasunto de Jorge Luis Borges en el gran antagonista de Guillermo, Jorge de Burgos, hispano, bibliotecario y ciego. Sus dos personalidades condensan el meollo ideológico de la novela y encarnan los dos tipos de intelectual frente a la cultura de masas, descritos en su obra de 1965, Apocalípticos e integrados. El apocalíptico Jorge (benedictino) trata de preservar intacto y fuera de la circulación general el saber tradicional, en el que se contiene toda la verdad, mientras que el integrado Guillermo (franciscano), con ciertos aires renacentistas, cree que puede ampliarse mediante la razón y la investigación científica de la naturaleza. (No deja de ser curioso que los dos últimos papas hayan elegido los nombres de Benedicto y Francisco, aunque este último sea argentino y se llame Jorge).

Es memorable el debate final entre Guillermo y Jorge sobre la risa y su defensa en el segundo libro de Poética de Aristóteles, cuya última copia se guarda en el monasterio, pero mejor será dejar el tema para una nueva entrada.

Marco Antonio Santamaría

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