APOTHEON, otro videojuego

Siguiendo con el repaso a los últimos videojuegos de temática griega, no se puede pasar por alto la pequeña y reciente joya que es APOTHEON.

En este juego manejamos a Nikandreos (un nombre bien bonico para un héroe heleno), un simple humano que despierta un buen día con su ciudad arrasada por un Olimpo que ha dado la espalda a la humanidad. Aparece entonces Hera, que malmete para que este buen señor vaya a darles lo suyo a los dioses, y así ella se queda con el poder. Muy simpática, oiga.

Lo que hace diferente a este juego es, en primer lugar, su estética. En todo momento, el juego imita la cerámica griega, con un gusto exquisito. Cuando nuestro personaje avanza, la pantalla se mueve como si se estuviera girando un ánfora. Es más, cuando el personaje está al borde de la muerte, todo se resquebraja. No acaba ahí la ambientación: las armas, armaduras y escudos (de durabilidad limitada) tienen nombres “griegos”, como doru o xiphos.

En segundo lugar, repartidos por los escenarios hay una serie de altares que contienen pasajes de textos clásicos que amplían la información de la zona en la que se esté (así, en los salones de Apolo se nos habla de su affaire con Dafne, o de la plaga causada al principio de la Ilíada), lo cual da muestra de su cuidada documentación. Además, procura hacer ciertos guiños a las obras más conocidas (por ejemplo, para poder derrotar a Ares nos hará falta la lanza de Diomedes).

Eso sí, la historia no tiene mucho más: avanza, mata, llega al dios, mata, y vuelta a empezar. Conseguidos todos los poderes divinos, Nikandreos, único humano con vida, se convierte en dios (sí, el título del juego destripa el final) y derrota a Zeus, el último olímpico. El juego termina con Nikandreos creando su primer humano a partir del barro. Por aquello del ciclo de la vida, que diría Mufasa.

Lo mejor de este juego es que, si no se tiene mucha idea de mitología clásica, es un muy buen comienzo; si ya se es un iniciado en los misterios, se puede disfrutar de cómo se reimaginan los finales de ciertas historias (Dafne es encerrada en los jardines privados de Apolo para su disfrute personal, por ejemplo). En ambos casos, la estética resulta tremendamente atractiva.

Alberto López Redondo

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