Despiadado Julio César… El valor de las palabras.

A Guillermo Altares, autor de una serie de comentarios en El País con Roma por denominador común, le estamos muy agradecidos los docentes y discentes de la Filología Clásica por divulgar detalles y noticias sobre nuestros textos. No pretendo, pues, criticar su comentario sobre el “Despiadado Julio César” que apareció el otro día en El País (16-12-2015), porque todo ayuda a mantener vivo el interés por las lenguas clásicas, motores últimos de la información transmitida: son los textos escritos en latín o griego los que nos ilustran sobre ese pasado que hoy se estudia o divulga. No obstante, el rigor y precisión que nuestra filología exige me induce a pedir, si ello es posible, un grado más de claridad en la información, porque, mientras algunos podemos ubicar más o menos las referencias del artículo, otros no encajarán con facilidad ni las palabras cesarianas, ni los pormenores de la acción militar; ni, mucho menos, salvo el tópico fondo del imperialismo romano, la diferencia de concepción que tenían los dirigentes antiguos y sus soldados, y la que tenemos nosotros hoy, a propósito de algo tan trágico como la muerte del contrario.

Pido, pues, a los interesados en la Antigüedad que lean el pasaje original de César (Gall. 4.8 ss.), que ofrece las indicaciones adecuadas para entender un problema que anticipa la masacre que años después soportaron los romanos en Teutoburgo (9 d.C.), prueba de que la crueldad en el campo de batalla y la aniquilación del enemigo no eran prácticas exclusivas de los romanos. Aquí, en la actual Karlkriese, localidad cercana a Osnabrück, según las investigaciones de Wolfgang Schlüter —después de que Anthony Clunn, un mayor de la armada británica, retirado, hubiese encontrado con un detector una serie importante de monedas—, Roma fue vencida por unos ‘bárbaros’, que acabaron con tres legiones (XVII, XVIII, XIX), cuyo número nunca reapareció en el organigrama militar.

El desastre se debió en gran medida a la ineptitud de su general en jefe, P. Quintilio Varo —muy bien ‘emparentado’ con la casa imperial: yerno de Agripa, como esposo de Vipsania Marcela, su tercera esposa, ‘casualmente’, fue la sobrina-nieta de Augusto, Claudia Pulcra—; igual que la revuelta: Floro (II 30[IV 12], 31) lo responsabiliza  por sus vitia (…, Vari Quintili libidinem ac superbiam haud secus quam saevitiam odisse coeperunt:  “empezaron a odiar los caprichos y la soberbia de Q. Varo, no menos que su crueldad”); y por su falta de habilidad político-militar. En cambio, Arminio, el líder querusco, se cubrió de gloria, ofreciendo con su éxito las bases del nacionalismo alemán. La ‘mitología’ romana (Suetonio, Vida de Augusto 23) refiere que el Princeps caminaba por su palacio repitiendo como un poseso: Quintili Vare, legiones redde! (“Quintilio Varo: devuélveme las legiones”; lo cual, además de venir bien para repasar la morfología latina, nos recuerda el valor retórico-informativo de las anécdotas y nos permite encajar el hecho en un proceso histórico de más largo alcance, que ilustra, igual que el texto de César, los problemas que siempre han tenido los que buscan cobijo, tierras que cultivar o un lugar mejor para vivir.

Por eso es importante leer bien y completamente los pasajes: se deben ofrecer los datos pertinentes para ubicar la información, elegir con cuidado la traducción que sirve de intermediaria, y dar cuenta justa de quién es su artífice y de cuándo se hizo ésta, porque el tiempo marca las palabras elegidas… Y, desde luego, el mensaje del artículo debe ayudarnos a entender esa diferente concepción que hay entre la ‘civilización romana’ y la nuestra sobre aspectos tan importantes como la conquista y el imperialismo, el bellum iustum (la guerra justa), la muerte del contrario, o su ‘masacre’… Es importante reflexionar sobre el matiz de los términos, que varía en cada momento histórico, y no aplicar, más o menos a la ligera, un determinado concepto a un tiempo que carecía de él.

Los derechos humanos no se conquistaron en un día; y si César mató, o hizo morir, a muchos enemigos fue en una sociedad cuyos valores no eran exactamente los mismos de ahora; en cambio, se alabó su famosa clementia, que él nunca se atribuyó; luego se ensalzó de Augusto, al que en el año 27 a.C. el Senado y el pueblo concedieron un clupeus aureus (“escudo de oro”), que se colocó en la Curia Julia, con una inscripción cuyos términos él orgullosamente eumera en sus memorias: … virtutis clementiaeque iustitiae et pietatis (“… virtud, clemencia, justicia y piedad”, Res Gestae 34); y pasó a considerarse virtud de obligado cumplimiento para sus sucesores, aunque, ni todos la ‘practicaron’ —y no es necesario remitirse a los típicos ‘malos emperadores’ (Calígula, Cómodo, Caracala, Heliogábalo, …), como ejemplifica la bautizada como “masacre de Tesalónica” de Teodosio I en el 390—; ni todos los que fueron alabados por haberla ‘ejercitado’ fueron dignos de tal laudatio, como sí lo fue el propio César…; al menos, en cierto sentido. De ahí el valor de las palabras.

Isabel Moreno

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