Julia, la hija de Augusto, entre la sumisión y el poder

Rosario Cortés Tovar nos ofrece una breve reseña de su conferencia “Iulia Augusti: una mujer entre el amor y la política”, que inauguró el ciclo “Mujeres del mundo clásico: entre la sumisión y el poder”, que se está celebrando en la Casa de las Conchas a lo largo de este mes y del siguiente. En consecuencia, el hilo conductor de la reseña será la siguiente cuestión:

¿Cuál fue la situación de Julia entre la sumisión y el poder?

Julia fue educada para obedecer las decisiones que su padre tomara en función de sus intereses y los del estado. Aceptó sin resistencia los matrimonios que acordó Augusto para ella con el fin de que cumpliera la función política de darle un heredero del poder imperial.  Si tenemos en cuenta que su padre no tuvo nunca en cuenta sus sentimientos, tenemos que concluir que Julia fue una mujer sometida al poder paterno.

Ahora bien, Julia había aprendido de Livia, la segunda esposa de Augusto, y de Octavia, la hermana de éste, mujeres con las que se crió y a las que también casaron por conveniencia política, que sus matrimonios tenían compensaciones, pues, además de privilegios y honores, estas mujeres gozaban de un poder derivado del de sus maridos que les permitía actuar como sus consejeras políticas e influir en sus decisiones. De modo que Julia cumplió con sus deberes de esposa en sus dos primeros matrimonios, con Marcelo y con Agripa, del que tuvo tres hijos y dos hijas. A los dos hijos mayores, Gayo y Lucio, se los arrebató su padre y los educó para que fueran  sus sucesores.

Todo parecía resuelto, pero Agripa murió pronto y Augusto le dio un nuevo marido a Julia: Tiberio, hijo de Livia. Fue elegido por su experiencia militar y política ya que Gayo y Lucio, de 8 y 5 años respectivamente, podían necesitar un tutor y regente si el emperador moría pronto. La decisión fue cruel tanto para Tiberio, que se vio obligado a divorciarse de la mujer que amaba, como para Julia, que habría preferido a un hombre menos conservador, más dedicado a las letras y al lujo que su clase les permitía. De todas formas empezaron a vivir en armonía para cumplir con el deber que se esperaba de ellos; pero algunos acontecimientos funestos que los separaron –perdieron el hijo que esperaban en un parto prematuro-, y el desacuerdo de Tiberio con los honores que antes del tiempo reglamentario les concedió Augusto a Gayo y a Lucio, determinó la separación entre ellos, que se consumó cuando Tiberio se retiró a Rodas (6 a. C.).

Julia se quedó sola en Roma: su padre no permitía su divorcio de Tiberio, de modo que no era ni viuda ni divorciada; pero seguía siendo la hija del emperador y tenía mucho atractivo para los jóvenes del grupo de aristócratas intelectuales y poetas que la rodeaba. Ella era amiga de las letras y los placeres y ellos la deseaban como un medio de aproximarse al poder. De modo que encontró amantes fácilmente y cometió adulterio, un delito castigado duramente por las leyes paternas. Puede que ya le fuera infiel a Agripa; pero sus adulterios se convertirían en más estables y descarados tras la separación de Tiberio, hasta que en el 2 a. C. se produjo un episodio de escándalo público que provocó su caída y la de sus amigos. Augusto denunció en el senado la conducta licenciosa de su hija en el Foro y junto a la estatua de Marsias, símbolo de la libertad popular. Entre los amantes de Julia citados por los historiadores destacan Sempronio Graco y Julo Antonio, poeta e hijo de Marco Antonio, que podía tener sed de venganza y ambiciones políticas insatisfechas. Es posible que más allá del delito de adulterio estuvieran cometiendo el de conspiración, porque Julo fue ejecutado; los demás, como adúlteros, fueron relegados ad insulam. No se abrió ningún proceso, puede que con el fin de evitar la condena a muerte de Julia por conspiración contra su padre. Pero estas interpretaciones tienen una base muy poco segura y hay historiadores que rechazan la existencia de una conjuración.

Augusto condenó a Julia al exilio de por vida y también la condenó sin piedad a la fama de mujer promiscua y sexualmente desenfrenada, una fama que aún pervive en novelas históricas y películas, que exageran hasta la inverosimilitud los adulterios de Julia para que su retrato responda al estereotipo misógino de mujer de libido incontrolable.

Rosario Cortés Tovar

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