La emperatriz Teodora en la Casa de las Conchas

Continuando con la serie del ciclo de conferencias titulado “Mujeres del Mundo clásico. Entre la sumisión y el poder” hoy le toca el turno a la titulada “Mulieres fortes de Constantinopla: Teodora y las emperatrices de los siglos V y VI”.

Margarita Vallejo Girvés, profesora titular de Historia Antigua en la Universidad de Alcalá de Henares, nos presentó el pasado lunes 8, en la biblioteca municipal de la Casa de las Conchas, la figura de Teodora, una de las mujeres más importantes del siglo VI en el Imperio Romano de Oriente.

Teodora (497-548), pese a su origen humilde, fue emperatriz bizantina y esposa de Justiniano I. La conocemos en gran parte por las referencias literarias de Procopio de Cesárea, que nos presenta una imagen a veces contradictoria sobre esta mujer. Muchas veces la alaba, pero fue él sobre todo quien creó la leyenda negra que hay sobre ella. Esta mala fama, que nos ha llegado a través de la Historia Secreta de Procopio, la hizo merecedora de protagonizar muchas novelas históricas que inciden en su carácter malvado. También ha sido protagonista de muchas obras pictóricas, películas, etc.

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Benjamin Constant, Teodora en el Coliseo

 

Pero, pese a las connotaciones negativas de las que la carga Procopio, no se puede negar que Teodora fue una mujer fuerte, con valor, con carácter y muy religiosa. La versión de Procopio fue preferida por el “morbo”; y tampoco ayudó la visión que se tenía de ella en el Imperio de Occidente, sobre todo por las confrontaciones religiosas que había entre ambas partes del imperio.

Pero Teodora no es la única figura femenina con autoridad de la época, sino que se sitúa en una tradición de emperatrices con gran poder político como Aelia Eudoxia, Aelia Eudocia, Pulqueria, Verina y Ariadne, entre otras. Su papel no se entendería bien si obviásemos a sus antecesoras.

Teodora era, como decíamos al principio, de origen humilde, y antes de conocer a Justiniano fue actriz de escenas mitológicas de tono subido y de vez en cuando ejerció la prostitución. Pero esto no le impidió llegar a ser emperatriz. Tras una vida agitada, llena de altibajos, conoció a Justiniano en el hipódromo. Aunque tuvieran algunos impedimentos para casarse (ya que había una ley que prohibía que las actrices se casasen con hombres de la nobleza) consiguieron hacer su unión oficial.

Conocemos a Justiniano como un emperador con un gran espíritu reformista, y también aquí se nota la influencia de Teodora. Pero el episodio donde ella se reveló como una valiosa y apta gobernante fue durante los Disturbios de Niká, protestas que en parte provocaron las propias acciones de Justiniano y Teodora. Los agitadores, con toda probabilidad, prendieron fuego a muchos edificios públicos, incluyendo la iglesia de Hagia Sofia, y proclamaron un nuevo emperador, Hipatio, el sobrino del anterior emperador Atanasio I. Incapaz de controlar a las masas, Justiniano y sus oficiales se prepararon para huir. En un encuentro del consejo gubernamental, Teodora censuró esta actitud y pronunció la célebre frase “la púrpura es una excelente mortaja”. Su discurso alentó a todos, incluyendo al propio Justiniano, que ordenó a sus tropas leales que atacaran a los manifestantes en el hipódromo. Hipatio y los instigadores de la rebelión fueron ajusticiados debido a la insistencia de Teodora. Por lo tanto, vemos reflejada en esta mujer una figura autoritaria, con un coraje superior incluso al de su propio marido.

Políticamente asesoró a su esposo Justiniano en muchas de sus reformas, sobre todo en las que concernían a la vida de las mujeres. Fue mediadora entre Justiniano y los monofisitas, una de las corrientes religiosas proscritas, llegando incluso a dar protección a los refugiados y perseguidos, lo cual no agradó a la parte occidental del Imperio. Su gran influencia y el poder monetario del que disponía le permitió llevar a cabo una amplia actividad evergética, construyendo iglesias, orfanatos, etc.

Dejando a un lado la visión negativa que nos ha transmitido la tradición, vemos en Teodora la figura de una de esas mujeres, que lejos de la sumisión, ejerció un gran papel, aunque secundario, en el gobierno de su esposo, quien la amó profundamente y siempre se hizo representar junto a ella como símbolo de amor, respeto y admiración, otorgándole así el reconocimiento que muchos le restaban.

Cecilia Ares del Teso

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