Plautus cinematographicus, uel Golfus Romae

Gracias a la calidad de muchas películas, uno puede no sólo aprender buenas lecciones sobre el mundo grecorromano, sino que también consigue contemplar con especial verosimilitud la misma realidad cultural que crearon los antiguos. Por eso, son muy de agradecer todas aquellas producciones de tema clásico que, además de despertar agudas reflexiones entre sus estudiantes, sirven de divulgación y entretenimiento para el gran público. Y tanto más hay que reconocerles cuando consiguen recrear un hecho histórico significativo o dar nueva vida a una obra literaria fundamental.

En Golfus de Roma (EE UU, 1966), todas estas casualidades configuran un film tan lúcido como disparatado, con el que todo espectador descubre la esencia de la comedia romana sin dejar de reír a mandíbula batiente. La película recrea, ante todo, el espíritu y la técnica dramática del gran comediógrafo latino Plauto (¿254-184 a.C.?), al que rinde un sincero homenaje por el celebrado éxito de sus obras.

El argumento atiende en líneas maestras al esquema típico dentro del subgénero teatral. El joven Eros (gr. “Amor”), que desea ardientemente a la doncella Filia (gr. “Querida”), acuerda con su esclavo Pséudolo (gr. “Falsillo”) concederle la libertad una vez que consiga saciar su amor. Para conseguirlo el criado ha de hacer frente a los intereses de otros personajes, como su amo Senex (lat. “Viejo”), el capataz y parásito Hysterium (gr.-lat. “Uterino”, “Histérico”), o el victorioso general Miles gloriosus (lat. “Soldado Fanfarrón”). Después de un enredo tras otro, cuando ya sus burlas quedan al descubierto, todos los conflictos se resuelven en un happy end inesperado.

Lejos de presentar sin más una fabula palliata en concreto, la película recrea ante todo el espíritu y la técnica dramática del poeta, ya que el guión traslada la acción a la Ciudad de Roma y mezcla o «contamina» numerosos motivos extraídos de varias piezas distintas con tal de provocar una risa constante en el público ––lo mismo, al fin y al cabo, que hacía a su vez el propio Plauto con sus modelos griegos. Pese a cualquier prejuicio, el resultado no parece en absoluto recargado o artificioso, sino que acrecienta aún más la comicidad de la película e invita al lector a pensar en sus antecedentes.

Sobre la trama general del Pseudolus plautino se superponen otros elementos sacados de otras obras. Así como son evidentes las alusiones al Miles gloriosus en el general romano o a la Mostellaria en el hechizo de la casa, se dejan también sentir ecos más sutiles. Nótese, por sólo poner unos ejemplos, la ἀναγνώρισις del Curculio, mediante un anillo familiar; en la caracterización de la matrona según la Artemora de la Asinaria; el tipo de lenón deleznable del Poenulus o la cortesana Gimnasia, de las Báquides; o el ridículo travestismo del esclavo, como de algún modo sucede en la Casina.

Sin embargo, la «imitación» del teatro antiguo no queda ahí, sino que trasciende los límites de la fabula palliata hacia otros subgéneros dramáticos. Así ocurre con el falso velatorio de la fingida prometida de Miles gloriosus, que incluye una especie de coro luctuoso con la gestualidad y el imaginario propio de la tragedia. Más sutiles aún pueden ser los excitantes bailes de las cortesanas, que no hacen sino poner en escena varios mimos encadenados. Como colofón, son los juegos circenses y las carreras de cuadrigas las que cierran la película, aunando así todo el mundo lúdico y espectacular romano.

Otro aspecto destacado de Golfus de Roma que quizá no haya recibido gran atención reside en su formato de musical contemporáneo, con una banda sonora moderna y con la voz cantante de los propios actores. De hecho, el proyecto de Richard Lester nació como un remake de un musical, A Funny Thing Happened on the Way to the Forum, compuesto por Stephen Sondheim en 1962 y estrenado con buen éxito en Broadway. Pero en este hecho que podría parecer licencioso para algunos se debe hallar, en cambio, otra genialidad más de la película, que no sería la misma sin cantica como la fanfarria «Bring me my bride!» de Miles gloriosus o el canto lírico «Lovely» de los enamorados. Sólo de este modo uno se puede hacer una idea de lo que era realmente la comedia antigua, puesto que, al menos en este sentido, tendría más similitudes con la opereta bufa o con la revista de variedades, antes que con el teatro europeo moderno. Puedes ver aquí o aquí algunos ejemplos.

Pero si algo salta a la vista del film, es su amplia gama de registros humorísticos, tan rica en recursos como la del mismo comediógrafo. Junto con la conducta ridícula constante en los esclavos o los amantes, el guión muestra una perfecta comprensión y emulación del estilo plautino con escenas memorables, como el diálogo entre Pséudolo y Miles gloriosus antes de los funerales. Basta con sólo leerla para advertir esa mezcla entre el patetismo trágico del viudo y la burla insidiosa del esclavo, cada uno con un tono estilístico contrapuesto.

  1. G. ––¡Ah, por última vez! ¿Dónde está mi novia?

Ps. ––Por ultimísima vez, ahí está tu novia: ahí sobre esas andas fúnebres. ¡Muerta!

  1. G. ––¿Muerta?

Ps. ––De arriba a abajo. Muerta, muerta, remuerta.

  1. G. ––¡Oh, hado monstruoso! ¡Mi dulce e inocente novia! ¡Muerta!

Ps. ––Muerta, sí. ¡No la toques!

  1. G. ––¿Cómo ha muerto?

Ps. ––Pues mira, estiró la patita…

  1. G. ––No, no, ¿cuál ha sido la causa?

Ps. ––Una ojeada a tu grandeza desde arriba: la impresión fue tan fuerte… ¡Pobre niña! ¡Doncella hasta el fin! Es lo que pasa con héroes como tú.

  1. G. ––No prosigas: no puedo contener las lágrimas.

Ps. ––Pues llora, desahoga tu pena.

  1. G. ––La pérfida Parca puso ponzoña en su puro pecho para que partiera pronta a la penumbra.

Ps. ––¡Muy bien! ¿Y sabes éste? Tiene Trimalción tres tigres que traviesos triscan tras los trigos tristes.

M.G. ––No trates de distraerme: soy del todo inconsolable.

Ps. ––¿Por qué torturarte? Lo mejor es que te vayas.

  1. G. ––Sí, sí. Pobre niña. Morir tan joven sin haber conocido la dulzura de mi amor…

No menos gracioso resulta también la extensa carrera de cuadrigas en que se ven inmersos todos los personajes principales hacia el final de la película. Lo que podría parecer una escena totalmente fuera de lugar en una comedia latina, adquiere su significado si uno la contempla como una parodia necesaria a un tópico épico del cine peplum al estilo de Ben-Hur, aunque invertido aquí con un efecto dramático y cómico poco antes del desenlace inesperado.

A la acertada dirección de Lester se añade un reparto extraordinario, en el que figuran los principales actores cómicos de la época. Todos los principales representan perfectamente la simpleza maniquea de los protagonistas, característica ridícula de Plauto: Michael Crawford (Eros), Annette Andre (Filia), Michael Hordern (Senex), Phil Silvers (Marcus Lycus, “Marco el Lobo”, el lenón), con Zero Mostel (Pséudolo) al frente que, como él mismo dice en el prólogo, se confirma como un actor «de gran talento, rico en matices y de brillantes dotes». Se complementan del mismo modo Patricia Jessel (matrona), Leon Greene (Miles Gloriosus), Jack Gilford (Hysterium) y un entrañable Buster Keaton (Erronius, “el hombre errante”), ya enfermo en su última aparición cinematográfica.

Por lo demás, los pequeños gazapos o carencias de la cinta (e.g. época neroniana, decoración, vestuario y atrezzo horrendo, transcripción latina inapropiada y doblaje castellano en ocasiones cuestionable) no desentonan en un género ligero como es la comedia musical, ni justifican en absoluto una crítica desfavorable. A la vista está que sus méritos son muchos y su intención, loable cuando menos.

Golfus de Roma, en definitiva, deparará a sus espectadores una hora y media de música y carcajadas: casi con toda probabilidad, la juzgarán como una película muy recomendable, y algunos de ellos querrán además leer las comedias de Plauto, sin duda, el más divertido de los latinos. Por eso, no está de más seguir reivindicando un film moderno y un autor romano que ha despertado a más de uno esta encendida simpatía por la Antigüedad Clásica.

Federico Pedreira

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