El valor de la risa: de Buster Keaton a Dalton Trumbo

Buster Keaton era un genio. Muchos de los jóvenes no habrán oído siquiera hablar de él; pero fue un cómico extraordinario de la época del cine mudo, comparable, en otras coordenadas, con ‘Charlot’, Stan Laurel y Oliver Hardy (‘El Gordo y el Flaco’), los hermanos Marx, o Harold Lloyd. Con una diferencia sobre ellos que lo convierte, no en mejor, sino en particular y, por ello, vinculado con esta Antigüedad a la que algunos nos dedicamos. Como recordaba Carlos Boyero en su crónica de El País del viernes 29 de enero del 2016, “siendo la gracia en estado puro, su rostro no sonrió jamás delante de la cámara”. El crítico añade de inmediato: “aseguran que lo hizo una vez, pero yo no lo he visto”. La anécdota, como tal definitoria ―ya los peripatéticos determinaron el valor de caracterización que tal recurso tenía; y Plutarco lo estableció con claridad en su introducción a la Vida de Alejandro, de las Vidas Paralelas (1.1): los detalles nimios ayudan a dibujar un carácter mejor que las grandes batallas en las que mueren muchos hombres―, me recordó de inmediato otra que, a su vez, permite redimir a Hollywood de la mancha de vacía espectacularidad que a veces —alguna con razón— se le objeta. Cuentan las fuentes que Craso —el abuelo del triunviro que, por su ambición de gloria, murió en Carras luchando contra los partos (53 a.C.)—, no sonrió en toda su vida; lo llamaron, por ello, Agélastos. Obvio los datos científico-filológicos, que los interesados podrán consultar con facilidad en un trabajo de hace unos cuantos años (Talia dixit 5, 2010).  En cambio, planteo la asociación de ideas que los cinéfilos habrán tenido de inmediato: M. Licinio Craso, el triunviro, es uno de los personajes principales de Espartaco, el antihéroe perfecto del líder esclavo ―hay una secuencia modélica que lo ejemplifica sin necesidad de palabras (cine en estado puro): las arengas contrapuestas y alternativas de cada uno a sus muy distintos ejércitos, antes de la batalla final, que muestran la antítesis político-militar y personal de ellos y sus hombres, y el resultado claro de la desigual batalla que tendrá lugar de inmediato―. El muy rico Craso acabará con su antiguo y odiado esclavo, el joven Antonino (Tony Curtis); y luego con el propio Espartaco y sus seguidores. A él, sin embargo, no puede vencerlo; pese a derrotarlo, a obligarlo a matar a su querido amigo Antonino para evitarle el sufrimiento de la cruz, y, crucificarlo con los esclavos supervivientes, Espartaco no ha sido dominado. En cambio, él, Craso es un vencido ―como lo será luego ante los partos en una de las peores derrotas de Roma―, aunque él todavía no lo sepa: lo intuye, eso sí. Por eso trata de que Varinia le explique por qué ama a Espartaco, y no a él que se lo ha ‘dado todo’… Craso, el ‘triunfador’, tampoco sonríe nunca en el film… Sir Lawrence Olivier, su intérprete, concentra su arte en la mirada y la gestualidad facial y corporal, prestándole al personaje la dureza, que no la fuerza, que lo arrastra, primero, al fracaso personal, luego al político: él, que tampoco sabe sonreír, como su abuelo, no puede conseguir que lo haga Varinia, la amada de Espartaco, que, en cambio, sí es capaz de hacerlo junto al ‘obeso Graco’, con aquél ya muerto: “Nunca llegué a comprenderlo tan bien como lo comprendo ahora. Ahora quiero reír. No puedo comprenderlo, pero quiero reír” (H. Fast, Espartaco, Barcelona: Edhasa, 2003, trad. L. Domingo = 1951).

Un buen conocimiento de la Antigüedad nos permite valorar mejor la información que los films, si son buenos y pese a las limitaciones del género, nos ofrecen; y, de paso, agradecer, los datos que nos pueden aportar. Probablemente, de no ser por el cine no se tendría presente a Aristóteles, ni su obra sobre la risa, motivo principal de la obra de U. Eco El nombre de la rosa (1980), y del film del mismo nombre (J.Jacques Annaud, 1986), que interpretó Sean Connery (Guillermo de Baskerville) con un jovencísimo Christian Slater (Adso de Melk); muchos aprendieron así cuál era el valor de la risa… Algunos, además, el de la libertad.  Cuando el éxito de Espartaco desbordó las previsiones, Kirk Douglas, su productor, no permitió que se quitara de los créditos el nombre de Dalton Trumbo, guionista de la película, cuyo texto se había basado en la novela ‘maldita’…, y que estaba también incluido en la “lista negra” de Hollywood. La triste ‘lista negra’ del senador republicano Joseph McCarthy, responsable de tal “caza de brujas” saltó así por los aires…

Isabel Moreno Ferrero

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