Cómo ganar las elecciones, según Quinto Cicerón (campaña electoral 1)

Ya se ha dado el pistoletazo de salida para una campaña electoral en la que nos veremos abrumados por los mítines, las entregas de programas y las innumerables propuestas lanzadas por los partidos con el objetivo de convencer a un mayor número de personas y arañar todos los votos posibles en una de las citas electorales más reñidas desde la restauración de la democracia en nuestro país.

Sin embargo, las campañas no son de ayer. Los romanos ya conocían este
instrumento de propaganda: no podemos olvidar que el sistema político de la República Romana (del latín res publica, literalmente “cosa pública”, es decir, el Estado en nuestros términos actuales, no la forma de organización política), aunque aristocrático y oligárquico, se enmascaraba bajo una apariencia democrática en la que el pueblo reunido en los comitia o asambleas elegía a sus representantes públicos: los magistrados.

Entre las magistraturas que conformaban el cursus honorum (la carrera política de un romano), la que ostentaba el mayor poder y dignidad era la de cónsul, cargo equivalente, mutatis mutandis, a nuestro Presidente del Gobierno, salvo por el hecho de que la magistratura romana era colegiada (había dos cónsules) y de carácter anual y gratuito (no recibían retribución directa alguna por el desempeño de su función).

En el año 64 a.C. se produjeron en Roma las elecciones anuales para seleccionar a los cargos políticos que iban a desempeñar su función en el año 63. Entre los aspirantes al consulado se encontraba el celebérrimo orador Marco Tulio Cicerón, que resultó ganador junto a Gayo Antonio Híbrida (tío de Marco Antonio el triunviro). Por avatares del destino, se nos ha conservado un breviario, un pequeño informe de la campaña electoral de Cicerón: el Commentariolum petitionis, tradicionalmente atribuido a su hermano Quinto, que, en forma de carta, le ofrece al mayor de los Cicerón una síntesis de consideraciones a tener en cuenta para la consecución del consulado.

Ahora bien, aunque es indudable que el mundo ha cambiado enormemente en muchos aspectos en los 2079 años que nos separan de aquella campaña electoral, todavía hoy es posible hacer abstracción de los contenidos de este librito y sacar conclusiones útiles (lo que nos demuestra, una vez más, la frescura y vigencia de los clásicos, inmortales) que pueden ayudar a un candidato a lograr su objetivo o bien nos pueden servir a los ciudadanos de a pie para comprender el comportamiento de nuestros líderes políticos en estas fechas. Para ello, se ofrece este compendioso decálogo a partir de las enseñanzas de Quinto Cicerón:

1) La candidatura a un cargo público requiere la adhesión de los amigos
(partidarios) y el favor popular.

2) El candidato se debe volcar en la consecución de su objetivo con todo su
ingenio, cuidado, esfuerzo y dedicación.

3) Es fundamental la puesta en práctica de las habilidades naturales y los frutos del estudio y el trabajo para compensar las posibles taras.

4) Hay que hacer campaña asiduamente: el candidato nunca debe negarse
rotundamente a realizar una promesa (siempre puede ir bien algo con lo que no se contaba y mal algo con lo que sí; además, las negativas granjean
enemistades) y tiene que evitar “mojarse” demasiado para que todos crean que les apoya con sus propuestas.

5) Las elecciones son el momento perfecto para establecer relaciones y buscar amistad con todo el mundo sin que parezca improcedente: el candidato tiene que intentar rodear de atenciones a personas emprendedoras, destacadas e importantes de la sociedad para que se conviertan en sus partidarios y hay que ganarse el favor de la población del mundo rural y no centrarse únicamente en la(s) ciudad(es).

6) El pueblo tiene que sentirse halagado y comprendido por el candidato, que se debe mostrar esforzado por conocer a los ciudadanos y sus necesidades.

7) La imagen y las palabras del candidato tienen que variar y adaptarse a las opiniones e inclinaciones de la gente con la que se encuentre.

8) El candidato debe ser pródigo en atenciones a la clase social de la que
procede: la gente suele preferir líderes de su propia extracción social.

9) La importancia del “séquito”: el candidato, en campaña, ha de estar rodeado con frecuencia por una gran multitud de toda categoría, clase y edad que sea el reflejo de sus fuerzas, medios y apoyos.

10)  Hay que procurar que se levanten rumores nocivos contra los rivales e
infundir temor a los adversarios.

Queda en manos de cada uno buscar los ejemplos actuales que ilustren estos puntos.

Por último, a modo de conclusión, me gustaría añadir dos cosas. En primer
lugar, señalar que el nombre “candidato” procede del latín candidatus y se debe a la las vestiduras blancas (toga candida) con las que vestían los aspirantes a un cargo. En segundo lugar, querría dar un consejo a todos los aspirantes y ciudadanos: la Historia nos enseña que la política es una amiga traicionera y nunca se sabe cuándo a uno le van dar una puñalada por la espalda… y, si no, que se lo pregunten a César.
Guardaos de los idus de marzo.

Rodrigo Río Pérez.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s