Lesbos, ayer y hoy

Tras las conocidas oleadas de refugiados de la guerra de Siria, la bucólica isla de Lesbos, patria de los egregios poetas Safo y Alceo, se ha visto invadida por miles de inmigrantes.
Según los tratados de la UE, todos los países miembros están obligados a recibir a los refugiados en sus fronteras, pero debido a la demora para ejecutar estos acuerdos, en Lesbos –entre otros lugares mediterráneos–, se han congregado unas 5000 personas viviendo en condiciones infrahumanas.
Sin embargo, no siempre fueron así las cosas en esta isla. En la Antigüedad, bien es sabido que toda la costa de la actual Turquía (las antiguas Eolia y Jonia) fue pionera en cultura, economía y sociedad, así como en grandes géneros literarios como la épica –la Ilíada y la Odisea– y la lírica.
Lesbos por aquel entonces sería el lugar perfecto para los artistas que querían hacer florecer su talento, y en este ambiente nació Safo, la poetisa más conocida de la historia antigua.
Safo y Alceo de Lesbos vivieron entre los siglos VII y VI a. C. y cultivaron el género de la lírica monódica, cantada a una sola voz y de la cual nos han llegado bellos poemas que pincelan el amor y la naturaleza con una profunda delicadeza.
Poco se sabe de la vida de Safo, excepto que pertenecía a una clase noble e instruyó a numerosas muchachas en el culto a Afrodita y en el arte de la poesía, a las cuales dedicó varios poemas cargados de amor y nostalgia tras haberse ido. Es por esto por lo que Lesbos se convirtió en el emblema del amor entre mujeres, de donde surge el término “lesbiana”. Aun con todo esto, los datos biográficos de Safo que transmiten otros autores son exiguos y es arriesgado hacer reconstrucciones a partir de los datos de los poemas.

Dicen que una tropa de carros unos,
otros que de infantes, de naves otros,
es lo más hermoso en la negra tierra;
yo que todo aquello de lo que uno se ha enamorado.
Y es sencillo hacer que cualquiera entienda
esto, pues Helena, que aventajaba
en belleza a todos, a su marido,
alto en honores,
lo dejó y se fue por el mar a Troya,
y ni de su hija o sus propios padres
quiso ya acordarse, pues fue llevada


y esto me recuerda que mi Anactoria
no está presente,
de ella ver quisiera el andar amable
y la clara luz de su rostro antes
que a los carros lidios o a mil guerreros
llenos de armas.

Trad. de Juan Manuel Rodríguez Tobal.

Marcos Medrano Duque

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