En recuerdo de Luis Javier Moreno, poeta amigo de los clásicos.

El pasado mes de Diciembre falleció en su Segovia natal Luis Javier Moreno, un poeta exquisito.  Lo conocí a comienzos de los años setenta, cuando él terminaba sus estudios de Románicas, en la Facultad de Filosofía y Letras en que yo empezaba mi carrera como joven profesor de Latín.  Recuerdo de Luis Javier aquellos poemas escritos a máquina con escaso espaciado entre renglones, aprovechando el papel, por donde  desfilaban unos versos con una sintaxis muy atrevida para mi gusto, que sin embargo servía de  vehículo a unas imágenes a veces deslumbrantes. De la misma generación poética que Aníbal Núñez, Paco Castaño o Paco Novelty, con los que compartía recitales en facultades y colegios mayores, (mayormente femeninos), era de ellos el poeta con más imaginación y sintaxis, repito, más arriesgada. De una  formación académica impecable, su dominio de la técnica poética también lo era. Leía como al desgaire, sin ningún énfasis, demostrando con su voz lo poco retóricos que eran sus poemas. Despreocupado por hacer exhibiciones de rima o ritmo, sin poner espacial énfasis en la narración, que dominaba como nadie (brillaba en las tertulias; sus  anécdotas, cuando no sobresalían por su estructura definida o  por su carácter  memorable, debido a su peculiar forma de contarlas eran totalmente intransferibles al estilo de otros; si el estilo es el hombre, Luis Javier era un narrador oral de gran estilo). Se puede observar en los varios tomos de su Diario, por citar el primero, La Puntada y el Nudo, su espíritu ático, su raro humor, su gran cultura, su finura. En sus poemas, algunos brillantemente  narrativos, (pienso en Rápida Plata donde, hablando de Eliot y del Mississipi en St. Louis nos deja esta perla: “El agua siguió al Sur y la historia al Oeste”), se mostraba dotado de una rara imaginación, siempre excesiva, rayana en lo ininteligible, brillante a ratos con luz vivísima. Su despreocupación por la sintaxis, por la retórica, por lo memorable, por lo grandilocuente, hablan de su instalación en la dificultad suma del sentido en medio de una originalidad y un riesgo constantes. Entre versos intraducibles (Pedro Serra, colega de nuestra facultad, ha hecho una excelente traducción al portugués de Rápida Plata, Rápida Prata, Coimbra 2003.)  y de difícil glosa, de ahí el riesgo, de repente saltaba una imagen deslumbrante. Si algo tenía Luis Javier Moreno era voz propia. También sabía mirar como nadie (o como Aníbal Núñez, poeta-pintor): sus poemas y libros dedicados a obras de arte pictóricas despliegan su talento como  narrador que desarrollaba detalles sugestivos y misteriosas tramas.

Hablábamos, cuando nos veíamos, de los poetas clásicos latinos. Siguió de cerca las traducciones que Aníbal Núñez realizó de Catulo y de Propercio, y, años más tarde, tuve el gusto de invitarlo, junto a Paco Castaño y Paco Novelty, al Bimilenario de Horacio, celebrado en Salamanca en 1992,  para el que tradujeron cada uno  varios poemas. La tarde en que realizaron la lectura el paraninfo de la Universidad registró un lleno absoluto: ¿Qué mejor demostración de la vigencia de Horacio que su brillante traslado al español por parte de poetas contemporáneos?

La traducción de Luis Javier de la Oda IV 2 en la que Horacio declara su imposibilidad de imitar a Píndaro lo sitúa entre los mejores traductores de Horacio que España ha dado desde el siglo XVI. Fíjense en el comienzo:

Quien a emular a Píndaro se atreva

se arriesga a que sus alas, como a Ícaro,

de leve cera, Julo, el sol derrita

y un corto vuelo sea su fracaso

para otorgar su nombre a un mar de vidrio.

No introduzco el texto latino porque controlar la fidelidad de Luis Javier al original sería como decir que Horacio necesitaba que pusieran al lado de sus poemas los de Píndaro, Arquíloco o Alceo, que lo habían inspirado.  El poeta, cuando lo es, puede tomarse con el original todas clase de libertades, por acción o por omisión, en libérrimo  ejercicio de gusto. Se mide con los clásicos, y busca la diferencia en la emulación. Degusten los versos con que traslada Luis Javier los de Horacio, donde  contraponía la sublime elocuencia de Píndaro con su modesta forma de trabajar

Un elevado aliento encumbra, Antonio,

al portentoso Píndaro, tebano

cisne, porque su canto sobrepasa

a las altas regiones de las nubes.

Yo soy, en cambio, abeja del Matino

que los tomillos liba laborioso

entre los bosques donde, con paciencia,

y en las afueras húmedas de Tíbur

escribo, en mi modestia y con esfuerzo,

mis propios versos minuciosamente.

Luis Javier frecuentó la amistad de poetas sublimes como Claudio Rodríguez, gozó del trato segoviano de Gil de Biedma y se benefició de los sabios ritmos y más que sabrosas consejas de su amigo el poeta Carvajal, al que llamaba familiarmente  “primo”. No los cito por dar lustre a su nombre. Laborioso, paciente y modesto como Horacio en su persona, Luis Javier se agigantaba en su poesía, enormemente culta y refinada. Quizás le faltó, como a su amigo Aníbal, la voluntad -las ganas- de construirse como poeta según las pautas que disponen los hacedores de  cánones.

Salve aeternum mihi, dulcis amice, aeternumque vale. 

José Carlos Fernández Corte

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